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Análisis de Welcome to Elderfield

Cuando llegué a Elderfield conocí a Dave. Este, con toda la confianza que te da ser un NPC de un juego, decidió que lo primero que iba a hacer era pedirme un caldito de un pez extremadamente concreto, cuando yo ni siquiera tenía una caña de pescar y, lógicamente, tampoco tenía nociones de pesca. Pero Dave es un gato, y además es uno de mis vecinos cercanos. Y Dave no quería una latita de comida para gatos, ni un pescado cualquiera que pudiese encontrar por la tienda, él quería ese caldito con ese pez que, en aquel momento, ni siquiera tenía la más mínima idea de cómo se podía conseguir. Por supuesto, eso conllevó que me pasase la tarde entera buscando por el pueblo para conseguir una caña y aprender a pescar. Nadie más me lo había pedido, pero ese gato decidió, con toda la tranquilidad con la que un gato exige algo, que yo tenía que encargarme de su problema, y no podía, ni quería, negarme a ello. Todo esto quizá os parezca una tontería, pero en realidad es un resumen perfecto de cómo funciona Welcome to Elderfield, mostrándonos un montón de tareas cotidianas (o comunes en este tipo de juegos) que hacen que nos las tomemos en serio para luego darnos cuenta de que en realidad eran completamente absurdas. 

Una de las cosas que caracterizan Welcome to Elderfield es que, por una vez, la etiqueta de cozy horror encaja perfectamente con lo que nos presentan. Empezamos el juego con nuestro personaje personalizado, quien acaba de terminar el instituto, y que se despierta en Elderfield sin saber muy bien cómo llegó allí, pero encontrándose algunas misteriosas menciones a dioses antiguos. En el pueblo, completamente aislado, nos encontraremos a muchas otras personas que hablan como si siempre hubiésemos vivido allí, y que no les extraña nuestra presencia porque, como veremos muy pronto, todo es normal en ese lugar. Puede que hasta ahora no esté pareciendo muy cozy, pero eso nos lo encontraremos a la hora de llevar nuestra granja, de coger nuestra caña de pescar, de ir un rato a la mina, o a cocinar, o simplemente a pasear por el pueblo para hablar con sus habitantes, como en una especie de Stardew Valley halloweenesco. Y es que tendremos esa sensación de tranquilidad en la que dedicaremos el tiempo a plantar nuestros nabos y trigo… hasta que empezamos a hurgar en las esquinas del pueblo, a visitar los apartamentos donde viven algunos habitantes, a ir a la iglesia o al centro comercial, y el juego decide enseñarnos los dientes.

Welcome to Elderfield nos da pocas cosas mascadas, pero si algo nos deja claro es que ni el lugar que consideramos propio está a salvo del todo. Nuestra granja tendrá tentáculos que tendremos que eliminar. O veremos que recolectar recursos haciendo ruido atraerá monstruos, por lo que no nos encontraremos con amenazas que viven solo a ciertas horas de la noche, sino que responden directamente a cómo estamos jugando, cosa que nos tendrá calculando continuamente si merece la pena el riesgo por la recompensa que vamos a obtener. Esto es, precisamente, lo que hace que este juego funcione y no sea un juego de granjitas más, porque sabemos que el peligro acecha en cada esquina y, aun así, queremos saber más sobre todo lo que nos rodea. En cierta ocasión, visitando los apartamentos, un vecino me pidió ayuda para que le recogiese la colada en la lavandería del edificio, y resultó que me encontré con un monstruo viviendo dentro de esa lavadora. No me quedó otra que pegarme con él allí mismo para poder llevarme la ropa, mientras todo lo que nos rodeaba se comportaba de forma completamente normal, sin nadie que interrumpiese la escena para explicarnos lo raro que era eso. Para nuestro personaje, seguimos siendo el mismo, con el mismo inventario y la misma lista de tareas y misiones, con la diferencia de que a veces una de esas tareas implica violencia hacia un electrodoméstico. Y ahora que lo pienso, a veces sí es lo más normal del mundo. 

