Hay dos cosas en esta vida con las que siempre he sentido una inseguridad impuesta por el mero hecho de ser mujer. Una de ellas es conducir. La otra, como era de esperar, son los videojuegos. Son dos cosas que por lo general no me gusta hacer acompañada por miedo a que me juzguen, a que sientan la necesidad de poner en duda mi habilidad y verse obligados a decirme cómo debo hacer las cosas antes siquiera de hacerlas mal. ¿Por qué? Porque en ambos casos mis errores no suelen atribuirse a mí como persona sino al hecho de ser mujer.

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