Si tuviera que elegir una saga que me haya marcado como persona, o que al menos me haya dejado una huella lo suficientemente grande, elegiría Fallout. Es una obsesión relativamente reciente pero a la que he cogido muchísimo cariño, no solo por la fascinación que me produce todo lo relacionado con lo nuclear, sino por el mensaje y por los mundos que consigue crear, por la sensación que me deja de sentirme como en casa en muchas ocasiones. Y es raro decir que un juego que trata del apocalipsis nuclear y de sobrevivir pueda definirse así, pero sus historias y sus personajes han logrado que abrir cualquiera de los juegos sea como sentir un abrazo.
Mi primer contacto con la saga fue hace unos siete años, cuando conseguí —no recuerdo cómo, pero sí de manera legal— una copia de Fallout 1. Había oído hablar ya de la saga y quería empezar por el principio, en condiciones, pero una vez creado mi personaje y después de no entender absolutamente nada de cómo funcionaba, dejé de jugar. Tanto este juego como su segunda parte son los títulos de la saga a los que más cuesta entrar si no estás acostumbrade a un juego de rol con combate por turnos, y a día de hoy, sigo sin haberlo instalado de nuevo. A pesar de que fue una entrada algo dura, no abandoné mis intentos de seguir explorando este mundo y entré a Fallout Shelter.
Este juego de gestión de refugios se ha comido más horas de mi vida de las que me atrevería a contar —y seguramente entre las partidas de móviles y la de Steam sumen más de las horas totales que llevo a Fallout 76— y fue mi entrada definitiva a la saga. Saber cómo funcionaban los refugios, mandar a mis moradores de exploración o evitar que los saqueadores irrumpieran en él y se llevaran todo por delante me ha ocupado durante muchísimo tiempo, e hizo que pasara horas buceando en las wikis de Fallout para saber más sobre Vault-Tec, el trabajo de los supervisores y muchísimas otras cosas que picaron mi curiosidad y que consiguieron, finalmente, que empezara a jugar a los títulos modernos.
Fue precisamente por aquella época cuando Paula García, ex-Toda Gamer que trabaja ahora para Eurogamer, puso en Twitter que Fallout 4 estaba a cinco euros en la tienda de Steam, y que era un robo no cogerlo por ese precio. Lo compré, evidentemente, pero mi ordenador de aquel entonces no podía tirar el juego. Jugué un par de horas —hacerme el personaje y poco más— antes de frustrarme y desinstalarlo hasta que consiguiera un ordenador en condiciones. Sin embargo, tuve un golpe de suerte porque la edición juego del año también estaba de oferta en digital para PlayStation 4 y la compré. Y ahí fue cuando empezó mi amor por la saga.
Creo que sin lugar a dudas es uno de mis juegos favoritos, aunque haya tenido mis momentos con él por sus bugs, o por que se congelara en mitad de una misión y tuviera que volver a cargar partida. Es también uno de los juegos a los que más horas he echado y a veces me cuesta poner en palabras por qué me gusta tanto. Es una mezcla de la historia, de los personajes que nos encontramos y del mundo que vamos construyendo, y que al final se podría resumir en que muchas veces encontramos la esperanza donde menos la esperamos. No recuerdo mucho de aquellos años —lo que tiene la depresión— pero sí tengo muy claro lo mucho que Fallout 4 hizo por mí. Me sentía acompañade, recorriendo cada rincón de la Commonwealth con Albóndiga, con Piper, o Cait, o Nick Valentine. Me contaban sus problemas, se tiraban a ayudarme cuando un grupo de saqueadores o un sanguinario nos atacaba. Sentía, y siento a día de hoy, que todes acabaron siendo mis amigues en aquel momento, y echo de menos la sensación de jugarlo por primera vez y recordar cómo fui descubriendo las historias de cada une de elles. Esos momentos de intimidad y confianza cuando por fin se abren o te cuentan por qué te acompañan, o las charlas en los asentamientos y después de las peleas. Creo que ningún otro juego ha hecho que consiga sentir que mi avatar, ese personaje que no se parece en nada a mí, sea yo dentro de la pantalla.
