A estas alturas ya no queda nadie en el mundo que no conozca el chiste, o más bien la profecía autocumplida, de que el Doom original funciona en cualquier tipo de dispositivo. Bueno, o de células, porque aparentemente no sabemos cuándo parar. Esto sucede, aparte de porque Doom es un buen juego, porque cumple todas las casillas de lo que consiste la existencia de un videojuego según el imaginario colectivo. Armas, violencia, señor rudo, más armas, heavy metal, demonios y un arma más gorda. Sin embargo, también es una saga que, a pesar de su aparente simpleza, siempre trata de superarse a sí misma. En esta ocasión, a Doom: The Dark Ages le ha tocado el desafío de mantener y tratar de superar la existencia de Doom: Eternal, y para ello ha decidido experimentar con una nueva fórmula un tanto ambiciosa.
Lo primero que tenemos que saber de Doom: The Dark Ages es que es una precuela en la que vamos a explorar los orígenes del Slayer. Nos encontramos en medio de una guerra ancestral y nuestro protagonista todavía no es la leyenda que tan bien conocemos, sino un arma biológica controlada por fuerzas mayores. Sin entrar en terrenos de spoiler, la trama nos irá mostrando batallas épicas, traiciones entre facciones y, sobre todo, el viaje que convertirá al Slayer en un símbolo de resistencia, humanizándolo sin quitarle ese aura de invencibilidad ya conocida. Todo ello nos lo cuentan en forma de cinemáticas dignas de blockbuster y de forma fragmentada, perdiendo cierto ritmo en algunas ocasiones, pero se lo acabamos perdonando porque a quién no le va a gustar una historia con dragones, mechas y escopetas.
Tengo que reconocer que, cuando vi el escudo, pensaba que no lo iba a utilizar para nada. No me juzguéis, es que yo lo de protegerme en los videojuegos lo llevo regular y, para más inri, los parrys ni me molesto en aprender con qué botón debería hacerlos. Sin embargo, aquí me he encontrado con que el escudo no es un accesorio defensivo, sino el núcleo de un sistema de combate que premia, ante todo, la agresividad. Lanzaremos el escudo viendo cómo acaba con cinco enemigos de un golpe, lo usaremos para cargar contra ellos reventándolos por completo y, por supuesto, haremos parrys que dejarán medio tonto hasta al más fuerte. Sin embargo, dicho parry tiene un pequeño inconveniente, y es que no está del todo ajustado y nos encontraremos con una ventana enorme para realizarlo que en ciertas ocasiones jugará en nuestra contra, porque el enemigo estará tan lejos que no podremos contraatacar. A pesar de ello, estas mecánicas se integran perfectamente en lo que sería el bucle clásico del juego, con desmembramientos de demonios para recargar munición, ataques cuerpo a cuerpo para ir regenerando salud y evitar muertes tontas, o unas nuevas ejecuciones un poco menos gráficas que aun así recibiremos con los brazos abiertos por su contundencia.
Otro de los grandes destacados de Doom: The Dark Ages es el arsenal, que aunque tiene pocas innovaciones, las que tiene nos harán subirnos a la silla. Nos encontraremos con escopetas de doble cañón, trituradores de calaveras y un mangual que haría llorar de emoción a cualquier paladín. A veces, incluso querremos utilizar ciertas armas únicamente por el poder que nos hace sentir su existencia, aunque sepamos que en un combate frenético sean una mala idea, como el empalador o el cañón de bala encadenada. Sin embargo, a veces utilizaremos tanto el escudo que podrá llegar a eclipsar otras armas. Aunque reconozco que es de agradecer su existencia en las pocas ocasiones en las que nos podamos quedar sin munición. Además, el movimiento ligeramente más lento del Slayer nos obliga a plantearnos bien las estrategias, porque en cuanto se lía ya no hay vuelta atrás.
Algo que también llama mucho la atención por su nueva implementación son los niveles de mundo relativamente abierto. Y digo relativamente porque son escenarios muy grandes para Doom, pero al mismo tiempo no son lo que consideraríamos un mundo abierto per se. Además, nos encontraremos con que en los mismos se irán alternando zonas bastante pasilleras con arenas amplias y, sobre todo, recovecos que estarán plagados de secretos. Estos últimos, aunque están bien diseñados, rompen el ritmo al obligarnos a buscar monedas para mejorar nuestras armas, un sistema muchísimo menos orgánico que el de entregas anteriores. Porque aquí el problema no es el diseño de los mapas, es que el nombre de Doom va cargado de frenetismo, no de exploración. Mención aparte merecen los niveles en los que nos permitirán pilotar un mecha gigante o surcar cielos en un dragón, que aunque son ideas espectaculares nos encontramos con que su ejecución es bastante simplona. Los combates con mechas se reducen a intercambios de golpes lentos en los que lo más complicado es no hacer el parry demasiado lejos, y las secuencias aéreas son más un paseo que un reto.
Quizá, por ser un juego tan bueno, nos ponemos tan exigentes con sus errores, porque además sabemos que podría haber llegado a más. Y es que su mayor problema es esa descompensación en el diseño de niveles, pero esto todavía se enfatiza más cuando nos damos cuenta de que la IA de los enemigos tampoco está del todo afinada, y que en cuanto nos alejamos un poco de ellos nos pierden de vista y se van a colocarse tranquilamente en su sitio, quitándonos un poco la inmersión en el juego. A esto le añadimos ese sistema de progresión que se siente tan forzado, obligándonos a recoger moneditas por todo el mapa para poder mejorar un poco una de las armas, tardando bastante en conseguirlo porque, las cosas como son, han decidido ser extremadamente rácanos. Sobre todo teniendo en cuenta que los aumentos de vida y armadura los conseguiremos simplemente matando a enemigos superiores.
Tengo que decir que gráficamente Doom: The Dark Ages es una obra maestra. Sin pensárselo mucho, despliega ante nuestros ojos escenarios detalladísimos: catedrales góticas en ruinas, naves espaciales invadidas de tentáculos y terrenos repletos de lo que en su momento fueron ciudades, ahora arrasadas por la guerra. Transmite perfectamente la situación de cada facción, sumergiéndonos en un mundo tan bonito como letal. Por otro lado, y nunca pensé que diría algo así, donde más cojea es en su apartado sonoro. Si bien los efectos de las armas, del ambiente y de los enemigos son impecables, la banda sonora brilla por su ausencia. Entendedme, ya no es solo que la música sea algo peor que la de los títulos anteriores, porque en el fondo no es mala, sino que durante los combates prácticamente no se escucha, dejándonos un pequeño vacío en el que tendríamos que estar haciendo headbanging. Esto quizá sea en parte por un error de mezclado, porque también es cierto que cuenta con un buen doblaje al castellano, pero en ciertas ocasiones nos daremos cuenta de que los personajes tienen diferentes volúmenes de voz, dando pie a situaciones un poco extrañas de gente susurrando a otra que está gritando.
Doom: The Dark Ages no es la revolución que fue Doom, ni el refinamiento extremo de Doom Eternal. Es un juego valiente, muchas veces caótico, que arriesga para no estancarse y trata de ir un poquito más allá. Por ello, aunque tropiece un poco por intentar abarcar demasiado con esa magnitud en los niveles, se lo acabamos perdonando por el sistema de combate que tanta diversión nos ofrece. Al fin y al cabo, ponerse en la piel del Slayer una vez más siempre es un momento épico, ya sea con escopeta, a puños o con el escudo. Rip and tear, que esos demoños no se van a morir solos.
