Probablemente tiene sentido, teniendo en cuenta que Poochy & Yoshi’s Woolly World (3DS) es un juego en el que el emblemático personaje de Nintendo se desplaza en un mundo hecho de tela y lana gordita, como la de los jerseys calentitos de invierno, pero si tuviese que elegir una sola palabra para describir este juego, me quedaría con suave. Más suave de lo que cabría esperar de un juego que es, esencialmente, un port de la versión de WiiU (con algunas novedades y añadidos) que se traslada a una consola con menos potencia, que está al final de su ciclo, y que ya comenzaba a tener problemas para dar la talla con algunos de sus lanzamientos más recientes. Pero lo cierto es que este Yoshi de 3DS resiste el tipo en el apartado técnico de una forma muy digna. A pesar de algún glitch gráfico extremadamente ocasional, el juego funciona fluido, conserva la estética y, por primera vez en sabe Dios cuánto tiempo, utiliza propiamente el 3D integrado en la portátil de Nintendo.

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Así es como se ve el nivel 1-5 en el port de 3DS…
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Y así es como se ve en la versión de WiiU. Vale, hay downgrade, pero podría haber sido peor, ¿no?

Y también es suave porque es tan bonito y está diseñado con tanto mimo que a veces, después de un rato más o menos largo jugando, cuando estás concentrado por completo en el que sea el nivel que estás intentando superar en ese momento, te sientes como si ese universo hecho de hilos de colores te estuviese arropando despacito, invitándote a olvidarte de tus preocupaciones y de la infinita pila de juegos pendientes que tienes en tu biblioteca. Durante ese período de tiempo cuesta pensar en nada que no sea saltar, lanzar, explorar y descubrir, y si, sin haberlo tenido en las manos, me hubieseis intentado explicar que un videojuego de plataformas con una fórmula tan explotada a día de hoy iba a generar este efecto en mí, probablemente no os hubiese creído.

Parte de la culpa de esto la tiene el apartado artístico, claro. No merece la pena detenerse mucho rato a describirlo porque cualquiera con ojos en la cara puede apreciar que el juego es precioso: los colores, las texturas, los diseños de personajes y la música que acompaña a cada fase construyen una atmósfera distinta y genuina que atrapa desde el primer instante. Uno podría observarlo superficialmente, sin prestar especial atención a los elementos, y llegar —del mismo modo que yo, que he pasado un montón de horas analizándolo— a la incontestable conclusión de que su dirección artística es brillante.

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Pero el juego también recompensa con pequeños guiños a aquellos que se paran a mirarlo un poco más de cerca. Me costó varias horas reparar en el hecho de que los pies de Yoshi se convierten en patines de hielo cuando transita por una zona congelada y vuelven a su estado normal cuando pisa terreno seco pero, una vez me di cuenta, no pude dejar de verlo. Cada vez que entraba en una de estas zonas me daba una satisfacción especial pisarla, moverme, sentir el movimiento de esa pequeña zona en la que tus pies resbalan un poquito más que de costumbre, y el movimiento del personaje es un poquito más grácil.

Este detalle resume muy bien el espíritu del juego: una concatenación de elementos estudiados y pulidos al detalle con el único propósito de hacerte disfrutar y sonreír un poquito.

Poochy & Yoshi’s Woolly World no tiene pretensiones de ser más que un entretenimiento de tarde de invierno y es aquí donde reside su mayor acierto: es muy fácil caer en su magia porque parece que el juego nos está gritando que está totalmente determinado a dar lo mejor de sí para hacer que pases un buen rato. A cambio, sólo te pide un poco de tu tiempo: unos minutos para tomártelo con calma, para experimentar y para explorar, saltar, buscar, quizás morir, y volver a empezar.

Si aceptas el trato y le dedicas unos momentos de calma para explorar sin prisas, el juego se tomará el tiempo de enseñarte a hablar su idioma, y aprenderás a transitar los escenarios movido por una cierta inercia que te hace entender, casi sin planteártelo, las referencias visuales que te llevan hasta los secretos, o los atajos, o los caminos alternativos de sus niveles no lineales (que los hay). 

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Oh, don’t mind me, simplemente estoy aquí, trepando por una bufanda monísima.

No nos cabe ninguna duda de que el juego es espectacularmente bonito, pero lo que hace brillante a su diseño es que sabe guiarte por los escenarios mediante códigos y referencias visuales que el jugador aprende de forma casi inconsciente. Ha habido más de una vez, y más de diez, en las que simplemente he sabido que en ese lugar había un secreto. No había ninguna pista, ni ninguna indicación, pero lo sabía. Lo había intuido, porque el juego me había dado las herramientas para aprender a intuirlo.

Esta forma de narrar y de ayudar al jugador a transitar por los escenarios no es nueva, no es novedosa, y desde luego, este juego no es el primero que la utiliza y lo hace bien. Y aun así, se siente especialmente fresco por una cosa estupenda que no había encontrado en los otros títulos de plataformas de 3DS: que trata al jugador como un adulto. Poochy & Yoshi’s Woolly World es un juego que puede ser jugado, tranquilamente, por niños; pero no es un juego que infantilice a su público o subestime su capacidad de resolución.

