Las churras y las merinas no son tan fáciles de separar

El eterno dilema de autor vs obra

El eterno dilema de autor vs obra

Ya hemos hablado en varias ocasiones de que a veces pueden gustarnos cosas moralmente cuestionables, como los videojuegos machistas sin ir más lejos, y el conflicto moral que ello nos supone. Otro de los debates recurrentes que surgen a menudo en redes, y que también puede llevarnos a dolores de cabeza a un poco de introspección que hagamos, es el de la separación entre el autor y la obra.

Un ejemplo fácil de entender es H. P. Lovecraft, que con una enorme cantidad de relatos ha dado lugar a libros, juegos de mesa y videojuegos. Este escritor estadounidense, nacido en Providence a finales del siglo XIX, era un ultraconservador y supremacista blanco, llegando incluso a simpatizar con líderes nazis. Asimismo, despreciaba tanto la democracia como los avances científicos, que consideraba ilusorios, pero aceptaba como irremediables. Y todo esto está patente en su obra, en la descripción de lugares y personajes principales y secundarios, en hechos y situaciones. Aun así, el horror cósmico y los mitos de Cthulhu nos siguen pareciendo algo fascinante. Porque no nos quedamos (o no deberíamos) con las horrendas palabras que dedica hacia todo aquel que no fuese un varón heterosexual de raza blanca. Nos quedamos con la sensación y el miedo a los monstruos desconocidos de más allá de las estrellas, de nombres impronunciables, cuyos acólitos intentan marcar el destino de la humanidad. Y por eso tenemos títulos como Gibbous, Call of Cthulhu o The Sinking City. En este último se ponen de manifiesto estas diferencias sociales de manera patente, pero como el mismo juego nos advierte, solo para hacer un reflejo fiel de la época histórica en la que transcurre. Una etapa de la historia indudablemente peor. Sin embargo, en su caso nos es un poco más fácil distanciarnos del autor por un motivo muy simple, y es que Lovecraft falleció en 1937, por lo que los beneficios de sus obras no van a su bolsillo ni vamos a darle más repercusión.

"Inspirado por las obras de H.P. Lovecraft, The Sinking City retrata una era en que las minorías étnicas, raciales y de otro tipo tenían mala consideración social. Estos prejuicios estaban mal y siguen estándolo, pero los hemos incluido en favor del retrato fidedigno de esa época, en vez de fingin que nunca existieron."

Los creadores de The Sinking City tuvieron a bien poner un disclaimer al principio del juego por razones obvias

Pero la cosa se complica en el caso de autores conflictivos contemporáneos. Un ejemplo casi siempre de actualidad lo tenemos en la escritora británica J. K. Rowling. Los libros de Harry Potter nos han acompañado a muchas durante nuestra infancia y adolescencia, y aún a día de hoy hay una notable cantidad de eventos multitudinarios con esta temática. El problema viene cuando la autora es una feminista radical trans-exclusionista (más conocida por las siglas inglesas TERF), amén de varias actitudes problemáticas que no tiene ningún reparo en publicar desde su cuenta de Twitter. ¿Qué ocurre entonces? Pues que muchas nos vemos en la disquisición de que, a pesar de que ciertos libros o juegos puedan resultarnos atractivos, no queremos contribuir económicamente a enriquecer y dar popularidad a una persona cuya moral nos resulta ajena. Al anunciar la salida del videojuego Hogwarts Legacy para Playstation 5 se avivó el debate, dando lugar a una discusión agria y bastante desagradable en redes sociales. Máxime cuando la semana anterior la escritora había promocionado una tienda con merchandising tránsfobo. Sin embargo, mucha gente que la criticaba por este motivo estaba sin embargo emocionada con la salida del juego y por supuesto, más que dispuesta a adquirirlo. El argumento principal es que Rowling ya habría cobrado los royalties pertinentes por su obra y el beneficio sería en su mayor parte para Warner Bros. Interactive Entertainment, la distribuidora del juego.

Pero no solamente de autores va la cosa. Otra persona con cierta dificultad a la hora de moderar sus opiniones es Greg Ellis, el actor de doblaje de nuestro querido y adorado Cullen (y de Anders, no nos olvidemos) en la saga Dragon Age. Partidario declarado de Donald Trump y de todo lo que representa, además ha sido protagonista en las últimas semanas al criticar abiertamente a Mark Darrah tras la retirada del guionista de Dragon Age. Tal ha sido la polémica que incluso algunas fuentes llegan a afirmar que su trabajo en la saga podía haber llegado a su fin por este motivo. Pero el tema es que a muchas nos costará no acordarnos de sus ideas retrógradas cuando estemos escuchando al extemplario de nuestro corazón… y estropearme eso, Ellis, no te lo perdono.

