Vine por el Warhammer, me quedé por los outfits

Análisis de Warhammer: Chaosbane

Análisis de Warhammer: Chaosbane

Muchas gracias a Bigben Interactive por la copia de prensa. Versión probada: PS4.

Deja una sensación rara en el estómago volver a transitar una ambientación cuya cronología lleva suspendida en el tiempo más de tres años y que sobrevive gracias a la nostalgia y al imaginario colectivo que hemos creado aquellos que, en algún momento, jugamos al juego de miniaturas original. No es como si la industria de los videojuegos nos hubiese permitido olvidar Warhammer Fantasy, puesto que Total War: Warhammer (The Creative Assembly, 2016) y sus secuelas siguen ahí, y Warhammer: Vermintide 2 (Fatshark, 2018), que sopla su primera vela, anunciaba su segunda expansión en el pasado E3. Incluso a día de hoy es posible adentrarse en servidores no oficiales del fallecidísimo Warhammer Online: Age of Reckoning (Mythic Entertainment, 2008).

Warhammer: Chaosbane (Eko Software, 2019) se presenta a sí mismo como el primer Hack n’ Slash ambientado en el universo de Warhammer y nos transporta a la Gran Guerra contra el Caos (apelativo sugerente donde los haya) en la piel de uno de los cuatro aventureros con nombre y apellidos disponibles in game. En la cronología oficial del wargame de Games Workshop, esto fue un evento importante, puesto que el antagonista principal —que nunca llegó a tener miniatura en metal, honor sólo reservado a los personajes más dignos— fue un infame elegido del Caos y líder de sus tropas que arrasó varias de las grandes capitales del Imperio, aunque ahora mismo sólo recordemos a Archaon el Elegido (The Everchosen en inglés), que ha sobrevivido al Mundo Que Fue y tiene una versión mejoradísima de sí mismo en plástico de veinte centímetros de altura. En ese sentido, se agradece especialmente que el título de Eko Software se haya distanciado de aquello que aún sigue siendo tema candente en según qué grupos de jugadores del antiguo Fantasy, que es el Fin de los Tiempos, aka la muerte de todo y el inicio de Age of Sigmar, su sucesor natural. La Gran Guerra contra el Caos supone profundizar en una época en la que se alzan héroes que no pierden la esperanza de construir un mundo mejor con sus actos y luchan con uñas y dientes contra un enemigo egoísta y tirano que no busca más que el favor de los Dioses Oscuros a los que adora sin miramientos.

En Warhammer: Chaosbane, Asavar Kul ya ha sido derrotado y ha muerto a manos de Magnus el Piadoso (también conocido como Magnus el Salvador del Imperio), uno de los héroes más grandes que ha tenido nunca Warhammer Fantasy y el Emperador más venerado por detrás de Sigmar Heldenhammer, fundador del Imperio y deidad principal del panteón. Sin embargo, el precio a pagar ha sido la invasión de Praag (en la región de Kislev) y la infestación de varias localizaciones del mapa, que a ti como jugadora te corresponde limpiar —¡y saquear a fondo!—, así como la retirada temporal de Magnus de los campos de batalla, que ha quedado en una especie de coma mágico del que no consiguen despertarle. Al verse privados de su líder, de entre los ejércitos de Kul se empiezan a alzar caudillos benditos por los Dioses Oscuros, clamando venganza y, ni cortos ni perezosos, dispuestos a ganarse el derecho a suceder al fallecido.

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Elessa, siendo un bebé de nivel 1 (Captura propia)

Tras haber escogido entre Konrad Vollen (un soldado Imperial), Elontir (un mago Alto Elfo), Bragi Axebiter (un matador Enano) y Elessa (una exploradora Elfa Silvana), empieza la aventura. En TodasGamers hemos jugado con Elessa, porque es la única mujer del grupo y porque durante muchos años he coleccionado Elfos Silvanos, y en el fondo Warhammer: Vermintide me tiene acomodada y el arco es ya una extensión natural de mi brazo. Siendo como es un juego tan enfocado a la contención de hordas del Caos, era un poco inevitable que las clases fuesen las que son, tan poco variadas, porque son las razas que más o menos se aliarían y aceptarían colaborar, según el canon de Games Workshop; también tiene sentido que se hayan implementado los trasfondos más básicos a fin de simplificar la ambientación. Además, cada una de ellas está enfocada a cumplir un rol en el modo cooperativo u online. La construcción de arquetipos o la especialización se consiguen mediante una build apropiada.

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Las habilidades se pueden cambiar y reorganizar en cualquier momento (Captura propia)

Independientemente del personaje que hayamos decidido encarnar, éste cuenta con un perfil en el que encontramos sus habilidades (todas las que podemos ir desbloqueado, desde el nivel 1 al 50, el máximo), así como su coste: nuestro nivel dictamina la cantidad de puntos máximos que pueden sumar los costes de nuestras habilidades activas, hasta un tope de 100 a nivel 50. La hoja de personaje incluye, por descontado, las estadísticas de todo lo que llevamos equipado y el inventario, un diario con todas las misiones activas y completadas y, lo más interesante, que se desbloquea al llegar a un cierto nivel, nuestro Árbol de Habilidades de Dios.

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Cada personaje tiene las Habilidades de Dios distribuidas acorde con sus creencias, por eso las de Elessa conforman un árbol (Captura propia)

Las Habilidades de Dios permiten potenciar las estadísticas del personaje y aprender habilidades especiales más potentes, y es importante tomarse un tiempo para analizar todas las ramas del Árbol y valorar lo que más nos conviene a fin de especializarnos o enfocarnos a un rol determinado. Es muy goloso empezar a llenar la sección central del Árbol y pensar después, porque en el momento en que se te desbloquea recibes una cantidad ingente de puntos para empezar a customizar tu avatar, pero no seáis como yo y leed antes de gastar, porque el Árbol se puede resetear pero los puntos ya invertidos se pierden, y a partir de entonces sólo vas a recibir un punto cada vez que subas de nivel. Aun así, con este bardal de build (nunca se me ha dado muy bien este aspecto estratégico de los videojuegos), hemos superado todas las dungeons y hemos obliterado a todos los jefes e incluso nos hemos subido la dificultad a Muy Difícil y Caos.

