Contra la mala prensa de los videojuegos

Los videojuegos (también) me salvaron la vida

Los videojuegos (también) me salvaron la vida

En este artículo se tratan temas relacionados con la ideación suicida. Al final del artículo hemos incluido una serie de enlaces de ayuda en caso de que cualquier persona (lectora o conocida) pueda necesitarlos.

Cuando hace poco volvieron a arremeter contra los videojuegos en nuestra queridísima televisión pensé en escribir este artículo, sin embargo Enrique Alonso se me adelantó con su fantástico vídeo en Eurogamer. Me planteé que su historia era más que suficiente para plasmar lo que los videojuegos pueden aportar, y luego pensé que con solo una vida no era suficiente, pues los videojuegos también salvaron la mía. Así que estoy aquí para abrirme en canal y contaros por qué los videojuegos me mantuvieron con la cabeza en su sitio y a día de hoy estoy aquí escribiendo sobre videojuegos. Aviso que en este artículo voy a hablar de bullying, ansiedad, depresión y lo que ello pueda conllevar. Esta es mi historia y, por desgracia, no es única en absoluto.

En cualquier caso, antes de empezar, deberíamos contextualizar para las que no sepan de qué va el asunto. A principios del mes de abril en el programa Espejo Público, llevaron a plató a un psicólogo que cargó contra los videojuegos y los tachó de peligro para la socialización de infantes y jóvenes, apología a la violencia y, además, terriblemente adictivos por los sistemas pay to win que (según sus palabras) se encuentran en la mayoría de videojuegos. No entraré a debatir porque ya hay bastantes estudios científicos que rebaten estos argumentos cargados de desinformación. Pero sí puedo hablar de mi experiencia porque no, señores y señoras de Antena 3, los videojuegos no suelen destrozar vidas, a diferencia de las casas de apuestas que se publicitan sin ningún pudor.

Por algún punto debemos empezar, así que lo haré desde el principio. Mi primer encuentro con los videojuegos fue con una NES, la primera videoconsola que entró en casa. No había llegado a primaria cuando empecé a trastear con Super Mario Bros. En esa época también empecé a ver todas esas piezas de colores que caían sobre fondo negro para que mi madre las encajara en la parte inferior de la pantalla. Así pues, junto al fontanero, Tetris también forma parte de mi primer contacto con el medio. Y ojo, que decir que jugaba a la NES, es casi una forma de hablar, pues en las escasas horas que me permitían ponerme a los mandos, moría una y otra vez contra goombas y koopas sin superar el primer mundo de Super Mario Bros. ¿Qué podíais pedirle a una niña de cuatro o cinco años?

Pero no, los videojuegos no me alejaron de socializar ni desarrollé conductas violentas, pues en aquel momento era la típica cabra loca que habla con todo el mundo, le encantaba correr y jugar en el parque y dedicaba los sábados por la tarde a ir al cau (podéis imaginar algo tipo scouts, pero más divertido).

Super Mario Wold Mundo 1

Si un juego marcó mi infancia, fue Super Mario World.

Cuando llegué a primaria entró la SNES a casa con el Super Mario All Stars. ¿Os lo podéis imaginar? ¡Qué fantasía! ¡Cinco juegos de Mario en un solo cartucho! Y aún así no quise dejar el cau, y además empecé a hacer deporte. Era una niña alegre, sociable y activa y, aunque mis padres controlaban mucho el tiempo que dedicaba a jugar, esa maquinita gris se convirtió en un nuevo agente socializador con ellos. Esa compilación de juegos y Donkey Kong Country fueron los que nos llevaron a los tres a jugar juntos pasándonos el mando para superar cada pantalla, y después de esos títulos llegaron Aladdin (el bueno, el de CAPCOM para SNES), Asterix y Obelix en Gran Bretaña, Tintín en el Tíbet y un sinfín de cartuchos que nos dieron una buena cantidad de horas de diversión, y que a día de hoy siguen ofreciéndoselas a mis padres, pues ellos siguen jugando con las viejas consolas de Nintendo. Esas conversaciones con ellos buscando trucos, nuevas formas de avanzar en un nivel, puertas secretas en aquella casa encantada infestada de Boos… Recuerdo a mamá llamándome para que la ayudara porque no podía pasarse aquel nivel infernal que solían tener todos los juegos. Pero, una vez más, los videojuegos no me hicieron una niña menos sociable ni más violenta.

En cualquier caso, en ese momento la PSX y la PS2 estaban en auge en mi casa, pues yo nunca he sido muy dada a abandonar las videoconsolas de generaciones anteriores, de las cuales siempre intento ampliar el catálogo buscando las joyas que me perdí cuando la compra de videojuegos no dependía de mi bolsillo. Es algo que aprendí de mis padres, que a día de hoy aún andan a la caza de antiguos cartuchos de SNES y N64. Sea como sea, los videojuegos no fueron un elemento que me privara de socializar, más bien todo lo contrario. Os voy a contar qué me hizo menos sociable: el bullying. Esa cosa que no existía, que “eran cosas de niños”, porque lo normal es que el machote de la clase te tire por las escaleras y se pase la hora de matemáticas pegándote patadas en la espalda y a la silla porque se sienta detrás de ti. Y vaya, qué cosas, resulta que eso de verdad era normal en el insti, ¿no? Me gustaría saber cuántas de vosotras habéis vivido o visto esto y, siento generalizar, pero si no lo recordáis (ya sea como víctimas o espectadoras) quizá las abusonas erais vosotras. La cosa está en que el acoso sí me llevó a dejar de socializar y el apoyo era nulo en mi entorno, como profesores que no veían un problema en la violencia ejercida por mis compañeros, amistades que tomaron distancia para no verse afectadas, padres que niegan tu vivencia… Y así me convertí en la típica niña que se sienta sola en la hora del patio a leer un libro o un cómic, o a escribir una historieta de fantasía. Y no era algo malo, pues me apasionan la lectura y la escritura, pero sí lo era que cualquier cosa que hiciera (incluida esa) fuera motivo de burla, o no tener otra opción que pasar el tiempo de descanso sola lo más alejada que pudiera de mis compañeros de clase. Fue en aquella época que empecé a jugar más y me inicié en los juegos JRPG, que me resultaban fascinantes porque tenían la magia narrativa de los libros unida a un sistema de juego que me daba tiempo para pensar cómo ganar cada batalla o superar los rompecabezas que me propusiera el título en cuestión. ¿Por qué no iba a poder salvar el mundo desde sus mandos una adolescente que se sentía sola y rechazada por todo su entorno? No tuve una adolescencia fácil y los videojuegos mantuvieron a raya la ansiedad y los pensamientos suicidas. Los videojuegos fueron un refugio necesario cuando la ansiedad gritaba tan fuerte que no me dejaba leer ni escribir, solo bastaba con poner un disco en la videoconsola y darle al play.

