Si lo padecéis con el título entenderéis perfectamente de qué vengo a hablaros. Si no es así os invito a que os quedéis y aprendamos, entre todos, a detectar estos casos y, sobre todo, a respetarlos.
¿Cuántas veces habéis dicho “No me mires que me desconcentro”? ¿Y cuántas veces se han reído por ello? ¿Cuántas veces habéis insistido en que alguien coja el mando cuando lo ha rechazado? ¿Y cuántas veces, por eso, habéis dado por hecho que esa persona no juega?
Es muy duro luchar contra la presión que ejerce ser observado por otros mientras se desempeña alguna actividad y mucho más si hablamos de ocio y diversión, como es en el caso de los videojuegos. Es muy común que nos juntemos con nuestros amigos a echar unas partidas y es muy posible que siempre haya alguien que al final se quede en un rincón y rechace el mando cuando llega su turno. Mucha gente tiende a presionar a ese tipo persona para que juegue, “pero pruébalo”, “si es muy divertido” o “venga, que es facilito” y no se dan cuenta que es todavía peor. Esa persona que no toca el mando, en grupo, posiblemente ya lo haya probado, se divierta y no le resulte difícil en la intimidad de su habitación, pero en el momento que empieza a sentirse observado empieza a sentirse juzgado.
Es en ese momento en el que tenemos que parar y recapacitar sobre la situación. Sobre todo porque está en nuestra mano respetar ese espacio y no forzar a nadie a que entre en una actividad que, posiblemente, acepte por “obligación social”. Para esa persona es igual de duro negar el mando que cogerlo y se sentirá mal en ambos casos porque es consciente de que, de esa situación, no va a salir nada bueno. La frustración que genera no poder jugar con más gente alrededor es la misma que jugar y no ser capaz de concentrarse en el juego, porque ocupa más atención analizar la situación que rodea ese momento:
“Me están mirando”, “Lo estoy haciendo mal”, “Se van a reír de mí”, “Me van a rechazar”, “Pensarán que no sirvo”, “Me están juzgando”. En ese instante eso es lo único que pasa por la cabeza de esa persona, por mucha confianza que tenga con el resto de personas o persona que haya a su lado, y la atención se centra en soltar el mando, no en disfrutar de ese ratito o ser consciente de los botones que debe pulsar para realizar el combo máximo que le daría la victoria por K.O total o de la maniobra que tiene que realizar para no chocar contra un asteroide en medio del borde exterior.
Es más que posible que ese tipo de situaciones empujen a esa persona a alejarse de algo que realmente le gusta, pero que es incapaz de disfrutarlo, y no solo porque conforme nos vamos haciendo mayores tengamos diferentes responsabilidades o se realicen otras actividades que nos quiten horas, sino porque en ese momento también se mina esa moral de jugador y, poco a poco, se pierda el interés por los videojuegos, por la asociación de la frustración de coger un mando o arrancar un ordenador y no ser capaz de jugar como es consciente que juega en solitario.
Como persona que padece esta problemática os diré que es muy difícil gestionar la ansiedad que se dispara al ver que alguien te ofrece un mando y, más aún, si insisten en que lo pruebes. Es como si de golpe recayese sobre tus hombros una responsabilidad titánica que eres consciente de no poder asumir pero que, aun así, si te insisten debes aceptar. Está claro que no pasa nada, nadie está cronometrando cuánto tiempo tienes el mando entre tus manos ni nadie te está juzgando, pero tu cerebro dice lo contrario y, si no os pasa (ojalá que no le pasase a nadie) os voy a pedir que no forcéis a quienes sí lo sufren. Más de una vez he estado al borde del llanto en el momento que alguien me ha ofrecido un mando de forma insistente y casi siempre estoy al borde del llanto cuando tengo que decirle a alguien que no puedo jugar, que algo dentro de mí me lo impide y que solo me siento cómoda jugando sola, en mi sofá y, como mucho, con mi perro a los pies como única compañía.
No sabía ya cómo meter una foto de Frodo
Tengo que decir que yo he aprendido a jugar en cooperativo, con alguien al lado, pero consciente de que esa persona está concentrada en su monitor y no en mí. También he aprendido a jugar online, gracias al grupo de personas con las que tengo la suerte de compartir alguna tarde de Overwatch, y también he aprendido que no pasa nada si no puedo jugar con gente alrededor. Otro ejemplo que podría poneros es que, hace unos días, nos reunimos con la Pugatura y unas cuantas redactoras para pasar el domingo y probar la beta de Dragon Ball FighterZ (sin comentarios al respecto). Cuando llegó el momento de que el mando cayese en mis manos me armé de ánimos y probé parte del entrenamiento, no sin sentir mi propio juicio observando desde un rincón oscuro. Más tarde jugamos a Injustice y más de lo mismo… La segunda vez que llegó el mando a mí lo rehusé amablemente y me dediqué a meter la cabeza en mi 2DS. Poco a poco esto va cambiando, como todo, incluso en la Barcelona Games World fui capaz de probar un par de cosas gracias a sentirme en confianza y arropada por mis compañeras de Todas Gamers que allí estaban, pero no es un camino fácil y tampoco es el que yo he escogido.
Así que si reconocéis a alguien en mis palabras, no forcéis la situación. No hagáis que una tarde entretenida se convierta en un infierno, buscad alternativas, incluso fuera de los videojuegos, que os ayuden a forjar más la confianza mutua y no hagáis refuerzo negativo de esta pequeña condición que hacemos inmensa aquellas personas que la padecemos.