Warhammer: Chaosbane se puede jugar online desde el minuto uno, pero es interesante pasarse antes por la campaña y echarle unas cuantas horas siguiendo la historia, que no es nada del otro mundo pero aporta contexto y nos familiariza con los diferentes enemigos, sus ataques y en general los distintos mapas que nos vamos a ir encontrando. La campaña consiste en hacer de recadera de Teclis, el Gran Señor del Conocimiento, otro personaje importantísimo del Warhammer Fantasy —el hechicero más poderoso del Viejo Mundo, sin ir más lejos, tan relevante que sobrevivió a la muerte de la franquicia y aún sigue haciendo sus cosas de elfo listísimo casi divino en Age of Sigmar—, y pasearse por hasta cuatro enclaves (tres de ellos físicos y uno situado en el propio del Reino del Caos), ayudar a los NPC y encontrar y trasladar objetos al mismo tiempo que purgas mazmorras, pueblos y bosques y te regodeas en la cantidad ingente de daño que les haces a los demoños que quieren verte muerta. Cada una de las localizaciones se corresponde con uno de los cuatro Dioses del Caos, siendo las alcantarillas de Nuln donde Nurgle, el Señor de la Pestilencia, campa a sus anchas; Praag, la ciudad más importante de Kislev, el altar de sacrificio de los adoradores de Khorne, el Dios de la Sangre; y los bosques de Norsca un entorno nevado precioso que por desgracia está plagado de cultistas de Slaanesh, el Príncipe del Placer. El área final es el Reino de Tzeentch, dominio de El que Cambia las Cosas y Dios de la Magia. La trama, aunque genérica, es lo suficientemente sencilla como para que resulte una buena puerta de entrada a la ambientación, pero tiene las referencias justas para mantener a un fan de Warhammer pendiente de la pantalla unas cuantas horas, giro final de guión incluido.

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Recuerdo de Praag, donde los servicios de limpieza funcionan regulín (Captura propia)

En pricipio está bien que la campaña sea lo suficientemente corta para que no nos veamos obligadas a pasar horas interminables tratando de desbloquear modos sólo accesibles al llegar al final, como las dificultades más elevadas, las aventuras generadas aleatoriamente o, posiblemente lo más interesante del juego, la búsqueda de reliquias. Completar un nivel (llegar al boss final de turno y derrotarlo) desbloquea el modo Asalto al Jefe de ese mapa, que permite entablar combate directamente con él, a modo de entrenamiento. Que la campaña sea corta también implica que realmente no hay mucho más más allá de la campaña. El modo de jugar es el mismo y los enemigos también, así como sus comportamientos y ataques. La búsqueda de reliquias y las dificultades más altas sí que proporcionan botín de muchísima mejor calidad y algún reto concreto, pero los mapas se repiten y es inevitable terminar poniendo el piloto automático y tirando de las mismas estrategias una y otra vez para resolver las mazmorras o los jefes. Aunque ya tiene actualizaciones en camino, no le habría venido nada mal incluir más variedad de contenido en el juego original.

La dificultad es caótica, y da la sensación de que no todos los jefes están equilibrados respecto al nivel en el que los han colocado, como si realmente no perteneciesen allí. A lo largo de la campaña, los puntos de experiencia que se ganan son los estipulados, PX arriba PX abajo, por lo que los combates contra los jefes se hacen siempre a un determinado nivel. Aun así, hay diferencias abismales entre uno y otro, y lo mismo sucede en el modo cooperativo, donde la dificultad se incrementa de forma injustificada y no del todo ajustada al número de jugadores. Que el propio juego ofrezca un rango tan amplio de dificultades es un punto a su favor, pero nadie quiere tener que pausar una misión para cambiar la dificultad constantemente para equilibrar la partida.

Si hay que romper una lanza en favor de este ARPG es por el cooperativo. Al final, lo que menos me gusta de Warhammer, en todas su variantes, es jugar. Warhammer es una afición que requiere dinero, dedicación y muchísima constancia en el tiempo (aunque la comunidad acoge a todo tipo de renegados redimidos como yo), y precisamente por eso los videojuegos asociados solventan en mayor o menor medida estas barreras de entrada. La franquicia tiene más de tres décadas, ha criado generaciones a sus faldas y es querida por abarcar juegos de estrategia ricos y desarrolladísimos, claro, pero rara vez son cooperativos: siempre hay que enfrentarse a personas al otro lado de la mesa. Su propio nombre lo dice, supongo: Warhammer. Me pone blandita que alguien me dé algo que jugar en modo cooperativo contra una IA (y Warhammer: Chaosbane incluye modo cooperativo local) y además esté ambientado en uno de mis settings favoritos de todos los tiempos. Los personajes tienen muchas habilidades enfocadas a la colaboración y se complementan entre ellos a la perfección y, a pesar de sus carencias, es algo que en esta casa sabemos valorar.

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Le hice una fotillo a Elessa al final de cada sesión de juego para que podáis ver su descenso al horterismo

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thebedisburning
thebedisburning @thebedisburning

Juego a cosas y le hago fotos a los baños. Hablo mucho del Warhammer, en D&D siempre interpreto clérigos y en el fondo soy Legal Buena. El tatuaje de la Marca del Forastero no me ha dado ninguna habilidad.

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