Y el hexágono pa’ mí

Análisis de Civilization VII

Análisis de Civilization VII

Hace ya bastante tiempo que dejé un poco de lado el género de estrategia histórica por turnos, porque si algo caracteriza este tipo de juegos es la cantidad de horas que exige cada partida. Por desgracia, como bien habréis notado en vuestras propias carnes, el tiempo de la adultez pasa mucho más rápido que el de la adolescencia, por lo que esas tardes de planes interminables gestionando los movimientos de cada turno tuvieron que reducirse drásticamente para poder tener hueco para otros videojuegos. Y sí, sé que me habéis escuchado renegar de los combates por turnos más de una vez, pero aquí no estamos hablando de limitarse a pulsar un botón, sino de organizar toda una era y una extensión de terreno expansible, y además sobrevivir para contarlo. Es por ello que en mi época pre-Internet (y, sobre todo, pre-Steam) invertí horas y horas en varios títulos de este género, así que no pude evitar subirme al carro de Civilization VII en cuanto pasó por delante de mi puerta, y ahora gobierno las tierras que le arrebaté de las manos a Benjamin Franklin. 

Podría empezar contándoos que la historia de Civilization VII va de que Isabel la Católica en realidad no era católica, que acabó reinando en México y que decidió aliarse con Benjamin Franklin después de quedarse ella con parte de sus tierras porque estaba hasta el c le parecían un poco inoportunas sus declaraciones de guerra. Sin embargo, eso formaría parte únicamente de la especie de partida de rol en la que se convirtió una de mis partidas, porque si algo tiene este juego es lo permisivo que es con lo que podemos llegar a plantear sobre el tablero, empezando por la separación entre líderes y civilizaciones. Y es que cada líder disponible tiene sus ventajas y desventajas y, aunque podamos escoger a nuestro personaje por simple afinidad histórica, lo mejor es revisar su estilo para que se adapte a lo que queramos promover en nuestra partida, como explorar tierras lejanas con Isabel, manipular y declarar guerras con Maquiavelo o ganar cultura con Catalina la Grande. Pero esto no nos atará a ninguna civilización concreta, porque de entrada podremos escoger entre varios lugares de inicio diferentes, también con sus propias características, y que nos podrán ser de utilidad en nuestros futuros planes… o nos ofrecerá un estado del mundo un tanto cómico con personajes que podríamos denominar como Catalina la Gran Maya o Isabel la Egipcia. Y si queremos aumentar todavía más nuestras posibilidades roleras, tendremos un multiplayer para que nuestras amistades nos traicionen de todas las formas posibles mientras creamos un mundo con situaciones de lo más dispares y alianzas complejas. Como en cualquier partida de rol común, vaya.

La que podríamos considerar como la novedad más llamativa de este título es la implementación de las Eras. Estas dividen cada partida en tres edades, la Antigua, la Media y la Moderna, y aunque en un inicio podríamos pensar que son un cambio decorativo para hacer los tiempos acordes al paso de los años, no puede estar más lejos de la realidad. Evidentemente en cada Era tenemos recursos, tierras y tecnología adaptadas a la misma, marcándonos unos ciertos límites que, al mismo tiempo, se convierten en metas para conseguir a medida que va pasando el tiempo (o los turnos), lo que les da muchísima personalidad al estar también vinculadas a las condiciones específicas de nuestra partida. Sin embargo, como bien sabemos, la historia es cíclica, lo que nos llevará a comenzar una Era con diferentes tipos de crecimiento para llegar al final de la misma teniendo que hacernos cargo de una crisis, ya sea en forma de plaga, de revueltas populares o de colapsos económicos. Y dependiendo de cómo las gestionemos, nos tocará vivir una Edad Dorada o una Edad Oscura, en las que obtendremos ciertos estados extra que, incluso cuando son negativos, podemos llegar a utilizarlos en nuestro favor. Porque si algo intentan destacar en este juego es que nuestros actos tienen consecuencias, y estas llegan incluso a la posibilidad de desbloquear una u otra civilización dependiendo de lo que hayamos hecho durante toda la Era, ya que quizá esa escuela extra que construimos por construir sea la clave de todo un nuevo país. Porque sí, el cambio de Era resetea muchísimas cosas y pueden desmontarnos por completo nuestros planes anteriores cambiando nuestro entorno, dado que quizá nuestras ciudades ahora sean pueblos y nuestros recursos inservibles sean petróleo (o todo lo contrario), lo que puede empujarnos a decisiones que ni nos habríamos planteado antes. Como veis, es muy sencillo conseguir una partida única, para bien o para mal. 

