Cuando empecé a escribir este texto hacía un mes que había terminado de jugar Horizon: Zero Dawn. Ahora va a hacer casi un año. Y llevo todo este tiempo buscando las palabras que le hagan justicia. No me refiero al juego en sí, a las mecánicas, a los gráficos, al combate ni a lo técnico: de todo eso ya he hablado en extensión y no creo que a nadie le haga falta que yo se lo confirme para saber, a estas alturas de la vida, que es uno de los mejores juegos del año y una de las protagonistas femeninas, espero, de la década. Pero las palabras sobre lo que Horizon me ha hecho sentir las guardo más cerquita del corazón y no las he compartido con casi nadie, porque en parte siento que es tan grande y tan extraño y tan nuevo que no sabría materializarlo en negro sobre blanco.

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Y aun así me estaba quemando no hablar sobre ello, que un juego me hubiese conmovido tantísimo en lo más profundo y no gritárselo al universo, así que me he sentado delante del Word en blanco y he decidido vomitar lo que me saliese de dentro, y he tenido que esperar un buen rato para darme cuenta de que definitivamente no, no tengo palabras para hablar de Horizon y, en especial, de lo que el personaje de Aloy ha significado para mí.

Así que, en lugar de eso, voy a hablaros de mi abuelo.

No hablaba francés pero le gustaba fingir que sí, acabando cada palabra en e aguda y arrastrando las erres (una ventana sería una ventané, una ensalada sería una ensaladé, etc.) y muchas veces hacía a mi madre reírse de sus escasas dotes con el dibujo fingiendo que veía dragones en sus perros o monstruos en sus caballos. Sé que alguna vez pilló a mis tíos lanzándole tomates a algún coche que pasaba bajo la ventana de la casa en la que vivían entonces y en lugar de regañarles se unió a ellos, entre risas; sé que murió cuando mi madre tenía casi, casi mi edad y debió de ser una persona maravillosa porque nunca he visto a nadie hablar de él sin tristeza en una parte del rostro y felicidad en la otra. A veces yo también hablo de él así y siento que es ridículo porque es una persona a la que no conozco y de la que apenas sé cuatro cosas contadas, pero a pesar de eso siento una conexión fuerte y especial con ese individuo que para mí ni tiene cara, ni posiblemente la tenga nunca. Porque ni una sola persona que haya coincidido con nosotros dos en su vida entera no me ha dicho que tengo exactamente su misma mirada, y en todas esas veces que esto ha sido repetido por distintas personas del universo he comenzado a sentir que “tener los ojos de mi abuelo”, aunque suene a referencia manida sacada de Harry Potter, forma parte esencial de quien soy como persona, y define, en cierto modo, las expectativas y presuposiciones que la gente que nos conoció a ambos tiene sobre mí. Cada vez que alguien me dice que tengo los ojos de mi abuelo, inconscientemente, sonrío y pongo expresión serena e intento ser agradable y divertida como todo el mundo me ha prometido que él lo era.

No creo, ni remotamente, que sea la única persona a la que un miembro de su familia le ha marcado de forma indirecta o inintencionada: probablemente habrá por el mundo más personas de las que pueda contar que hayan tenido que vivir bajo o tras las sombra de sus hermanos; a quienes un padre o una madre les hayan marcado el camino a seguir en la vida quizás incluso más allá de lo que ellos mismos desearían.

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Pero sí que creo que la cosa que hizo para mí a Aloy particularmente entrañable, a falta de una palabra mejor, no fue lo dramático de su historia y su pérdida, ni el contexto postapocalíptico, ni el hecho de es tan joven y tiene las ideas tan claras y es tan injusto que se quede tan sola de repente sin saber muy bien por qué: todo esto son tropos corrientes y manidos en la ficción y, aunque eso no los despoja de su carga emocional cuando están bien llevados, no me resultan, en sí mismos, particularmente interesantes. Lo que para mí la hizo humana y querible y empatizable fue ese peso que lleva sobre los hombros al que ningún otro personaje de la historia le da importancia: el hecho de que todo lo que ella es y lo que ha vivido y los términos sobre los que se ha construido su personalidad emanen de alguien a quien no conoció pero que lo ha definido y marcado todo. Al principio porque es una paria, porque su aldea no la acepta porque su madre, sea quien sea, ha condicionado con su ausencia su existencia entera; después, cuando se descubre la trama, porque sus raíces la hacen portadora de un destino y una misión que quizás a veces le viene grande. Aloy trata de navegar su propia vida y su propio universo marcada por una herencia que no ha pedido y que no entiende del todo pero que es inseparable de ella misma, y en su propósito de hacerlo lo mejor posible a veces se rompe un poquito y no entiende por qué le ha tenido que pasar esto a ella, con lo sencillo que sería de otro modo.

Por si no había quedado lo suficientemente claro en el párrafo de antes, uno de los temas centrales de Horizon es la maternidad y la relación entre madres e hijas, y antes de empezar tengo que decir que quizás no me sentiré segura del todo nunca en un medio que ignore tan abiertamente este tema como prácticamente todos los demás videojuegos que no son Horizon.

Al final Aloy consigue hacerle justicia al que se suponía que era su destino y lo consigue con creces, y quizás yo también, algún día, podré hacerle justicia a los recuerdos que las personas de mi alrededor guardan sobre mi abuelo y su mirada. En cualquier caso, Aloy ha sido una excelentísima compañera de aventura: no sólo en el viaje por el universo postapocalíptico de Horizon, con sus bandidos y sus dinosaurios robot y sus señores intentando hacer cosas malvadas con ellos; sino en un viaje en el que sin quererlo me he encontrado un poquito a mí misma y nunca, jamás, aunque lo intente, tendré palabras para agradecérselo lo suficiente.

Así que sólo puedo decir que hasta la próxima, amiga mía.

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