Años de desarrollo, meses de crunch, para esto. ¿De verdad? Créditos para Piplup52

Otra de las situaciones, mucho más generalizada, es la creciente tendencia de la industria al crunch y la justificación del mismo. Además, es más que evidente que no tiene la misma repercusión ni ganancias un trabajador (como es el caso de Ellis) que la empresa per se. Títulos como The Last of Us part II, Red Dead Redemption 2 y el último batacazo de la industria, Cyberpunk 2077, son juegos en los que la explotación laboral ha sido reconocida e incluso justificada sin vergüenza alguna. Pero no hay que ser particularmente perspicaz para darse cuenta de que es una práctica más que extendida en las desarrolladoras. Incluso el mismo vicepresidente de Naughty Dog, Neil Druckmann, lo justifica alegando que es imposible la creación de juegos de calidad si no hay crunch. No voy a hacer leña del árbol caído, pero recientes acontecimientos han demostrado lo contrario. Y aunque lo fuese, no hay argumento que justifique la toxicidad en una empresa ni la explotación a sus trabajadores. La industria debe cambiar. Y nosotras somos parte principal en ese cambio. Si alguien reconoce abiertamente que saca adelante sus títulos a costa de la salud física y mental de sus empleados… ¿qué tipo de personas somos al apoyarle? Porque, no nos olvidemos, no estamos hablando de niños que se acuerdan en el autobús de la cartulina, son grandes empresas en las que se supone hay un departamento entero dedicado a planificar los tiempos.

La mayor parte de nosotras somos, por lo general y a grandes rasgos, buenas personas. O lo intentamos. Homofobia, transfobia, machismo, racismo… son todas ellas, y muchas más, actitudes que nos repugnan y de las que intentamos alejarnos. Los libros y los juegos son muchas veces nuestro espacio seguro, un mundo donde nosotras elegimos de qué nos rodeamos. Bueno, la mayor parte de las veces, porque en ocasiones los jugadores y la comunidad, ya tal. Llegan incluso a ser nuestra vía de escape de la gente no tan buena que aparece en nuestra vida. El tema viene cuando los creadores de este contenido son gente problemática. Hagamos introspección, y planteémonos a qué tipo de gente es a la que queremos apoyar.

Chicken Police! tendrá sus defectos, pero el problema racial es tratado durante todo el juego

Pero no nos desanimemos, porque hay varias maneras de contrarrestar el efecto negativo que puedan tener estos autores para la sociedad. El primero de ellos y el más obvio, pero a veces el que más nos puede costar por varios motivos, es no comprar sus productos. Nos quedaremos sin acceso a cosas que seguramente nos gusten mucho, pero tampoco vamos a negar que es algo sin lo que podemos vivir perfectamente. Otra manera de combatir la actitud altamente cuestionable de los autores pasa por apoyar económicamente las causas que sí son justas, sobre todo en momentos en los que sabemos que esas personas van a tener posiblemente un aumento de sus ganancias y, a veces, de su presencia en medios de comunicación. Tuvimos un ejemplo durante el lanzamiento de la película El juego de Ender, basada en el libro homónimo del estadounidense Orson Scott Card. Miembro activo de la iglesia mormona, son conocidos sus artículos homófobos (y contra todo lo que no sea la heteronorma) y su deseo de volver a los Estados Unidos de los años 60, con todo lo que ello conlleva. Es por eso que durante el estreno del filme se animó a que la gente donase dinero a las asociaciones pro-derechos LGTBI+, para contrarrestar los beneficios y la influencia que Scott Card ganaría a base de royalties. Y, finalmente, también está en nuestras manos intentar que los autores conflictivos tengan el menor altavoz que les podamos dar. Me refiero, cómo no, a los eventos y convenciones, en el que la mayor parte de las ocasiones suele haber invitados de renombre, pero no siempre darles un micrófono es lo más adecuado dado su discurso. Porque aunque su contenido principal pueda ser la obra que motiva su invitación, no todo vale, y los derechos humanos simplemente no son cuestionables. Ni siquiera amparándonos en la libertad de expresión.

Sin embargo, todo tiene dos caras, y también debemos ser conscientes de ello. Los juegos no son perfectos porque la gente que los crea no es perfecta, y esto es aplicable a cualquier tipo de contenido que nos podamos encontrar. Dejémosles también la oportunidad de redimirse, si es que lo hacen en algún momento, porque nadie es la misma persona que era hace diez años. Es muy fácil y tentador caer en la cancelación rápida, pero salvo determinadas actitudes que son injustificables, lo ideal es intentar conocer los motivos y la argumentación que esgrimen esas personas. Y una vez los conozcamos, tomar nuestras decisiones. Y, por supuesto, aunque aquí hablemos de terceros, la introspección es algo que debemos hacer con cierta frecuencia. Nunca tengamos miedo de reflexionar acerca de nuestros propios planteamientos e ideas, ni tampoco de deconstruirnos y aprender. Como dice Eric Idle en el documental Monthy Python: Almost the truth, “Con el tiempo, los hechos no cambian. Cambia nuestra forma de verlos”

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