En los primeros días de Pokémon Go, cada vez que subías al transporte público podías ver, sin esforzarte mucho, al menos dos o tres personas jugando. A veces eran niños y a veces eran adultos; pero, principalmente, eran jóvenes de entre dieciocho y veintitantos, aprovechando su camino hacia donde fuese para atrapar unos cuantos bichos. Y cuando ibas a un parque, podías distinguir claramente entre dos tipos de personas: las que simplemente estaban allí, paseando, y las que estaban experimentando el entorno de una forma totalmente distinta, a la búsqueda de las zonas en las que aparecían Pokémon raros y lugares con varias Poképaradas juntas donde poner cebos para optimizar el tiempo de caza. Cuando alguien colocaba en ellas estos objetos, los jugadores se reunían allí y charlaban mientras capturaban, como si fuesen amigos de toda la vida. Era como si siempre hubiese habido allí una ciudad secreta, oculta a nuestros ojos, y que por primera vez podíamos explorar.

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La estampa habitual en cualquier avenida concurrida de mi ciudad durante aquellos días (con el mapa glitcheado y sin cargar las calles incluido)

Fueron días de miradas cómplices, de espiar un poquito la pantalla del móvil del de al lado para intuir a qué equipo pertenecía.

Leí una vez en algún lado que lo que hace tan atractiva la comida rápida, tipo McDonald’s, para personas de todas las edades es el hecho de que puedes tocarla, mancharte mientras la comes, manejarla entre las manos sin cubiertos ni remilgo alguno; disfrutarla sin preocuparte de nada más. Creo que Pokémon Go tenía algo de eso: podías sentir tu ciudad en tus manos, tocando el mapa, ampliando, alejando, girando, moviéndote como si el espacio fuese tuyo. Con el añadido de que no era un espacio ficticio lo que estabas controlando, sino lugares que ya conocías, y que se presentaban ahora como zonas totalmente diferentes y llenas de posibilidades. 

Más que un juego de logros u objetivos, se convirtió en un juego de anécdotas: comenzaron a aparecer grupos de Whatsapp locales en los que los integrantes compartían capturas e historias de cosas que habían avistado, desgracias o fortunas que les habían sucedido a todas las horas del día. A un nivel más íntimo, la gracia era compartirlo con tus amigos, claro: yo no tenía demasiado tiempo libre entre semana, pero esperaba pacientemente la llegada del sábado para salir a cazar con mis amigos. Sentarme en el asiento del copiloto mientras alguien conducía y sostener nuestros dos móviles en el regazo para ir capturando las Poképaradas por las que pasábamos se convirtió en la estampa habitual de mi verano. A veces pasábamos la  noche fuera, paseando por los principales lugares de caza de la ciudad, y ya fuese la una o las cinco de la mañana, encontrábamos a decenas de personas que se encontraban haciendo lo mismo que nosotros, en una extraña comunión. La gente alertaba en voz alta de los avistamientos raros, o te felicitaba por ese Pokémon que acababas de evolucionar cuando pasaba a tu lado, a la búsqueda de más caza y más emociones.

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No os exagero nada si os digo que me hizo tanta ilusión encontrar este Pokémon que se lo conté por Whatsapp a mi madre.

Quedarte sin datos móviles era un drama mayor de lo que lo había sido en cualquier otro momento, porque con la conexión a Internet lenta la aplicación apenas cargaba, y eso significaba tener que levantar la pantalla del mapa verde brillante y volver a mirar las calles y los lugares tal y como los habías experimentado siempre: de una forma que se leía ahora extrañamente fría. Me acostumbré a llevar la batería externa siempre encima, me bajaba paradas antes de la mía en el transporte público para andar un rato más y cazar un poco. Siendo un juego tan poco competitivo, no lo hacía porque quisiese mejorar, sino porque me divertía imaginarme las formas en las que me sorprenderían el juego y mi entorno. Hay un parque infantil justo delante de mi casa, y cuando veía a muchos niños y jóvenes jugando allí, ponía cebos en las paradas cercanas y les observaba reunirse alrededor de esos puntos desde la ventana.

