Hay dos cosas en esta vida con las que siempre he sentido una inseguridad impuesta por el mero hecho de ser mujer. Una de ellas es conducir. La otra, como era de esperar, son los videojuegos. Son dos cosas que por lo general no me gusta hacer acompañada por miedo a que me juzguen, a que sientan la necesidad de poner en duda mi habilidad y verse obligados a decirme cómo debo hacer las cosas antes siquiera de hacerlas mal. ¿Por qué? Porque en ambos casos mis errores no suelen atribuirse a mí como persona sino al hecho de ser mujer.

En lo primero, no me había dado cuenta de esta presión extra hasta que un día, llegando al trabajo, decidí aparcar en un sitio bastante justito para mi coche y un señor que deambulaba por allí decidió PARARSE a contemplar la maniobra con una sonrisita de autosuficiencia hasta el final. Os puedo asegurar que cualquier otro día en el que no tuviese público habría desistido al instante y habría seguido mi camino hasta el siguiente hueco libre, pero algo en ese señor sacó en mí un instinto de cabezonería que sospecho hizo que las dimensiones de mi coche encogieran estrepitosamente hasta ajustarse a ese sitio. No contento con quedarse ahí, el señor esperó a que me bajara del coche para agasajarme con un “Y dicen que las tías no saben conducir”. Esto… ¿Gracias?

Con los videojuegos igual. Cada vez que se me ha ocurrido jugar con más gente, y debo apuntar que especialmente cuando son chicos, me he visto obligada a invertir un esfuerzo mayor del que suelo hacer en la intimidad de mi casa por jugar bien, por ser “buena” incluso en esos juegos que estoy probando por primera vez con tal de evitar comentarios en los que se insiste en que las tías no sabemos jugar. Y es que, por triste y exagerado que pueda parecer, es algo que se escapa de la boca de alguien cada vez que haces algo mal. No se tiene en cuenta que, quizás, estás jugando por primera vez a un juego con un grupo de gente que ha invertido horas y horas en él, que se te puede ir el dedo al botón que no es y liarla, que si me das órdenes para hacer lo que tú digas en vez de dejarme jugar a mi manera no soy capaz de dar ni el 50% de mí misma. Pero claro, las chicas no sabemos jugar.

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Aquí me veis, pulsando todos los botones para ver si hay suerte

Y ante esa frase, ante esa pullita que se escapa casi siempre, me hago la misma pregunta: ¿Quién demonios me nombró a mí paladín del género? ¿Quién decidió que lo que yo haga al volante o frente a una consola es problema y culpa de todas y cada una de las mujeres de este planeta?

Porque, y esto es muy curioso, si es un chico el que comete un error jugando o no se le da especialmente bien el videojuego en cuestión, las cosas cambian. Se le mira como individuo; sus errores se le atribuyen a él y sólo a él. Si hay que reírse de alguien (todo muy sano siempre) lo harán de esa persona en cuestión, sin acusar a todos los demás de lo que él ha hecho mal. Su equivocación es de él y de nadie más. En cambio nosotras lo hacemos mal porque somos mujeres. Y es que, no sé si lo sabéis, pero existe una glándula específica del cerebro masculino que empezó a mutar en los tiempos de Atari que es lo que hace que los hombres sean buenos por naturaleza y no por ensayo-error. De hecho, en una universidad de Massachussets hay ahora mismo un grupo de científicos con un cerebro masculino metido en formol llevándose la mano a la barbilla y murmurando: “Curioso. Muy curioso…”. En cambio, cuando se vuelven a mirar de forma desdeñosa el bote donde guardan el cerebro de una mujer comprueban que esa glándula no existe, aunque quizás sí que tienen otra que las hace buenas en, no sé, ¡las tareas de la casa! Porque en ambos casos todo es innato; no se debe a que incluso en mi generación existía cierta predisposición a dirigir a las chicas hacia unas labores específicas mientras se permitía que los chicos fueran más por libres. Porque incluso aunque no fuera así, hay una sociedad que te susurra no tan bajito que estás haciendo algo que no te corresponde por cuestiones de género y que te empuja a hacer un esfuerzo extra para demostrar que se equivoca, que tú también puedes.

