A veces, cuando alguien se sorprende de que yo juegue a otome, o incluso cuando me miran raro por ello, me pongo a pensar en lo extraño que es el ser humano para algunas cosas. No es raro que esa persona (o alguna con las mismas características) dedique su tiempo a leer libros con señores sin camiseta en la portada y que tratan de una señora que tiene que elegir entre el rico heredero o el leal guerrero que la amó en secreto durante trescientas páginas y media. Y es que, seamos realistas, el mercado de la literatura romántica (que últimamente es sobre todo romantasy) lleva años siendo enorme, con millones de lectoras formando comunidades para hablar y compartir títulos, y estanterías completas en las librerías. Y, sin embargo, los otome siguen siendo un género de nicho que vive en una esquinita sin meterse con nadie, pero recibiendo su ración de críticas porque, en algún momento, alguien convenció a mucha gente de que el mismo tipo de historia es perfectamente válida en papel, pero vergonzosa en digital, aunque sea simplemente por la estética anime que suele tener. Y no sé quién habrá sido, pero veréis cuando lo encuentre. Esto, por supuesto, también lo he estado pensando mientras jugaba a Otome Daoshi -Fighting For Love-, porque la forma que tenía de ir desgranando cada detalle me recordaba mucho a la romántica ligera, haciendo que pueda ser fácilmente un buen título de inicio en el género.
La historia de nuestra protagonista comienza planteando una ambientación muy concreta. En el reino ficticio de Kayu, las artes marciales son el eje cultural de toda la sociedad y, como tal, todo se mueve a su alrededor. Se acaba de organizar el torneo más importante de todos, y nuestra misión como sacerdotisa taoísta en formación es animar a nuestro amigo de la infancia, quien tiene pensado participar en el mismo. Si bien nos dejarán cierto margen para que nos confiemos con una pequeña parte de slice of life en la que nos presentarán a todos los intereses amorosos, pronto nos encontraremos con un ejército de asaltantes, un reino al borde del colapso y unos guerreros con los que tenemos que formar una alianza de emergencia. Que sí, que también hay romance, pero aparte nos plantearán traiciones, conspiraciones y peleas, para que no os durmáis leyendo. Y si os lo preguntáis, no, nuestra protagonista no es de las pasivas que esperan ser salvadas, sino que tendrá que luchar, tomar decisiones y, en general, meterse en líos en los que no tenía pensado meterse. Del tipo de protagonistas que más nos gustan.
En Otome Daoshi -Fighting For Love- nos encontraremos con cuatro rutas principales (más una secreta), y están muy bien enlazadas para que nuestra protagonista interactúe con los cuatros guerreros sin tener que buscar excusas, porque el torneo los reúne y el ataque les obliga a cooperar. A partir de ahí, nos tocará desarrollar una investigación con cada uno de ellos sobre quién está detrás de la amenaza que tienen a sus espaldas, y si bien el juego nos permite escoger el orden en el que podremos romancearlos (salvo al último), lo cierto es que tiene un poco de truco. Los cuatro personajes, Yuhang, Shaowu, Haoran y Longli, nos darán datos que tendremos que ir encajando, y tanto Yuhang como Shaowu están pensados para ser el primero y el segundo, indistintamente. Haoran, por otra parte, nos desvelará una parte más importante de la trama que, con el contexto que nos dan los dos anteriores, funciona mucho mejor. Y el último, Longli, funciona como cierre narrativo, respondiendo a las preguntas que nos fueron surgiendo por las anteriores rutas.
Pero aquí no solo estamos para enterarnos de la trama global, sino que también queremos ver cómo son esos señores que vamos a romancear. Yuhan, por ejemplo, es el amigo de la infancia con el que se reencuentra la protagonista por pura casualidad, porque ya hacía mucho que no sabía nada de él. Es un tsundere de manual, un poco insufrible, y con una ruta completamente accesible, porque es la más cómoda para empezar. Es predecible, pero tiene su encanto la torpeza con la que se maneja por lo enamoradísimo que está de nuestra protagonista, por lo que le acabaremos cogiendo cariño de forma fácil. Shaowu, por otro lado, tiene una trama que, aunque es bastante cliché al mostrarnos al tipo duro que en el fondo acaba siendo un osito de peluche, nos dará uno de los mejores desarrollos del juego. No se transformará de repente, sino que tendremos que ganarnos su faceta de osito consiguiendo que baje la guardia en un proceso que tendrá bastante peso. Que sí, que son historias ligeras, pero no me diréis que no os gusta ver a un señor duro siendo blandito.
