La ley del deseo: De Stricking Vipers a Dragon Ball FighterZ

22/07/2019 | 1 comentario

Me gustan desde hace poco los videojuegos de lucha, de hecho, siempre los había desterrado por una falta de habilidad que derivó en pérdida de interés. Hasta Dragon Ball FighterZ. Mi cariño a los personajes y la insistencia de un amigo hicieron que lo que nunca había ocurrido pasara: me gustaba un videojuego de lucha. Es más, sentía que se me daba bien y podía plantar batalla. 

Una adrenalina que no había conocido nunca jugando, de repente, empezaba a brotar en cada partida. Cuanto más me familiarizaba con los controles y aprendía los movimientos de los personajes, más satisfactoria era la victoria y menos amarga la derrota. Esta sensación de euforia se extendía cada vez que mi amigo y yo nos enzarzábamos en frenéticas batallas para ver quién era el más hábil ese día. Algunas sesiones podían ser cortas pero intensas, de apenas un par de revanchas tanteando nuestras jugadas. En otras se dilataba el tiempo, parándose en cada botón que pulsábamos mientras telegrafiábamos nuestros pensamientos a corto plazo. La euforia se manifestó en jadeos y gritos con cada victoria alcanzada. Y sí, si esto se está poniendo raro pensad en cuando uno de los dos se atrevió a lanzar la analogía al final de una de estas sesiones: ¿esto es como si hubiéramos follado no? 

Algo en lo que quizá también pensaron en algún momento los personajes de Stricking Vipers, el primer episodio de la última temporada de Black Mirror. Para ponernos en contexto, lo nuevo de Charlie Brooker nos invita a un futuro no muy lejano en el que podremos introducirnos virtualmente en un videojuego de lucha. Esto es utilizado por los jugadores tanto para su propósito inicial como para otros escarceos. Entre los que sí, se incluye tener sexo con tu rival si este es el deseo de ambos. 

Los dos protagonistas son dos buenos amigos, como nosotros, que de vez en cuando se reúnen para darse de tortas a través de un avatar en su videojuego de lucha de confianza. Las partidas también son muy intensas, pueden durar toda una noche o ser una “rapidita”, pero la sensación de euforia, de unión, de éxtasis parece la misma que la nuestra. La cuestión es que ellos pasan de plantearse la pregunta a encontrar una respuesta. En un momento, el capítulo da un salto temporal que permite a estos dos amigos estar dentro de sus avatares, sentir como ellos, notar el sudor del combate en su propia piel mientras el rival se acerca con un abrazo que encierra el golpe final. Jadeos, también. Gritos. Roces. Y la pregunta es contestada. 

Este, a grandes rasgos, es el punto de partida del episodio, que acaba derivando en una exploración de la masculinidad y el deseo homoerótico con cuestionables resultados. Realmente, mi analogía con la serie acaba aquí, aunque siendo mi amigo heterosexual y yo lesbiana no negaré que me he planteado qué pasaría si él fuera Videl en este futurístico videojuego… Bueno, mejor me callo, volvamos a la serie. A pesar de que el capítulo me ha parecido una oportunidad perdida para hablar del tema del bromance o incluso de la bisexualidad, tiene algunos planteamientos iniciales que sí me parecen interesantes: ¿qué se desata cuando jugamos a un videojuego de lucha? ¿O a cualquier videojuego? 

Una respuesta científica rápida sería relacionarlo con los niveles de dopamina que se generan en el cerebro cuando jugamos, pero la información es tan dispersa y male-centered que casi ni merece entrar en el tema, aunque me encantaría que alguien con un perfil más técnico que el mío pudiera hablar de ello (¡enviad información en los comentarios si encontráis algún artículo sobre ello, por favor!). Podemos afirmar con bastante seguridad que hay algo químico que se enciende cuando jugamos, pues todos los jugadores lo hemos sentido en un momento u otro, pero también un componente humano que podría ser aún más determinante. 

Y es que este paralelismo que encontramos entre risas parece que no se limita a los videojuegos de lucha. Un maravilloso artículo de Kotaku desgrana las muchas maneras en la que los jugadores han forjado metajuegos eróticos alrededor de títulos como Overwatch, emplazando desde la ficción virtual una relación de sumisión que se mimetiza en los roles de healer y tanque. A través de las mecánicas de los videojuegos, no lo que ocurre en pantalla, podemos explorar sensaciones como la excitación o incluso el placer. Algo no muy diferente a lo que plantea el episodio de Black Mirror, donde Stricking Vipers tampoco está pensado inicialmente para ser la evolución de Tinder a lo bestia, pero son los jugadores los que encuentran esta otra forma de “jugar” entre ellos a través de lo que los desarrolladores les proponen, y es que quizá Charlie Brooker no va tan desencaminado y quién sabe qué pasará si la Realidad Virtual alcanza esas cuotas de realismo algún día. 

El futuro es excitante, sin duda. 

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adamantai
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1 comentario
AndThenWeKiss
AndThenWeKiss 23/07/2019 a las 12:33 pm

No suelo escribir comentarios, soy más esa persona que lee «entre las sombras», pero la mayoría de las columnas que he leído tuyas por aquí y alguna cosa por Twitter, me parecen brillantes, una visión diferente. Un saludo.

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