El otro día un twittero nos pasó el aviso de que una vez más los niños rata habían montado su aquelarre.
De nuevo una jugadora sobresaliente puesta contra las cuerdas por nuestros queridos amigos los Trugamers.

Juego

Esta vez con el juego Overwatch.

El resumen se hace rápido y no es muy diferente de otras situaciones anteriores de las que seguramente todos recordamos algún caso: chica coreana de 17 años (con el alias Gegury) ostenta un ratio de victorias inaceptablemente alto para nuestros histéricos favoritos y la acusan de hacer trampa.
Después empiezan amenazas de ir a su casa con un cuchillo si se demuestra que las ha hecho.

Noticia

El tema acaba con la jugadora siendo reportada a Blizzard Korea, que dice no encontrar trampa alguna. Y con un streaming de Gegury jugando, grabado para intentar limpiar su nombre.

Voy a pasar de los datos, de las historias, de las anécdotas, porque en el fondo de esto hay algo que me preocupa muchísimo: el doble rasero con la inocencia.

Y es que en este caso y en muchos otros, el único indicio de que una mujer está haciendo trampas es el “es demasiado buena”.

Cuando un hombre juega y es bueno, realmente bueno, sus compañeros no piensan “tiene truco”. Nunca. Y es lo correcto. No hay indicio alguno de que esa persona esté falseando datos ¿por qué tendría que caer sobre él una acusación tan grave? Puede tener buenos reflejos, puede tener mucho tiempo para jugar. ¿Os suena lo de “inocente hasta que se demuestre lo contrario”?
Pues eso, nuestro jugador chico es inocente hasta que alguien aparece con pruebas en la mano y le dice a Blizzard (en este caso) “oye, he encontrado esto. Su juego no es lícito”.

¿Cuál es la fórmula que se aplica a mujeres?

Culpable hasta que demuestres lo contrario”. Demuestres. .

Estamos en una situación en que cualquiera puede denunciarnos con su sentido arácnido de niñato histérico herido como única prueba. Y cuando eso pasa nos toca demostrar a nosotras que no mentimos, cuando es quien acusa el que debería presentar las pruebas.

Y no sólo acusa. Amenaza. Porque aunque esa niña hubiese hecho todas las trampas posibles NADA justifica amenazas de muerte. Y las hacen. Porque saben que ellos son impunes. Porque ningún patrocinador les dirá nada. Porque sus compañeros, fans y colegas no les pararán los pies.

Los trugamers siguen bramando, llorando y pataleado de que las grandes empresas les están ignorando cuando son ellos los que se han convertido en la versión jodida del gag de la inquisición española de los Python para todos los demás.

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Se han encontrado jugadores masculinos haciendo trampa y no han sufrido ni la mitad de violencia que Gegury, a la que solo habían acusado sin pruebas. Si no, mirad el equipo FatGaming en el torneo del Call of Duty 4, sin ir más lejos. O las trampas al Starcraft, que creo que no queda ningún jugador que no se haya tuneado ese juego…
Pero nada. Alguna sanción y mucho apoyo de tus compañeros.

Y a nosotras, al final de esto, ¿qué nos queda?

Que un montón de psicópatas se han dedicado a amenazar de muerte a una niña de 17 años sólo porque jugaba mejor que ellos y era algo que no creían posible.

Que no ha habido ni habrá ningún tipo de sanción contra ellos.

Que Gegury ha sufrido (y sigue haciéndolo) por ser buena en su hobby.

Que nadie la toma lo bastante en serio como para considerar la gravedad de lo ocurrido.

Que ni siquiera recibirá disculpas.

Y lo mejor de todo es que ellos ganan, porque al final ya no importa si no ha hecho trampa. Eso da igual. Las acusaciones la van a perseguir allá donde juegue. Porque pese al streaming, el comunicado de Blizzard y la ausencia de pruebas, a los trugamers siempre les quedarán sus tres palabras mágicas “sí, vale… pero”.
Y así la chica gamer siempre es la tramposa de Schrödinger.

No se pudo demostrar que hiciera trampas.
Sí, vale… pero

Blizzard dio un comunicado.
Sí, vale… pero

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