En los videojuegos, si logras ese objetivo, si al final consigues demostrar a esos jueces que ya habían dictaminado que ibas a ser mala antes de empezar a jugar que eres digna de sus atenciones y agasajos, pasa otra cosa muy curiosa. De repente, como por arte de magia, dejas de formar parte de ese todo que era el que las tías no supiesen jugar a convertirte en individuo, vuelves a ser tú, con tu nombre y apellidos. Tu victoria es solo tuya. Si eres buena, es porque tú eres buena y no porque las mujeres lo seamos. Resulta bastante penoso y lamentable que ese reconocimiento venga única y exclusivamente cuando lo haces bien, y que aun así venga con algunos peros. Quizás tuviste suerte. Quizás fue una cosa puntual, quizás tuviste un buen día, alguien te ayudó, etc. Si no es así, te condecoran diciéndote que no eres como las demás. Y aquí dejad que me vaya un poco por las ramas pero creo con toda sinceridad que no existe peor halago que ese, como si hubiese algo mal con el resto de las mujeres y que lo mejor que puedes hacer en esta vida es diferenciarte de las demás para que te vean con mejores ojos… los tíos. Y si al leer esto encuentras una contrariedad con respecto al tema del artículo, revísalo de nuevo. No busco que se me apruebe a mí o al resto de chicas por jugar ni que nos den una medalla por ello; aparte del hecho de que todavía hay quien nos ve como algo aislado, o peor, como intrusas, quiero que se nos deje de atribuir ciertas cosas, casi todas muy negativas, por el mero hecho de tener tetas. Quiero que se quite de mis hombros el peso que supone tener que representarnos a todas cada vez que decido sentarme frente a una consola y de sentirme mal si no doy la talla. Es imposible saber qué clase de jugador tenemos delante si ni siquiera le dejamos sentarse frente al PC o la consola, saber si es bueno o malo, y ojalá a nosotras se nos diera la misma oportunidad siempre antes de asumir que lo vamos a hacer mal. Y lo dicho: si yo lo hago mal, eso no convierte tal prejuicio en una verdad absoluta.gremlindva

De la misma forma, me gustaría que cada vez que doy mi opinión sobre algo, si se me ocurre la desfachatez de señalar que “X” videojuego es lo más maravilloso y genial del mundo PERO que es problemático en ciertos aspectos, no salga ese ser que se oculta en los rincones más oscuros de Internet a decirme que LAS TÍAS no tenemos ni idea, que LAS TÍAS lo arruinamos todo. Al igual que mis errores a la hora de jugar, mi opinión es mía y de nadie más. Da igual si esa problemática la ve un alto número de mujeres y que estemos de acuerdo en lo mismo, está mal culpar a todo un género por lo que dice una persona (algo que funciona en los dos sentidos).

De verdad que no entiendo la dificultad a la hora de hacer esa separación, si de hecho ya se hace cuando el autor de una crítica es un hombre. Si hay algo en un determinado artículo con lo que no estás de acuerdo, se acusa a su autor de estar equivocado, se le rebate a él y a nadie más. A mí, y creo que a ninguna, se nos ha ocurrido jamás señalar que todos los hombres se equivocan a raíz de la opinión de una persona que comparte género. Y que ni se nos ocurra, que entonces aparecerá como por arte de magia ese subgrupo denominado dudebros y abrirán la celda donde tienen encerrado a ese ser cuya única finalidad en este mundo es la de gritar NOT ALL MEN a pleno pulmón. Vamos a ver; es evidente que no todos los chicos piensan así y no es necesario ni aclararlo, que sabemos distinguir. Sin embargo, quienes hacen acopio siempre de esa coletilla son, precisamente, aquellos que pecan de aquello que se les acusa. En fin.

Volviendo al tema de las opiniones de unos y otras, creo que para muchos ya hay una mala predisposición antes de leer una crítica cuando ven que la firma una mujer. Porque, empapadas de ese mal que atañe a nuestro género, no tenemos ni idea. Da igual lo extenso que sea tu “currículo gamer”, lo preparadísima que estés, el prestigio que tenga la plataforma donde publicas y que si estás ahí es por algo: formas parte de ese género que se desvió en los entresijos de la evolución y que no desarrolló esa glándula específica del cerebro que te hace válida para dedicarte, como hobby o a nivel profesional, al mundo del videojuego. Y si quieres ser parte de él, debes esforzarte bastante más, presentar tus credenciales y demostrar tu validez más que el resto. Y qué pena, oye, porque al igual que se me atribuyen a mí los errores de las demás, ya podrían hacer lo mismo con sus logros.

Por eso, vuelvo a insistir: ¿quién nos nombró paladines de nadie?

(Fuente de la imagen de cabecera: Kienan Lafferty)

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