Por otro lado, Haoran es otro de los clichés que tanto suelen gustar en los otome, sobre todo en Asia, y es el de la figura protectora al estilo fraternal, sin llegar a serlo de verdad. Aparte de ser, en cierta manera, una ruta más cercana a la protagonista, también nos aportará información crucial sobre el lío que tenemos como trama de fondo. Además, sin esos detalles la ruta de Longli cojearía un poco, porque este es el funcionario de la corte (asquerosamente guapo) que completará todo lo que habíamos conocido hasta ahora. Y es que, al estar bloqueada hasta el final, nos darán la ruta más completa de todas, además de una química con la protagonista que no podemos tener con el resto porque a él es a quien más conocemos cuando llegamos a su ruta.
En cuanto a la ruta secreta, evidentemente no os la voy a spoilear, pero estoy segura de que, si habéis disfrutado con todas las demás, se acabará convirtiendo en una de vuestras favoritas. Eso sí, como en todos los otome, antes de saber quién es querréis romancear a señores que no están pensados para ser romanceados, y es una pena porque tienen una personalidad y un diseño que podrían servir perfectamente para una ruta más. O quizá es cosa mía, que siempre consigo apañármelas para querer romancear a quien no puedo. Yiming, te miro a ti, a pesar de nuestra diferencia de edad. Lo único malo que podemos encontrar, y esto es por desgracia algo recurrente en los otome, es que solo tiene traducción al inglés, y en alguna ocasión han ido a buscar sinónimos al fondo del diccionario, por lo que tendremos que tener cierta soltura para disfrutar de esos romances.
Si hay algo en lo que Otome Daoshi -Fighting For Love- destaca, y no hay debate posible, es en el apartado audiovisual. Los diseños de cada personaje son visualmente reconocibles desde el principio, sin problemas para diferenciarlos entre ellos (cosa que, si habéis jugado algún otome, sabréis que ha pasado más de una vez), y con un estilo de dibujo tan bonito que en más de una ocasión os pararéis a admirarlos. Además, su estética es muy saturada y detallada, sin ningún miedo a destacar, porque el color no está reñido con contar una historia. Por otro lado, lo que me ha parecido muy original es, precisamente, el contraste con las escenas de combate, en las que decidieron utilizar viñetas en blanco y negro, que sorprendentemente le dan un dinamismo que probablemente no habrían conseguido manteniendo el otro estilo. Se arriesgan en ambos, y siempre salen ganando.
Otome Daoshi -Fighting For Love- es un título ligero, de esos que se juegan entre otros más emocionales o intensos, pero que se agradece como una botella de agua en pleno verano. No tiene finales malos, solo un True Love End y un Romantic End por cada ruta. Y la trama principal, aunque tenga eventos importantes, no trata de construir tensión para que nos angustiemos, sino simplemente hacernos pasar un buen rato. Además, es relativamente corto, entre 3-6 horas por ruta, lo que lo hace una buena opción para quien quiere probar si le gusta este tipo de juegos, porque no nos exige nada, solo nos ofrece una experiencia cómoda, bien hecha y visualmente preciosa. Además, Meridiem Games se ha encargado de traernos su edición física y, con el panorama actual del género, no es un detalle pequeño, porque tener una colección física de otome en Europa es casi tan difícil como que nos toque la lotería. Aunque ahora, por suerte, un poquito menos, y quizá cuando haya suficientes cajas en suficientes estanterías, alguien dejará de mirar raro a quienes jugamos otome. O no, pero al menos tendremos la caja.