Esa tensión constante, aunque flojita para seguir manteniendo activa la etiqueta de cozy, encaja muy bien con la rutina diaria que vamos creando en ese pueblo que, de alguna manera, nos arropa. Nos encariñamos con las manías de los vecinos (sobre todo si son un gato), y hace que lo sintamos nuestro hogar mostrándonos que los edificios y elementos que nos rodean no son simple decorado, sino que a veces tienen sus propias funciones. Si vamos un domingo a la iglesia (como Dios manda), podremos rezarle a alguno de los dioses, y eso conllevará obtener ciertos beneficios y crafteos asociados al dios elegido. ¿Qué beneficios? Quién sabe. Las conversaciones nos irán contando todo lo que necesitemos saber, pero no nos explicarán nada por completo, simplemente lo iremos descubriendo. 

Esa filosofía la veremos perfectamente explicada a la hora de irnos a dormir, porque a diferencia de lo que suele suceder con este tipo de juego, no nos obligan a acostarnos a una hora concreta, sino que podemos mantenernos en vela todo el tiempo que queramos, aunque no de forma infinita. Durante el tiempo que estemos por ahí haciendo cosas iremos consiguiendo, la mayoría de las veces por motivos aleatorios, bufos o debufos que querremos mantener o quitarnos de encima, y para eso está el sueño. Si queremos mantener más tiempo alguno es cuando nos toca evitar la cama, o si queremos quitarnos algo muy malo, una siesta nunca viene mal. La cosa es que nos tocará decidir cuándo dormir, porque ese sueño viene con un evento aleatorio en el que nos puede pasar algo bueno, neutro o malo. Cosa que aprendí por las malas cuando, por evitar ducharme y que respawnearan los monstruos (sí, en serio), me fui a dormir con la mitad de la vida y me asesinaron un montón de ratas. Las consecuencias son mínimas, se revive al día siguiente sin haber perdido ningún progreso, pero la vez siguiente nos pensaremos mucho mejor cómo gestionar la nocturnidad y la alevosía. 

La parte de simulador de vida de Welcome to Elderfield está muy bien diseñada, a pesar de que no trata de innovar ni reinventar nada de una forma muy extrema, sino simplemente llevándoselo a la zona del terror para mezclar bien ese sitio cozy con lo extraño e incómodo sin llegar al miedo pero, como os he mencionado, también tiene su parte de combate, y aquí me ha gustado más de lo que esperaba. Nos toparemos con unos combates por turnos que no son de los básicos del todo, pero sí cumplen sus normas, porque tendrán su combinación de cuerpo a cuerpo, magias, y lo que podamos meternos en la mochila para curarnos o conseguir algún tipo de beneficio. A veces nos tocarán combates sencillos, y otros durísimos que, como no nos planteemos una buena estrategia o directamente volver cuando tengamos más nivel, vamos a morir en un par de golpes. No sirve con aporrear el mismo botón, nos toca espabilar. Sin embargo, no nos importará mucho, porque hay una enorme cantidad de monstruos que podremos encontrarnos, y cada uno tiene un diseño mejor que el anterior, por lo que el susto inicial de descubrir un bicho nuevo se acaba convirtiendo en admiración. Porque, ante todo, es un juego con un diseño artístico increíble. 

Welcome to Elderfield es un título que nos muestra que aunque pensemos que la rutina, los habitantes amistosos y la sensación de estar todo bajo control es una garantía en los juegos de simulación de vida, no siempre es así. Que lo cozy y el horror no están reñidos, simplemente hay que saber encajarlos bien para que puedan funcionar a la vez. Y que lo absurdo es algo muy poco aprovechado fuera de esos juegos hechos exclusivamente para streaming. Al fin y al cabo, es un título que me tuvo pescando para hacerle un caldito a un gato, y pegándome con la ropa de la lavadora. Espera… ¿estoy viviendo en Elderfield? ¿Habéis visto algún esqueleto que habla?

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