The Legend of Zelda: Link’s Awakening, el despertar de la ternura

The Legend of Zelda: Link’s Awakening, el despertar de la ternura

Hace ya unos diez años que jugué el Link’s Awakening, cuando estaba en el instituto. Uno de mis compañeros me prestó el juego y recuerdo haber tardado mucho en pasármelo porque me resultaba un poco obtuso y complicado. Pero lo disfruté mucho y en cierta manera me marcó: The ballad of the wind fish sigue siendo uno de mis temas favoritos de Zelda.

Diez años más tarde, vuelvo a tener la misma aventura en mis manos, con un look totalmente nuevo y que no ha hecho más que emocionarme desde el primer momento.

Recuerdo ya poco del Link’s Awakening original, pero el remake mantiene totalmente toda la historia, mapa, mazmorras y demás elementos que tenía el primero. Todo con un aspecto nuevo, precioso, realizado al detalle, que sólo es capaz de transmitirme sentimientos bonitos y agradables, como estar en casa.

El cuidado con el que se ha rediseñado todo es admirable: es un homenaje precioso a uno de los primeros Zelda que se salía de ese molde y esquema que suelen tener los juegos. Este remake sigue manteniendo todo lo bueno y malo que tenía el original, aunque si acaso este remake lo hace todo un poco más fácil y menos obtuso. 

Es un Zelda que no ha envejecido mal, a pesar de lo retorcido que llega a ser en algunos momentos concretos, con esos puzles, pero este lavado de cara y su presentación en 3D hace que la aproximación sea más sencilla, menos dura y hasta un poco menos frustrante. Porque si algo caracterizaba al original era la capacidad de frustración que podía hacernos sentir: los recovecos de la cordillera Tal Tal o incluso lo larga y difícil que resulta la mazmorra de la Roca de la Tortuga. 

Fue el primer Zelda de toda la saga en el que salías del mundo de Hyrule, donde no había ninguna princesa Zelda, ni Ganondorf era el jefe final al que nos enfrentábamos al terminar nuestra aventura. Sí que mantenía las mazmorras y tener que conseguir objetos para avanzar, pero nos encontrábamos en una pequeña isla en medio del océano, regida por un huevo gigante en la cima de una montaña, donde descansaba el Pez del Viento, al que debíamos despertar si queríamos salir de Koholint.

Todas las referencias, easter eggs y otras pequeñas muestras no han desaparecido de este remake; uno de ellos lo encontramos al comenzar: si ponemos que el nombre de nuestro personaje sea Zelda, la música cambiará. Pasamos de la versión clásica a una un poco más moderna. 

El cuidado y el mimo con el que ha sido creado este remake me resulta hermoso, ya no sólo por crear ese mundo diorama, con personajes moldeados como pequeños juguetes, sino por la atención al detalle que tiene. Es necesario recorrer varias veces los escenarios para darnos cuenta de ese leve movimiento de las hojas cuando pasamos a su lado, las animaciones de ataque de los monstruos y de nuestro pequeño Link, las costumbres y tareas que realizan todos los habitantes de la aldea Mabe. Todo está colocado en armonía: nada sobra, nada falta. Esa atención al detalle tan minuciosa en absolutamente todo lo hace un juego muy especial. Las nuevas versiones de toda la banda sonora le aportan tanto al juego que es un pecado no jugar con sonido. 

Nintendo apenas ha tocado nada en estos 25 años que tiene el juego, un cuarto de siglo que según qué entrega puede envejecer o muy bien o muy mal: Link’s Awakening sin duda se consolida en ese primer grupo. No se pierde nada de la magia del original, y es un muy buen acercamiento a aquellos que no hayan jugado todavía a ningún Zelda, y quieran hacerlo.

Me ha resultado fascinante la capacidad de Nintendo y el equipo que ha trabajado en este juego para poder mejorar —e incluso elevar como imprescindible, me atrevería a decir— un juego que de por sí era una joya. Este remake me recuerda a la salida del Wind Waker y lo que supuso en su momento: ese mundo colorido, realizado en cel-shading, que nos acercaba también a un mundo distinto, a un Zelda distinto de lo que conocíamos hasta el momento. Aunque en este sí teníamos a Zelda y Ganon como personajes, nos presentó una mecánica nueva y bien implementada como la navegación por ese vasto océano, la visita a las diferentes islas para conocer el paradero de nuestra hermana. Ese nuevo mundo también marcó otro punto de inflexión en esta saga y supuso también un referente para otros juegos posteriores de la saga, como fue el Skyward Sword, a nivel de color y distribución del mundo; y como fue esta nueva versión del Link’s Awakening, que como muchas reseñas y artículos mencionan, está hecho como si fuese un diorama.

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El minijuego de pesca es la cosa más linda y pura que se puede encontrar en este juego

Durante los años de vida de esta saga, Nintendo ha sabido hacer que sus juegos, en mayor o menor medida, innovasen, fueran distintos a lo que se planteaba en la industria en ese momento, tanto a nivel de hardware como de gráficos, historia y narrativa, o mecánicas. Y este Link’s Awakening no es una excepción. Quizá podrían haberse aprovechado algunas funciones de esta nueva consola, pero hablamos de un juego al que no le sobra ni le falta nada. Es prácticamente perfecto.

Nintendo siempre se ha caracterizado en parte por ese mimo que tienen sus productos, por ese detalle y cuidado que tienen a todos los niveles, por presentar siempre un juego bueno, de calidad. Que aunque las historias de Link siempre sean en todos y cada uno de los juegos de la saga ese tropo del camino del héroe, siempre tienen la manera de darles la vuelta y sorprender, de darles un toque más serio —Twilight Princess (2006)—, más terrorífico —Majora’s Mask (2000)—, más humorístico –The Wind Waker (2002), Phantom Hourglass (2007) y Spirit Tracks (2009)—, o más tierno —Link’s Awakening (2019)—.

El halo onírico de este juego, esa resolución final, ese giro de guión sigue revolviéndome diez años después. A pesar de venir empaquetado en ese envoltorio de juguete, de diorama, la historia sigue siendo triste: cuando despierte el Pez del Viento el sueño habrá acabado. Marin, el abuelo Ulrira, o el Pueblo de los Animales forman parte de esa fantasía onírica, de la que sólo somos conscientes nosotros, en esa revelación planteada en forma de mosaico (que podemos elegir examinar o no) antes de entrar en el Templo del Rostro, y los jefes de las mazmorras, que nos advierten que no despertemos al animal que rige la isla, ya que todo lo que hemos conocido en ese pueblo acabará desapareciendo.

Diez años más tarde me vuelvo a encontrar con este pequeño Link, este hombrecito vestido de verde al que le han colocado una carga y una responsabilidad más grande de la que podría llegar a soportar, con esa tarea de despertar al Pez del Viento. Diez años más tarde me he vuelto a encontrar frente a ese huevo gigante, precedida por esa balada del Pez del Viento, y con lágrimas en los ojos. 

Diez años más tarde me he encontrado de frente con la ternura y el detalle hechos videojuego. Nunca me había gustado más un reencuentro.

Marin cantando la Balada del Pez del Viento para los habitantes de la Aldea Animal

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Meren Plath
Meren Plath @serendipia_s

be gay do crime. presento el pugcast y de vez en cuando lloro por Zelda, Bastion o Transistor. me metí en skyrim y todavía no he salido. me gusta el café por encima de mis posibilidades. alma de completionist.

1 comentario
Finn
Finn 08/11/2019 a las 11:52 pm

Me has convencido para comprarlo. ¡Gracias!

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