Si oímos las palabras “Grand Theft Auto”, ¿qué es lo primero que se nos viene a la cabeza? Posiblemente violencia, sexo, coches chocando a toda velocidad, libertad para hacer lo que queramos y polémica, mucha polémica. Eso último en especial fue lo que trajo esta quinta entrega de la compañía Rockstar cuando salió a la luz en 2013. Se habló de escándalo, censura, violencia desmedida, sexo explícito y límites traspasados. El mundo entero se llevaba las manos a la cabeza o a los bolsillos y no había medio que no se hiciera eco de la llegada de uno de los videojuegos más caros y vendidos de la historia con los más de 200 millones de dólares empleados en su realización y las 11 millones de copias vendidas durante sus primeras 24 horas. Por todas partes veíamos titulares hablando de «ejecuciones, masturbación y marihuana» (Público.es), de «violencia, sexo y lenguaje soez» (CNN), y otros como esta introducción de MeriStation que no se anda con rodeos: «Roba, extorsiona, secuestra, trafica, asesina. Vive al límite».
Incluso sin la fama que le daban los títulos predecesores, la quinta entrega de GTA estaba destinada a convertirse en un fenómeno sensacionalista del que hoy vengo a hablaros desde otro ángulo, porque más que la prostitución, las drogas y la violencia, lo que a mí me ha impactado de este Grand Theft Auto ha sido cómo la visión amoral que da del mundo ha sido capaz de retratar tan bien la esencia de toda una sociedad.
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