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Análisis de Nioh 3

Desde hace algún tiempo, y por pura casualidad del destino (y de Miyazaki), me estoy dedicando a jugar todos y cada uno de los soulslike a los que tengo la posibilidad de echarle el lazo. Además, me gusta mucho compararlos entre ellos, revisarlos de arriba abajo y ver dónde cojean y cuál es su punto fuerte, porque una de las ventajas de esta fijación es querer aprender todo sobre ellos, no solo “pasármelos” y ya. Vale, sí, eso también tiene que ver con mi forma normal de jugar a cualquier juego sin importar el género, pero ya me entendéis. Sin embargo, como entré tarde en esta fiebre, todavía me estoy poniendo al día con la lista de pendientes, y una saga que estaba en esa lista es Nioh. En parte, porque si una cosa me gusta más que los souls, es la ambientación e historia japonesa. Y si encima es fantástica y mitológica, mejor que mejor. Por eso, cuando se me presentó la oportunidad de jugar a Nioh 3, dejé de lado esa necesidad de jugarlos por orden y me lancé a la piscina. Al fin y al cabo, siempre puedo volver a jugarlo otra vez cuando sepa lo que pasa en los anteriores, y tengo que reconocer que siempre me habían llamado la atención las continuas alabanzas que escuchaba en relación con la identidad propia que conseguía. Y eso, dejadme que os diga, es muy difícil en un soulslike.

La trama comienza poniéndonos en la piel de Tokugawa Takechiyo, nieto (o en mi caso nieta, que por algo me dejan elegir) del históricamente conocido Tokugawa Ieyasu, fundador del shogunato que marcó el rumbo de Japón durante el siglo XVI. Y es que, en un inicio, nuestro personaje está a punto de convertirse en Shogun pero, tras un ataque de una horda de yokai malignos, se destapa que nuestro hermano, Tokugawa Kunimatsu, ha sucumbido a una fuerza oscura que lo convierte en maldad pura. Y, por supuesto, decide que quiere partirnos la cara. Cómo no. Poco después, empezamos a ver que a Nioh 3 no le gusta la linealidad, y que lo que quiere es ofrecernos una guía a través de la historia japonesa, mezclando la fantasía con el período Sengoku, el Heian e incluso el Bakumatsu, aprovechando así para introducir a diferentes figuras históricas como Hattori Hanzo o Minamoto no Yoshitune y que de vez en cuando pensemos un “¡Eh, a este lo conozco!”. Porque si bien hay que tener en cuenta que la historia suele quedar en un segundo plano, dando prioridad a la acción, también es cierto que tiene una cierta ambición narrativa que no le sienta mal, y que puede ayudar a dar mucho más peso a cada combate. 

Seamos realistas, si en algo destaca y quiere destacar Nioh 3 es en su sistema de combate, tanto por la característica dificultad como por la espectacularidad de ciertos movimientos, recompensando a quien está a los mandos con ese chute de efusividad al reventar a un enemigo de un solo espadazo. Para ello, confía sobre todo en la combinación de dos estilos de lucha que podemos intercambiar con un solo botón en mitad de cualquier combate, sin complicaciones. Por un lado tenemos el estilo Samurai, que es el más “tradicional”, enfocado a la gestión de Ki y combos que tendremos que ir aprendiendo, y por otro lado tenemos el estilo Ninja, en el que la agilidad es la clave, las volteretas están a la orden del día y tendremos ataques rapidísimos. ¿Cuál es mejor? Pues depende de nuestros propios gustos y, sobre todo, del enemigo al que nos estemos enfrentando, porque nos obligará a gestionar cada encuentro y, sobre todo, a aprender a leer cuál es nuestro punto fuerte en ese momento. 

Si bien es un título que empieza con un equilibrado regular debido a su linealidad inicial, a medida que vamos avanzando nos damos cuenta de que es uno de esos casos en los que trata de enseñarnos a que lo entendamos, sobre todo cuando nos encontramos con las zonas más abiertas, donde además de los enemigos comunes y los jefes tendremos que encargarnos de los coleccionables, las misiones secundarias y demás desafíos. Es uno de esos juegos en los que tenemos que poner de nuestra parte, porque no vamos a ganar por casualidad (o sí, un golpe de suerte lo tiene cualquiera), sino que nos tocará tratar de entender al enemigo. Por qué ese ataque nos alcanza, por qué no podemos golpear después de ese combo, o por qué a ese señor no le hacemos daño. Cada muerte es una enseñanza, y ganaremos muchísimo plantándonos ante el jefe simplemente para probar diferentes estrategias, sin preocuparnos de si va a morirse o no. Porque ya se morirá cuando tenga que hacerlo. 

Una de las cosas que destaca de Nioh 3 desde su primer minuto es el apartado audiovisual que tiene. La parte en la que te van contando la historia es preciosa, con un estilo artístico que mezcla la tradición japonesa con la mitología. Esto tampoco decae una vez que nos ponemos a los mandos, porque el mundo está lleno de paisajes que te transportan a Japón, detallitos culturales y enemigos recién sacados de su folclore, todo ello variando de una manera acorde a la época que nos intentan plasmar en la pantalla. Y, si bien podría haber tenido unos gráficos más espectaculares, queda bastante compensado con su dirección de arte. Y en cuanto al sonido, tiene una banda sonora que encaja perfectamente con cada momento, cada escena y cada combate, ayudada además por las actuaciones de doblaje, que añaden ese punto extra de emoción a la historia. 

Nioh 3 es uno de esos títulos que no dan tregua en ningún momento, pero que tampoco exige cosas imposibles, solo un poquito más de paciencia y, sobre todo, entendimiento. Es muy flexible en cuanto a la dificultad y las herramientas que podemos usar para seguir avanzando (recordad, invocar es una mecánica completamente válida), y tanto la gente veterana como la recién llegada puede adaptarse perfectamente si le da la oportunidad, porque su curva de aprendizaje es dura pero satisfactoria. Además, cómo no vamos a disfrutar de un soulslike en el que podemos permitirnos el lujo de dejar atrás las matemáticas.

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