Era divertidísimo. Me encantaba.

Incluso cuando quedaba con amigos que no jugaban a videojuegos habitualmente pero sí habían sucumbido al fenómeno Pokémon Go, me gustaba colocar cebos cerca del sitio donde estuviésemos tomando algo y dejar que los animalitos virtuales nos acompañasen en la conversación. Nos poníamos al día sobre las últimas novedades de nuestra vida, y sobre aquella vez que uno de nosotros vio un Gyarados en el radar y salió corriendo a buscarlo pero fue incapaz de encontrarlo. Creo que nunca he sentido mi hobby más aceptado socialmente que en ese momento.

Por desgracia, el “fenómeno Pokémon Go” se evaporó casi tan rápido como había llegado: y aunque todavía quedan jugadores, la inmensa mayoría de las personas que cayeron en sus redes durante el verano terminaron por abandonar la aplicación. Esto se debe, probablemente, a que es un juego con poco contenido y muchísimos problemas técnicos, ya que era poco más que una beta cuando empezó a reunir millones de usuarios. La gente se aburrió, o se cansó de reiniciar la aplicación cada quince minutos, y dejó de jugar; y como compartirlo era lo que hacía el juego tan divertido y tan mágico, en cuestión de meses vio dramáticamente reducida su base de usuarios.

Personalmente, no dejé de jugar porque me aburriese, sino porque una de las actualizaciones hizo que mi móvil dejase de poder correrlo sin ralentizarse dramáticamente: en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera podía pasar de la primera pantalla de carga. Pero debido a un dramático acontecimiento, mi antiguo teléfono pasó a mejor vida y con el nuevo modelo sí pude retomar la aventura.

Lo primero que me llamó la atención cuando volví a jugar, meses después, es que la interfaz y los menús funcionaban de forma mucho más fluida y dinámica. Parte de eso tendría que ver con mi móvil nuevo, claro; pero también se habían reducido, en gran medida, los crashes y las pantallas congeladas a las que tan acostumbrados estábamos en julio.

La otra cosa que me llamó la atención fueron los Pokémon. Había muchos más. En serio: muchísimos más. Cada vez que abría la aplicación, incluso en mi propia casa, me daba la bienvenida una imagen como esta:

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Juro que nunca antes había visto más de tres Pokémon juntos, y esto último sólo en ocasiones excepcionales

Cabe destacar que, en general, los Pokémon que aparecen también son más variados que entonces. Salvo en lugares específicos y céntricos de la ciudad, nunca jamás había atrapado nada más que Pidgeys, Rattatas y Ekans por la calle. Ahora, aproximadamente una de cada tres o cuatro veces que abría el radar, encontraba un Pokémon más o menos raro en mis inmediaciones. No está mal.

Además de eso, se habían añadido unas cuantas funcionalidades: ya no había que scrollear hasta el final de la pantalla para transferir los Pokémon a cambio de caramelos (gracias a Dios), hay una opción para comprobar cómo de buenas son las estadísticas de tus Pokémon, y la posibilidad de tener un Pokémon “compañero” que vaya ganando caramelos conforme caminas cierta cantidad de kilómetros. Además, hay otros arreglos menores, como cambios en los menús y el hecho de que ahora los huevos tienen colores distintos según la distancia necesaria para abrirlos (verde para los de 2 km, naranja para los de 5 y morado para los de 10).

Cuando volví a jugar a Pokémon Go no tenía intención de hacerlo de forma tan intensiva como la primera vez; y por eso, no me preocupé demasiado de atrapar cada Pokémon que veía, ni de aprovechar cada metro caminado para sumar kilómetros en el contador. Más bien, abría el juego ocasionalmente, aprovechaba para capturar los Pokémon que más me gustaban, y dejaba a mi entrenadora virtual descansar durante unas cuantas horas, hasta el próximo rato muerto o viaje largo en autobús. Este uso más casual resultó ser una forma más que disfrutable de jugar a este juego: seguía teniendo anécdotas, capturas, momentos de emoción por algún encuentro sorprendente que me había ocurrido, pero no lo suficiente como para entrar en ese mindset en el que simplemente estás jugando de forma automática, sin fijarte en lo que estás haciendo. Porque, seamos honestos: no hay nada que haga más aburrido un juego de Pokémon que terminar cazando veinte Spearows en una hora. Así que simplemente seguí por ahí, cazando Jigglypuffs, Eevees y Gastlys durante unos cuantos días.