Tardé mucho en jugar la última misión porque no quería que Fallout 4 terminara, no quería ponerle punto y final a mi aventura por todo el Yermo. Significaba también decir adiós y gracias a mis acompañantes por haberme seguido y ayudado durante el camino. Y aunque pudiera cargar en cualquier momento y volver a recorrer el mundo con elles, no sería lo mismo. Me cuesta abrir a día de hoy la partida de PlayStation 4 de este juego, y aunque podría hacerme un nuevo personaje e intentar tomar decisiones distintas, o probar cosas nuevas, sé que no sería lo mismo. Empecé hace poco una partida nueva en ordenador y, aunque sentí esas ganas con la cinemática inicial y la creación de personaje —e incluso tomé decisiones diferentes—, la sensación que se me quedó fue de nostalgia, de echar de menos las primeras decisiones sin saber todo lo que vendría después, de no saber algunos de los giros de guión del juego. De todas las veces que he empezado Fallout 4, solo he conseguido terminarlo una.
Muchas veces, cuando terminamos un juego que nos gusta y que nos ha tocado la fibra, sentimos algo como una orfandad, de no saber qué empezar después para llenar ese vacío que nos ha dejado. Y yo decidí continuar con Fallout New Vegas, que no resonó tanto conmigo en ese momento, y al que le volveré a dar una oportunidad más pronto que tarde. La premisa del juego y el aura de misterio que envuelve a la trama fue una de las cosas que más me había llamado la atención, pero no conseguí conectar con él en ese momento. Desde el principio me atrajeron la riqueza de su mundo, de sus facciones y también de todos sus personajes, cada uno con unas ideas y visiones que hicieron darle un par de vueltas a algunas cosas, como hizo Fallout 4 en su momento. A pesar de no haber logrado esa conexión, disfruté mucho mi primera vuelta con él y quiero volver para explorar más su mundo, especialmente para saber si consigo sacar la misma sensación que tuve con mi juego favorito de la saga.
Y de New Vegas llegué a Appalachia, casi por casualidad. No esperaba pasar tantísimas horas —más de 520 a la hora de escribir este artículo— en Fallout 76 pero vuelvo de vez en cuando para comprobar las actualizaciones, las temporadas, o simplemente pasear con Meren por su amplísimo mapa. Es otro juego al que le tengo cariño sobre todo por la compañía que me ha dado en los últimos años. Lo empecé el verano de 2021 y jugué muchísimo, hasta acabar la campaña principal —y quemarme yo por el camino—, y después, he ido volviendo a temporadas, sobre todo cuando han sacado nuevo contenido y mapas. Ahora mismo es el juego que me pongo con un podcast porque ya he acabado todo y solo tengo las misiones diarias y los eventos, pero sigue siendo un lugar agradable al que ir. Appalachia y jugar en el mismo mundo con otra gente, aunque no hablemos o ni siquiera nos juntemos en grupo, me da una sensación de familiaridad cercana a la que sentía con Fallout 4. No es ni de lejos la misma pero sabe parecida, y me da un confort que no he encontrado con otros juegos.
Precisamente, una de las cosas que más satisfacción me dio en Fallout 76, y que recuerdo con mucho cariño, es la inclusión de un personaje no binario. Orlando, le jefe del hotel Whitespring, fue una de las adiciones que se hicieron con la expansión de La Fosa. Este personaje llegó en un momento en el que estaba cuestionando mi identidad de género, y aunque ya sabía que no era una mujer —pero todavía no sabía cómo dirigirme a mí misme, o cómo querer que me percibieran—, ver a Orlando me hizo sentir increíblemente validade por muchas razones. La primera es que en el postapocalipsis también existe la gente LGBTQ+, pero también porque todo el mundo en el hotel se dirige a elle con sus pronombres elegidos, y no le malgenerizan en ningún momento. Ese pequeño momento de euforia cuando vi a Orlando es una de las cosas más emotivas que me ha dado esta saga, y está entre los momentos que más atesoro.
Fallout tiene un sitio especial para mí por muchísimas razones, sobre todo por sentir que los personajes han sido prácticamente amigues que he ido haciendo por el camino. Tengo muy buenos recuerdos, aunque pocos, de momentos que me han marcado, como por ejemplo el DLC de Far Harbor de Fallout 4, que lo jugué con Nick Valentine y que se ha convertido en una de mis historias favoritas de los videojuegos. O cómo Preston Garvey y los Minutemen enarbolan la bandera de la esperanza, del apoyo y de la ayuda mutua frente al conflicto permanente en el Yermo. A pesar de que Fallout ha evolucionado de un juego de aventuras a un shooter, y que su principal mensaje es que la inacción y la confrontación nos harán repetir los mismos errores del pasado, esta saga ha sido, y será durante mucho tiempo, mi lugar de confort cuando el exterior se hace insoportable.
