Giant Squid Studios nos trae la historia de un curioso submarinista. Este nadador realiza un trepidante viaje que cambiará la forma de percibir el entorno que le rodea y su propia psique. Una inolvidable travesía con una atmósfera muy lograda y una finalidad concreta: conocer la fauna y la flora marina.

Según comenzamos la partida nos zambullimos rumbo a la inmensidad de los profundos océanos. Espirales de peces y docenas de colores nos dan la bienvenida a este maravilloso mundo marino. Acto seguido vemos a nuestro personaje y adoptamos el control del mismo en una plácida cala. Una premisa simple que se tornará compleja gracias a la evolución que sufre nuestro personaje. Hay un mensaje ecologista durante todo el viaje pero éste es recalcado después de un estupendo giro relacionado con un tiburón. Esta sorpresa y la revelación que sufre el protagonista son momentos de calado hondo. Realmente sorprenden y emocionan.

La jugabilidad de ABZÛ se limita a cuatro botones, y obviamente los dos joysticks. A pesar de ser pocos resultan suficientes y poseen funciones muy concretas. Durante la odisea podremos recolectar conchas, meditar y liberar peces. Coleccionar y desbloquear es lo único que podremos hacer aparte de nadar. Resulta recomendable vivir la primera partida con tranquilidad, sin centrarse en conseguir cada objeto o desbloquear trofeos. Deja que la corriente te lleve, nada, observa, aprende los nombres de diferentes peces… Las ambiciones pueden esperar a la segunda vuelta. Precisamente este juego no necesita, y tampoco genera la típica ansiedad de jugador “necesito todos los objetos y los quiero ahora”.

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El escenario abierto nos produce una gran sensación de libertad, así como sosiego. La soledad vuelve a ser clave e impera, más todavía que en Journey. Esto se debe a que el modo online ha sido eliminado.  Me explico: en su predecesor era posible encontrar a otros jugadores que estuviesen jugando y compartir juntos la aventura. En ABZÛ los únicos acompañantes que tendrás serán pequeños robots con la función específica de ayudar en determinadas tareas.

La única pega es un inconveniente que ya tenía Journey, su antecesor. En ABZÛ el error sobresale más, quizás fruto de su perfección. Este fallo es la obligación de pasar entre niveles por un escenario que simplemente sirve de enlace, dicho enlace no tiene ninguna función salvo la que su propio nombre indica, valga la redundancia. Este espacio tendría sentido si sirviese para subir de nivel o mostrase algo que iluminase la historia… El lugar sólo conecta diferentes universos. Un juego de escasa duración no necesita esto. Siempre seguimos el orden, no queremos volver a una zona. Simplemente deseamos avanzar, y si en un futuro buscamos un coleccionable volveremos a jugar y listo.

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El defecto descrito anteriormente es la única falla del impecable título. ABZÛ es una maravilla para los sentidos, y los deleita con frecuencia. Su gama cromática parece sacada de un viaje efectuado con LSD, una explosión de colores totalmente hipnótica que nos atrapará desde el minuto uno. El balanceo de la flora acuática, los logradísimos movimientos del personaje, o la variedad de escenarios son algunos de sus logros más destacados. Esta experiencia de inmersión no sería completa sin la banda sonora creada por Austin Wintory. Una música que cuenta con decenas de instrumentos y un sublime coro. La aventura está plagada de virtudes. Quizás la más evidente y conocida es que el videojuego creado por Giant Squid Studios haya contado con Matt Nava como director creativo. Su impecable trabajo en Journey resulta (a priori) el mayor atractivo a la hora de jugar el título. Realmente ABZÛ bebe de su progenitor, pero es mejorado en todos y cada uno de sus aspectos; especialmente su historia. Un relato emotivo e ingenioso.

ABZÛ es un juego pacífico, cargado de simbología e indiscutible poseedor de varios niveles de lectura. El objetivo no es correr y pasar pantallas de forma rauda, matar monstruos o tener amigos que jueguen importa poco o nada en este mundo acuático. Olvidémonos de todo lo que hemos jugado. Simplemente dejémonos llevar por las olas y sintamos.