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Estoy muy vieja ya para que mi lista de Pokémon tenga esta pinta. Yo paso.

Mi vuelta al juego coincidió temporalmente con un evento que se celebraba en éste: durante una semana, todas las acciones generarían el doble de experiencia. La idea sonaba bastante bien: no fascinante, pero sí agradable. Lo que sí despertó mi atención fue otra cosa que sucedió durante esa semana: Ditto, un Pokémon que hasta entonces no había sido capturable en el juego, había sido “liberado” y ya podía atraparse. Me enteré porque alguien dio la voz de alarma en Twitter: una compañera de trabajo suya había atrapado un Pidgey y se había convertido en un Ditto.

Yo, que había pasado unos días muy tranquilos atrapando tan sólo aquellos Pokémon que me faltasen, que me interesasen por algún motivo o que me pareciesen bonitos, vi mis prioridades totalmente alteradas de repente. Parecía ser que, si atrapabas un Pokémon común, había una posibilidad de que este resultase ser, en realidad, un Ditto transformado. Por supuesto, yo seguía sin querer atrapar Meowths o Zubats, pero sí quería un Ditto. Y por tanto, comencé a mirar a estos Pokémon comunes con otros ojos. Y a cazarlos a todos. Cualquier Rattata o Pidgey desperdigado por ahí era ahora sospechoso de contener, hipotéticamente, un Pokémon distinto que sí me interesaba. Incluso en las ocasiones en las que me aparecían simultáneamente un Pokémon que me gustaba —digamos, un Horsea, o un Bellsprout— y alguna de las fierecillas comunes, terminaba atrapando estos últimos.

Otro cambio de dinámica: ahora atraparlo todo, incluso los bichos que no te interesaban, volvía a ser divertido. Cada vez que lanzabas una bola a un Pokémon común había un segundo de pequeña incertidumbre antes de que apareciese el mensaje que te indica que ha sido capturado correctamente.

Me costó tres días encontrar mi Ditto. Como en el caso que os he citado anteriormente, fue un Pidgey que atrapé casi con desgana el que terminó teniendo el boleto ganador. Y cuando lo vi transformarse, me provocó un tipo de satisfacción que hacía mucho tiempo que un videojuego no me generaba. No se sentía como si el juego me hubiese recompensado ni bendecido haciendo aparecer a esta criatura: el logro parecía enteramente mío. Yo había andado hasta allí, lo había encontrado, y lo había atrapado.

Y es que en esa sensación de “yo he hecho esto por mí mismo” se basa un poco la gracia, el gimmick de Pokémon Go: el tráiler inicial con el que se nos vendió el juego nos prometía poder salir a buscar y cazar nuestros Pokémon con total autonomía. Y si bien siempre ha sido cierto que hemos podido cazarlos, la parte de buscarlos no ha estado tan clara: desde los primeros días del juego, el “radar” que en teoría nos iba a permitir encontrar el Pokémon que quisiésemos a nuestro alrededor ha funcionado de una forma tan deficiente que incluso fue eliminado por completo durante meses, dejando a los jugadores “a ciegas”. Para solventar esto, aplicaciones como Pokévision, hechas por fans, empezaron a aflorar, y nos mostraban las ubicaciones de los Pokémon en el mapa de nuestra ciudad. Todas ellas se vieron obligadas a echar el cierre por petición de Niantic y The Pokémon Company.

