Colmillos y calderilla
Vampiros, capitalismo y futuro existencial
22/09/2024 | Nix | No hay comentarios
Desde hace relativamente poco tiempo hemos comenzado a ver otra vez algún que otro vampiro en nuestro entretenimiento diario. Por norma general siempre hay libros, películas o juegos que los mencionan o meten algún personaje vampiro, acompañado de un hombre lobo, una bruja o cualquier ser ficticio repleto de clichés que venga bien para la trama. Sin embargo, los vampiros siempre suelen ir un paso más allá, y tienen tendencia a convertirse en una moda cíclica que ocasionan un boom de lanzamientos suficiente para llenar de colmillos las calles, las redes y la inspiración de una nueva generación de artistas. Esto es un fenómeno que ya lleva algún tiempo observándose, y existe cierta teoría de la cultura pop que vincula el vampirismo con una recesión económica inminente, porque en las últimas ocasiones en las que se pusieron de moda, ya se estaba labrando sin que nos diésemos cuenta y acabó estallando una crisis mundial. Y es que, en un inicio, esta teoría se cumplía principalmente en Estados Unidos, pero acabamos cayendo todos los demás países como fichas del dominó. Sí, sé que en un principio esto puede sonar a una locura de fenómeno de masas, a un delirio colectivo, pero en cuanto rascamos un poco nos damos cuenta de que el ser humano es más simple de lo que creemos, que en el fondo siempre necesitamos aferrarnos a algo que nos ayude a comprender nuestro entorno, y que nuestras formas de entretenimiento indican más sobre nuestra existencia que otras interacciones más directas. Y sí, los videojuegos también entran en esa lista.

Para quienes no conozcan la teoría vampírico-económica, ésta nos plantea que, cuando empieza a haber pequeños signos de recesión económica, nuestro subconsciente se siente atraído hacia temáticas que tratan de representarlo y compensarlo. En este caso, el capitalismo está personificado en la figura del vampiro, como bien dijo Marx en su momento utilizando la clarísima metáfora del chupasangre que vive a costa de los demás. Por ello, suele ser lo común encontrarnos en la mayoría de las historias a vampiros acomodados y poderosos que controlan todo desde las sombras, acumulando riquezas durante todos sus años de existencia, caracterizados por el desfase y, en general, por ser seres malignos en todos los sentidos de la palabra. Y es que ningún economista es capaz de calcular de forma exacta el momento en el que va a ocurrir algo que destroce la economía, pero la gente de a pie sabe perfectamente que si los ricos son más ricos y la cesta de la compra empieza a subir, en algún momento cercano vamos a empezar a pasarlo mal. A medida que va creciendo nuestra ansiedad por la situación política y económica del mundo real, buscamos un refugio en entornos de terror controlados que puedan convertir nuestros miedos en algo más atenuado. Y esto sucede tanto si somos la parte receptora del entretenimiento, como si somos la creadora, dejando fluir nuestros sentimientos hacia el medio que más nos interese, que en este caso centrándonos en los videojuegos. Y es que sabemos que todavía no han salido títulos como Blade, Cabernet, Moonlight Peaks o Vampire The Masquerade Bloodlines 2, pero ya hemos podido hincarle el diente a juegos como Vampire Survivors, V Rising, Redfall, Vampire Therapist o, por supuesto, a Baldur’s Gate 3 y a Astarion.
Si bien es cierto que los videojuegos, por norma general, tienen unos tiempos de desarrollo mucho más largos y esto hace que suelan coger el rebufo de la moda vampírica casi al final de la misma, esta época actual de más inmediatez y movimiento en las redes sociales hace que se consiga mantener durante más tiempo, cosa que pudimos ver de forma muy clara con Baldur’s Gate 3. Durante su larga etapa de acceso anticipado, el fenómeno fan ya se había congregado por completo alrededor de Astarion, y ahora, un año después del lanzamiento oficial, no es poca la gente que todavía sigue creando arte y contenido con él como núcleo central. Y, sin embargo, sabemos que a Stephen Rooney, la persona que escribió a Astarion, lo echaron hace meses en uno de esos despidos masivos que vemos cada semana en la industria de los videojuegos. Porque, como decíamos, el vampirismo y las crisis económicas suelen ir de la mano, y esta industria que ya cayó (otra vez) en el hipercapitalismo sin control nos está ofreciendo colmillos con una mano y desempleo con la otra. Si no me creéis, echad un vistazo a la sombra que está rondando el desarrollo de Blade bajo la mirada atenta de los accionistas de Microsoft.