Freija en el suelo

La constante sensación de pérdida y superación en Final Fantasy IX fue clave para mí.

Mal que me pese, el entorno tóxico no terminó en el instituto, y se alargó muchos años. Tenía amigos, pero en aquella pequeña ciudad de Tarragona me sentía ahogada y nunca terminaba de encajar, de modo que los videojuegos se convirtieron (de nuevo) en un agente socializador con aquellos colegas, y posteriormente parejas, que vivían demasiado lejos para darme un abrazo cuando lo necesitara. Llegado cierto momento los juegos online fueron una herramienta para relacionarme con mis amigos, y es un método tan válido como cualquier otro, como hemos podido comprobar con la actual pandemia y las restricciones que la acompañan. Sobreviví a aquellos años porque tuve un modo de salir de mi cabeza y viajar a lugares en los que no me sentía pequeña. Y, de nuevo, aplacó pensamientos que ojalá no hubiera tenido nunca.

Con el tiempo mi vida mejoró, superé la depresión, salí de aquel entorno que me presionaba a no ser yo misma, y los videojuegos siguieron allí. Tenía menos horas para dedicar a los mandos, pero mis relaciones eran sanas y no había miradas ni comentarios juiciosos, por fin disfrutaba de verdad de hacer excursiones y de pasar tiempo fuera de casa. Actualmente los videojuegos siguen fascinándome y dándome momentos maravillosos, y cuando estoy angustiada me ayudan a mantener la calma. Pero ya no son un refugio. Hoy, esos videojuegos que me salvaron la vida, son diversión y momentos compartidos.

Baile de Guilds Wars 2 con tres personajes

Los streamings de Guild Wars 2 con AoniaMidnight y kelerele son un maravilloso ejemplo.

Prevención del suicido: web del Teléfono de la Esperanza, dada su maravillosa labor 24 horas para ayudar a superar problemas emocionales. En ella podréis encontrar el teléfono asignado a vuestra Provincia.

Bullying: 900 018 018 Teléfono gratuito y confidencial operativo 24 horas contra el acoso escolar, también por chat en anar.org

Cómprame un café en ko-fi.com

RocketDea
RocketDea @RocketDea7

Creadora de mundos en proceso. Siempre con la nariz metida en alguna historia, ya sea entre las páginas de un libro o los píxeles de un videojuego.

2 comentarios
Gise
Gise 24/04/2021 a las 3:12 pm

No puedo dejar de sentirme 100% identificada con cada una de tus palabras… mi casa no era de ensueño y mi familia no era modelo ni tipo ni mucho menos amorosa y expresiva, nos hicieron sentir siempre como la obligación que no quisieron contraer y para lo cual no estaban preparados para asumir… en ese momento éramos 3 hermanos y nos trajeron una Súper Nintendo y el cartucho de Mario Bross World, y como en una suerte de experiencia cósmica, como cuando se prueba un estupefaciente mi cabeza se abrió a un viaje sin retorno al universo de los videojuegos, sus plataformas y consolas… y lo que más cuesta aún aceptar, entender y hasta aprobar es que las mujeres somos tan apasionadas por los videojuegos como los hombres… si ya somos apasionadas en cualquier cosa que nos gusta, si nos dejamos seducir por estos, jamás serían la excepción… y así, la llegada de este «aparatito» nos salvó de las discusiones de mis padres, la falta de cariño, la desatención y el cuidado… pero aún así no descuide ni mis responsabilidades ni mis estudios. Tuve los mejores promedios siempre, menciones honoríficas, olimpiadas literarias y de matemáticas… y todo xq aprendí a encontrarle la utilidad a cada cosa que aprendía… jamás me aburrió aprender, era un deseo de superación diario increíble, así como cuando querés desbloquear un nivel, o como cuando sabes que si elegís una alternativa de avance diferente, el curso del juego puede cambiar… así hasta el día de hoy, los videojuegos son parte de mi vida y se los transmito a mis hijos sin prejuicios, diversión, responsabilidad y aprendizaje..

Samuel Villena Corral
Samuel Villena Corral 26/04/2021 a las 3:21 pm

Magnífica columna. Mi caso no era tan grave, pero para mí los videojuegos eran una forma de socializar. En un mundo es que cada vez es más complicado encontrar lugares para jugar en la calle, y cuando lo encuentras eres “el rarito” porque no te gusta el fútbol, tener un pc en casa donde jugaba juegos con mis amigos (casi nunca solo), e trajo grandes momentos y amistades que aún hoy conservo. Saludos y felicidades por la columna!

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