La última gran actualización que ha tenido el juego ha girado alrededor de precisamente esta mecánica: y, por primera vez desde el lanzamiento, el juego dispone de un radar que funciona. Tiene sus pegas, sus fallos, y no es del todo preciso a veces, pero más o menos, cumple lo que promete: te muestra qué Pokémon hay alrededor de tus Poképaradas más cercanas, y a qué distancia de ti se encuentran.

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Un Abra, just chilling en una bola de hierro

Cuando abrí la aplicación, una buena mañana, y vi el nuevo radar, sentí que por primera vez el juego estaba empezando a acercarse a ser algo similar a lo que pretendía en un principio. Y a pesar de eso, estaba un poco escéptica respecto a esta nueva funcionalidad: llegaba tan tarde que prácticamente ya me había acostumbrado a jugar de la otra forma, sin saber qué podría encontrarme a la vuelta de la esquina. Llegados a este punto, ya no me hacía falta.

O eso creía.

La primera vez que vi un Pokémon que realmente me interesaba capturar en el nuevo radar estaba en el transporte público, volviendo al trabajo. No estaba ni remotamente cerca de mi casa todavía, pero vi un Squirtle —lo había elegido como Pokémon inicial, pero no había sido capaz de capturarlo salvaje en más de un par de ocasiones— en una Poképarada que se desviaba sólo ligeramente de la trayectoria de mi tranvía. No podría alcanzarla desde el vehículo, pero sí si me bajaba y caminaba un poco.

Miré al teléfono.

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El Squirtle más satisfactorio de la historia

A la puerta.

Al teléfono otra vez.

E hice esa cosa que todos soñábamos con hacer cuando el juego fue lanzado, y que en prácticamente ninguna ocasión habíamos logrado: vi un Pokémon, y salí a cazarlo. Y lo cacé.

El momento fue prácticamente mágico.

Probablemente me estoy repitiendo diciendo esto, pero muy, muy pocos juegos me han generado esa sensación tan explícita de haberme ganado a pulso mis pequeñas victorias como Pokémon Go. La encontré un poco en Demon’s Souls, quizás. La encuentro en Spelunky, cuando logro llegar hasta el final del juego y sé que el juego no me ha concedido ninguna tregua, y he peleado cada bloque avanzado, aprendiendo a base de prueba y error. No puedo pensar en muchos más ejemplos, ni muchos más entornos virtuales en los que las victorias dependan tanto del input del jugador como uno en el que el juego no existe si tú no te mueves, físicamente, y sales a buscar lo que quieres.

Por este mismo motivo, los usuarios del juego llevaban reclamando que Niantic arreglase el radar desde la salida de éste. Y parece que durante estos meses, y por primera vez, han comenzado a escuchar las peticiones de la comunidad. Es evidente el esfuerzo reciente por revitalizar el juego y seguir entreteniendo a los jugadores que permanecen: hay eventos cada pocas semanas, se introdujo un sistema de bonus diarios y nuevos Pokémon. Al añadido del reciente Ditto, pronto le seguirán los 100 Pokémon de la nueva generación. Como si se hubiesen dado cuenta, por fin, de que los cambios en la dinámica, las novedades y las nuevas opciones son la forma adecuada de darle algo de movimiento a un juego que es, en esencia, tan sencillo.

Y aun así, sigo sin jugar a Pokémon Go con tanta intensidad como lo hice en el momento en el que salió. Intento activamente no prestarle más atención de la necesaria y no sentir que desperdicio el tiempo cuando camino sin tener la aplicación abierta. No porque tenga miedo a “engancharme” otra vez, ni porque no me guste lo suficiente, sino porque me parece que es la forma óptima de jugarlo. No voy a ser inocente aquí y pensar que el juego está diseñado para ser jugado de este modo. Naturalmente, un jugador paciente y ocasional genera muchísimos menos ingresos a la compañía. Pero sí creo que jugarlo de forma más pausada hace que la aplicación sea más disfrutable a largo plazo.

Al final, la conclusión de este texto es que volví a un juego que había adorado mucho una vez y que terminó por quedar un poco olvidado en mi cabeza, y me di cuenta de que todavía me gustaba, pero tenía que aprender a quererlo de una forma totalmente distinta.

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