Sin embargo, ¿por qué decidimos realmente meternos en esos mundos poblados de sangre, muerte y colmillos afilados, si representan todo lo que nos está haciendo vivir peor? Aunque parezca que no, tiene cierta explicación, porque los cerebros humanos ya sabemos cómo funcionan con ciertas cosas. Y es que el ver a esos vampiros ricos y poderosos tan importantes, observándonos desde su posición privilegiada, nos recuerda nuestra propia posición social, y esto provoca que reaccionemos de forma emocional, ya sea queriendo ser como ellos o queriendo acabar con todo lo que les rodea, prendiendo fuego, clavando estacas o cortando cabezas. Y esto va todavía más allá cuando metemos en la ecuación al personaje protagonista del juego. En los títulos más centrados en la narrativa y no únicamente en la estética vampírica o gótica, la tendencia suele ser a encontrarnos con una persona (generalmente vampira) que trata de rechazar el statu quo de los chupasangres, tratando de buscar el lado más humano dentro de la monstruosidad, ya sea ayudando a otra gente, negándose a matar o tratando de eliminar dichos privilegios tan característicos de los mismos. Una forma de hacer que nos sintamos mejor en la piel del personaje, dándonos un motivo por el que darle la vuelta a un concepto de por sí maligno que pueda convertirnos en salvadores o evolucionar a unas mejores personas. Esto, por ejemplo, nos lo muestra Sam Walls cuando habla de su pasado y presente en Vampire Therapist o Astarion en su misión personal, siempre y cuando Cazador no se salga con la suya o nuestro querido vampiro se convierta en vampiro plus. Y aun así, esa vuelta de tuerca nos vuelve a meter en ese desafío de las normas vampíricas, esta vez desde el punto de vista del espectador, comparando el antes y el después de aquella evolución interrumpida. Como veis, no quiero entrar en spoilers, pero quienes hayáis jugado sabréis a qué me refiero.
Sé que en estos momentos estaréis pensando que qué pasa cuando lo que nos atrae es, precisamente, el vampiro malvado, narcisista y egocéntrico que se cree el rey del mundo. No voy a ser yo la que lo juzgue, teniendo en cuenta que soy exactamente el tipo de persona que acaba siendo fan de la peor persona de la historia que me estén contando en ese momento, pero sí os puedo ofrecer una explicación. Por norma general estos personajes son los que dan más pie a muchas de las inquietudes actuales y de los problemas sociales que nos apremian, planteándonos patrones muy concretos que reconocemos perfectamente cuando formamos parte de ello. Por ejemplo, uno de los más evidentes a la hora de representar vampiros tiene que ver directamente con la comunidad LGBT. No por nada tenemos el chiste recurrente de que todos los vampiros son bisexuales porque sería muy aburrido pasar la eternidad relacionándose con un solo género. Y es que desde su paso a la cultura popular siempre han estado atados a un erotismo prohibido, mal visto y despreciado, oculto entre las sombras y completamente tabú si no querían que alguien les matase. Esto, actualmente, ha derivado también a temáticas raciales utilizando la misma base, y estoy segura de que en el Blade de Arkane Lyon es algo que tocarán en profundidad, teniendo en cuenta su presentación en los Game Awards situándolo en una barbería, uno de los lugares más importantes para la comunidad negra estadounidense. Además, estamos en una generación que no solo se preocupa de género, sexualidad o problemas raciales, sino que también nos planteamos diversos elementos psicológicos que influyen en nuestro día a día, como la obligación de vivir atados a un trabajo que odiamos y el deseo continuo de poder salir de donde estamos para ir a un sitio mejor. Y por eso títulos que cumplen más el cliché LGBT vampírico como First Bite hacen hueco al ya mencionado Vampire Therapist y su ayuda psicológica, pero también a ese sueño granjero de Moonlight Peaks, porque ahora mismo lo único que buscamos es un refugio que nos ofrezca vivir esos pequeños sueños que el capitalismo no nos permite tener. Y, si para eso tenemos que vampirizarnos, pues que así sea.

Me gustan muchísimo las historias de vampiros. Quizá son el elemento fantástico que más me ha interesado durante toda mi vida, por lo que cuando se presenta algún juego (u otro tipo de media) con vampiros me lanzo a por él sin pensarlo, queriendo personificar a cualquier chupasangre que aparezca sin importar su brújula moral. Y, sin embargo, el hecho de analizar fríamente todos los conceptos que los rodean hace que no solo se despierte un punto extra de terror a su alrededor, sino que además no puedo dejar de asociar conceptos comunes de la imaginería vampírica con detalles del día a día y de la anterior gran crisis económica. Y, aun así, me siguen fascinando como el primer día. Después de todo, para disfrutar sus historias solo me queda olvidarme durante un rato del existencialismo, del nihilismo y del mismísimo statu quo para poder entregarme por completo al miedo de pasármelo bien con unos colmillos muy afilados. Y deberíais hacer lo mismo, abrazad el don oscuro y buscad la guillotina.
I run on coffee, sarcasm and lipstick. Hace años le vendí mi alma a Bioware y me convirtieron en la Shadow Broker. Tengo un papelito que dice que soy N7, pero no quieren darme mi propia nave. Me gusta llevarle la contraria a la gente y por eso soy una Inquisidora enana y pelirroja.

