Mucho se ha escrito sobre el cliché de la damisela en apuros, presente durante toda la historia de los videojuegos, y de todas sus variantes. Todos sabemos de la clásica princesa, bella, dulce y pasiva, a la que secuestran con una estrategia ridícula y que nos aguarda paciente en su castillo hasta que la rescatemos y nos compense con un beso, matrimonio o noche de pasión. Luego tenemos a la mujer en la nevera, un giro siniestro de la damisela en apuros, que pasa a ser asesinada para justificar el transfondo dramático del protagonista. Y, finalmente, está la damisela escoltada, que debemos guiar durante todo el juego mientras velamos por su seguridad y que puede ser sustituible por un fardo. En ocasiones, como la pusilánime Ashley de Resident Evil 4, es peor que un fardo, puesto que no hacía más que incordiar y provocar el odio en el jugador, mientras reforzaba el estereotipo de adolescente pija y mimada.

Y entonces llegó Elizabeth.

La conocí en el tráiler de Bioshock Infinite, que me sedujo a primera vista. Planteaba un nuevo Bioshock que jugaba con el miedo a las alturas en lugar de la reclusión del océano. Y, en lugar de las siniestras y adorables little sisters, ELLA. Con su aspecto delicado, su diseño entre lo cartoon y lo grotesco, su rostro expresivo como el de una princesa Disney. Y sus poderes. Una criatura que parecía de cristal era capaz de abrir grietas dimensionales. A una flor como ella el protagonista Booker le confesaba que no temía a Dios, pero a ella sí.

Muchos críticos de videojuegos desde el punto de vista de la igualdad de género la han despreciado como una damisela en apuros más, pero nunca he estado de acuerdo con esa afirmación. Elizabeth es la verdadera protagonista de Bioshock Infinite. Toda la historia gira alrededor de ella y es con ella con quien empatizamos, en lugar del arquetípico Booker Dewitt, que es una mera herramienta a través de la cual avanza el juego. Además, Elizabeth dio un paso para resquebrajar el cliché de la damisela en apuros escoltada: colaboraba en combate lanzando sales y botiquines en el momento más preciso y, fuera de él, nos proporcionaba objetos y nos indicaba aquéllos que habíamos dejado pasar por alto. No era necesario velar por su seguridad, ya que ella se escondía cuando había peligro.

Sin duda, Elizabeth es uno de los personajes femeninos más ricos y trágicos que hemos visto en un videojuego (y en la ficción, me atrevo a decir) y no es de extrañar que tantas cosplayers le hayan hecho homenaje.

Yo también quería ser Elizabeth. Me identifico mucho con su inicial candidez y  entusiasmo, su inquietud, y el desencanto que sufre a lo largo del juego. Observé sus diversos vestidos y decidí decantarme por su versión de Burial at Sea, el DLC de Infinite, no sólo porque la he visto menos, sino porque me identifico con su estilismo, ya que es similar al que llevo en mi día a día. Esta Elizabeth, además, es la que logramos controlar en el segundo capítulo de Burial At Sea y, la diferencia que encontramos con respecto a la alegre muchacha que homenajeaba a Bella de La Bella y la Bestia es brutal. La Elizabeth que escapa a Rapture es más madura, amarga, dolida y consciente de sus cartas. Adopta el rol de femme fatale para adaptarse a un mundo en el que sabe que ésa es una de las pocas tácticas de supervivencia de las que dispone, y en esta parte donde la conocemos mejor y donde nos desgarramos ante la pérdida de la inocencia.

Debido a mi profesión, dispongo de poco tiempo para confeccionar un traje de calidad, así que encargué dicha tarea a Kokonoehikaru y a Regina Vermilion el broche de la golondrina. Yo aporté el dedal, las medias y los zapatos. El resultado fue más que satisfactorio. Más adelante, decidimos crear una sesión con Ana López, una fotógrafa creativa que dota a sus obras de personalidad propia y con la que ya había contado para la sesión de Wonder Woman y Life is Strange; y con Laura Carmona, que hizo una labor de maquillaje y peinado excelentes. En nuestra sesión, no sólo queríamos reproducir fielmente las escenas más emblemáticas del juego, sino crear las nuestras propias. Decidimos usar un carousel para evocar París, la ciudad de los sueños de Elizabeth. Allí quise dar otro rostro de Elizabeth, en el que se la ve más feliz, refugiada en sus fantasías en una ciudad idealizada, a la que accede a través de una grieta y es, por una vez, feliz.

Hoy os comparto una de mis sesiones preferidas con vosotros, puesto que fue un sueño hecho realidad.

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