Estas navidades,  con casi diez juegos a medias y con otros tantos pendientes de empezar, me encontré a mí misma jugando The Legend of Dragoon por quinta o sexta vez. Por mucho que lo haya llegado a decir tres millones de veces, aquí va la 3.000.001: The Legend of Dragoon es mi juego preferido. Si ya tenía su trono ganado por ser el primer RPG que terminé de pequeña, se ha vuelto a ganar su posición cada vez que lo he rejugado; y es que, a pesar de sus fallos y limitaciones (de las que soy cada vez más consciente porque el antifaz del amor de madre se me va cayendo con la edad), cada vuelta al continente de Sin Fin me muestra una nueva faceta de este juego que, aunque para el público general pasó desapercibido, tiene desde hace años su nicho en la categoría de los juegos de culto.

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