A estas alturas del análisis (o de la vida) os habréis imaginado que en Civilization VII no vamos a controlar nuestras tierras limitándonos a beber de un cóctel desde una tumbona atada a un cocotero, sino que tendremos que escoger todos y cada uno de los movimientos que se hagan, aunque a veces de forma más simplificada que en entregas anteriores. Por ejemplo, en cada una de nuestras ciudades tendremos que ir escogiendo qué edificios construir, afectando a nuestra economía, defensas, felicidad o simplemente inclinar la balanza hacia cosas como la ciencia o la cultura. Todo es muy intuitivo y, aunque en principio puede parecer abrumador, lo entenderemos rápidamente. Y si no es así, incluso la primera partida nos servirá como un larguísimo tutorial que hará que en las siguientes queramos probar cosas que vimos durante la misma. O qué sucedería si hubiésemos tomado otra decisión en aquel momento tan mal planteado porque todavía estábamos aprendiendo, sobre todo cuando nos ronda algún conflicto y tenemos que debatirnos internamente entre la guerra o la diplomacia. O, lo que más me gusta a mí, la diplomacia con manipulación bélica. Y es que aquí partimos de la ventaja de la simplificación y la claridad en el diálogo, por lo que podremos mover nuestros ejércitos en bloque y coordinarlos de forma sencilla, o exponer de forma directa qué es lo que queremos o qué piden los rivales. Pero recordad, jugar sucio siempre es una de las mejores opciones, sobre todo cuando a nuestros rivales se les va la castaña y deciden atacarnos sin motivo aparente, ¿verdad, Benjamin Franklin? 

Por último, tengo que hacer mención tanto al apartado audiovisual como a la traducción, porque es impresionante durante cada minuto del juego. Visualmente llama la atención con cómo explica tan bien todo lo que está sucediendo en pantalla, sin perder detalles de edificios, maravillas o incluso vehículos, y se apoya de un sonido tan bien implementado que incluso cuando te equivocas al clicar algo, te das cuenta al momento de qué está fallando. La música de fondo acompañará nuestras partidas ofreciendo una sensación de tranquilidad y concentración, sin perder la esencia de la era y la civilización que estemos jugando. Y, como remate, tanto los textos como el doblaje en español le dan un punto extra de personalidad que hace que incluso les acabemos cogiendo cariño a ciertos personajes históricos, que aprendamos citas célebres y hasta que nos encontremos algún que otro chiste. Que la buena gobernanza es seria, pero no impasible. 

Civilization VII es, sin ninguna duda, un juego que tiene la capacidad de enganchar desde la persona más novata hasta la más veterana de la saga, porque cuanto más jugamos más nos damos cuenta de la increíble profundidad que tiene y todas las variables que pueden aparecer. Y teniendo en cuenta que son partidas de unas veinte horas (o más), nos costará encontrar un momento de aburrimiento en, como mínimo, las primeras cien horas. Y podría apostar por más, porque los desafíos siempre acaban llamando a nuestra puerta, ya sea en forma de guerra, de plaga o de carrera por ver quién construye antes una pirámide. Eso sí, os advierto que no intentéis ir con la mente en el “yo controlo”, porque no, os aseguro que lo de “un turno más y lo dejo” no funciona. Y, si me perdonáis, me voy a empezar otra partida, que mi archienemigo Benjamin Franklin no se va a ir de rositas. 

Cómprame un café en ko-fi.com

Nix

I run on coffee, sarcasm and lipstick. Hace años le vendí mi alma a Bioware y me convirtieron en la Shadow Broker. Tengo un papelito que dice que soy N7, pero no quieren darme mi propia nave. Me gusta llevarle la contraria a la gente y por eso soy una Inquisidora enana y pelirroja.

No hay comentarios
Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.