Precisamente de esta no infantilización del jugador deriva el hecho de que el juego es considerablemente más difícil que otros títulos similares de la misma plataforma. Una dificultad que se maximiza si quieres encontrar los coleccionables: otro de los elementos clave del título.  

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Ya tengo mis cinco ovillitos de lana, ya me puedo ir a mi casa.

Ya sé lo que estáis pensando: los coleccionables son superaburridos. Hay personas concretas a las que les gustan, y determinadas ocasiones en las que no están mal, pero, en general, no son algo que pueda venderte un juego.

Pero confiad en mí: el juego sabe cómo hacer que quieras esos dichosos coleccionables.

Esto sucede porque el gameplay hace malabares entre dos aspectos: los que hacen que quieras seguir avanzando a pesar de que el juego sea, muchas veces, bastante complicado, y los que hacen la experiencia más sencilla y disfrutable.

En la primera categoría, nos encontramos con tres tipos distintos de coleccionables: las monedas, los ovillos de lana y las flores. Las monedas te desbloquean nuevos diseños que puedes utilizar en uno de los mejores extras del título: el creador de Yoshis, que te permite crear y pintar a tu personaje para después jugar con tu propio diseño. Los ovillos de lana te desbloquean nuevos personajes jugables, otros Yoshis con diseños predeterminados, generalmente basados en el nivel que acabas de superar o en enemigos característicos de la saga. Por último, recoger todas las flores de un mundo te desbloqueará un nivel secreto al final de éste, que sólo se puede acceder de esta forma.

Tres coleccionables, tres motivaciones para obtenerlos. No hay nada de ese “voy a recoger todos estos objetos inútiles para conseguir el 100% del juego y darlo por terminado aquí”: cada uno de ellos tiene su utilidad y su función, y el jugador los priorizará según el aspecto de la jugabilidad que le resulte más interesante. Obtenerlos todos significa escrutar todo el mapa al milímetro. La mayoría de ellos se encuentran en zonas de exploración opcional, u ocultos detrás de algún elemento secreto del escenario.

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Llamadme loca, pero no sé quién no querría jugar con un Yoshi hecho de yogur.

Pero aun así, el juego no quiere que sufras. Quizás sí pretende suponerte un desafío, pero nunca uno que te supere por completo. Al fin y al cabo, hemos venido a divertirnos. Y si en algún momento concreto la complejidad de una pantalla nos supera, siempre podemos cambiar al “modo relajado”, en el que los enemigos nos hacen menos daño, y llevaremos detrás de nosotros a tres pequeños perritos de lana (como Poochy, pero más pequeños) que nos guiarán y, de vez en cuando, nos desvelarán algún secreto. Además, conforme vayamos superando los niveles iremos desbloqueando distintas medallas con habilidades especiales que podremos utilizar en cada pantalla a cambio de unas cuantas gemas de las que hemos ido recogiendo durante nuestras partidas. El uso de estas medallas no sólo hace mucho más sencillas algunas de las pantallas sino que le da cierto valor de rejugabilidad al juego: pronto descubriremos que conseguir todos los coleccionables de aquel nivel es mucho más sencillo ahora que podemos adquirir la habilidad de que la lava no nos queme, o de no morir cuando caemos al vacío (esta última es, probablemente, la más útil de todas. En serio. No os hacéis a la idea).

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#Blessed

Quizás la curva de dificultad se vuelve demasiado acusada en los dos últimos mundos. A pesar de que son similares en diseño y estructura a los anteriores hay, para mi gusto, demasiados elementos que pueden matarte instantáneamente en todos los niveles de dificultad: principalmente, cosas que te tiran fuera del mapa y cosas que te aplastan.

Pero, al margen de esto, el punto flojo del juego son, sin lugar a dudas, las peleas con los jefes. En lugar de presentar un reto, poner a prueba tus habilidades, u ofrecer alguna recompensa, todos ellos son sencillos, muy similares, basados en la misma mecánica, y entorpecen más que aportan nada a la experiencia del jugador, que seguramente los venza a la primera, casi por obligación, sin considerarlos siquiera un reto de mayores proporciones que superar el propio nivel en el que se encuentran. El juego sabe muy bien cómo llamar la atención hacia aspectos jugables que en otros títulos son arduos o poco interesantes, como los coleccionables, pero falla drásticamente en estos jefes finales, que desmerecen un tanto una experiencia que sería de otro modo casi redonda.

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A-BU-RRI-DO

Mientras escribía este texto —que soy consciente de que, a ratos, suena más a carta de amor que a reseña— estaba pensando que a lo mejor sólo me estaba gustando tanto este juego por la novedad, y porque hacía mucho tiempo que no conectaba tanto con un juego de Nintendo. Después se me ocurrió volver intentar jugar al otro título de 3DS que tiene a Yoshi como protagonista: Yoshi’s New Island. Lo que me recibió fue una introducción mal tutorializada, un diseño de niveles simplón y una experiencia en general tirando a mediocre. La siguiente vez que volví a encender Woolly World, para finalizar alguno de los pocos niveles que me quedaban por terminar, aprecié todavía más ese no-sé-qué que había hecho que me gustase tanto el universo de lanita, y volvió a atraparme de nuevo, como si estuviese pidiéndome que me quedase allí para siempre.

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Bonus: hay un nivel en el que Yoshi se convierte en una avioneta, mira cómo vuela, ¡aaaaaaaaah!

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