Seguro que en muchas ocasiones habéis pensado que los personajes secundarios de vuestros videojuegos son un auténtico infierno: aún recuerdo como en Enslaved, mientras Monkey trataba de hacerse paso entre robots y colinas fluorescentes, Trip gritaba, lloraba, se quejaba… o decidía hacer el bicho bola en pleno campo de batalla, metiéndote en un lío increíble mientras tratabas por todos los medios de que no muriese. Y qué decir de esos ayudantes que te bloquean entradas, salidas, ventanas y cofres (ejem, Skyrim), o esos otros que te producen un microinfarto cuando te giras y los tienes a tres centímetros de tu cara. Esto no pasa con Elizabeth en Bioshock Infinite.

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