Hay un, digamos, sector de gente en el mundo del videojuego, que se encarga de hablar de “true gamers“, apoyándose en  unas bases ridículas, adaptadas a sí mismos (no podía ser de otra forma). Y tras leer/usar varias veces la coña del carné gamer, he decidido contar mi experiencia en el mundo del videojuego. ¿Por qué? Porque estoy segura de que muchas de las que estáis por estos lares os podéis sentir identificadas.

Llevo jugando a consolas desde que soy capaz de levantar un mando con las manos. Mucho. MUCHÍSIMO. En mi casa siempre las ha habido, porque mis padres han sido y son bastante jugones.

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Ice Climber, ¡qué recuerdos!

Todo comenzó con una preciosa NES, cuyos cartuchos siempre tenían un olor característico. Adoraba jugar a Super Mario Bros, Ice Climber (éste sobre todo), Kung Fu, Adventures of Lolo e incluso Nintendo World Cup. Jugaba sola o acompañada.

Pronto llegó Play Station (PS1) a casa, como regalo de cumpleaños para mi hermano. Ambos pasamos horas y horas de diversión, con más juegos de los que soy capaz de recordar. Nunca nos peleamos por ver “a quién le tocaba”;  en la mayor parte de los casos uno jugaba y el otro miraba, otras veces incluso jugábamos los cuatro integrantes de la familia, por turnos. Bendito Crash Bandicoot. Cada uno tenía sus juegos de preferencia, claramente, pero todos jugábamos por igual.

Asimismo, me regalaron la famosa Game Boy. Sí, esa gris con las teclas A y B en morado; la pantalla verdosa y tan gruesa. Donde seguí con Super Mario Land, Pokémon Azul, Tetris y Los Pitufos. A ésta solía darle yo más tute que nadie, porque los demás no eran (ni son) mucho de consolas portátiles. La tuve conmigo hasta tiempo después de salir (y tener) Game Boy Color. Donde la lista de juegos y las horas invertidas en ellos seguían en aumento.

PS1 acabó siendo reemplazada por Play Station 2 (PS2); llegando a nuestra casa cuando ya no salían apenas juegos de la anterior. ¡Y porque era retrocompatible! (A su vez, le regalaron a una prima la Nintendo 64, así que cada verano pasábamos las horas de más calor con ésta). Aquí llegó el culmen. Kingdom Hearts, te debo la vida.

Cuando el desgaste era notorio en mi Game Boy Color, decidieron regalarme una Game Boy Advance SP (Zelda Edition), que a día de hoy sigue funcionando y en perfecto estado. ¡Era revolucionaria! Tenía la pantalla iluminada (se acabó buscar el ángulo perfecto de luz para ver el juego), ya no funcionaba con pilas, sino con batería, y ocupaba (literalmente) un cuadrado. Estuve con ésta pequeña maravilla hasta años después de que saliera Nintendo DS Lite; la cual me regalaron, una vez más, por falta de juegos para la anterior. Ésta, a día de hoy, la sigo utilizando. A pesar de que han salido otras tantas. Aunque la pobrecilla a veces no reconoce los cartuchos.

Por su parte, en el año 2000, pusieron un ordenador en casa; dando pie a mi primer contacto con juegos de PC, lo cual evolucionó hasta la actualidad, con mi gustosa biblioteca. Aquí mis padres han sido poco jugones (siempre han preferido ver los juegos en TV y manejar un mando) y mi hermano tanteaba algún Medal of Honor y Counter Strike; pero siempre ha preferido su PS2; la cual, por cierto, acabó cambiando por una Play Station 3 (PS3), con su propio dinero (tanto la consola como cada juego), cuando ésta no daba más de sí.

Por último, mis padres se hicieron con una Xbox 360 Elite maravillosa (a la que yo también he dado bastante uso), que a día de hoy sigue funcionando sin ningún problema.

¡Ah! Y yo me compré (ya iba siendo hora de que dejaran de regalarme consolas) en 2009 una Nintendo Wii, para jugar en familia y hace unos 5 años una PSP de segunda mano, por algunos de los juegos de su catálogo: Dante’s Inferno es genial y, de nuevo, Kingdom Hearts: Birth by sleep 10/10.

Como podéis ver, mi “historial gamer” no deja nada que desear. He invertido horas y horas en consolas, portátiles y no. De hecho, sigo invirtiendo horas en todo tipo de videojuegos; aunque no sean ni la mitad de las que desearía (por estudios, trabajo, obligaciones y otros hobbies). Actualmente, soy la más “gamer” de la casa; pero los encargados de otorgar el carné gamer me lo quitarían sin dudar ni un segundo por los siguientes (y estúpidos) motivos:

  1. No jugar todos los días.
  2. No pasar el día pegada a un videojuego. Qué le voy a hacer, me gusta hacer otras cosas.
  3. Cambiar la dificultad para terminar pronto o porque me apetece más bien poco enervarme.
  4. No jugar lo último de lo último.
  5. No jugar online. Odio la comunidad online de los juegos, es muy tóxica.
  6. No conocer en profundidad cada detalle del juego: desde cuestiones técnicas hasta nombres de encargados de sacar ese juego a la luz.
  7. No completar juegos al 100%. Sinceramente, si las misiones secundarias son repetitivas o un aburrimiento de élite, no me gusta perder el tiempo (que vayan ellos a por los estúpidos 100 banderines si tanto los quieren).
  8. Juegos como Los Sims e incluso juegos de móvil no suman puntos, a veces los restan.
  9. No tener consolas de nueva generación.
  10. A veces, por el mero hecho de ser mujer. Absurdo, ¿eh?

Personalmente, me da igual (a gran escala) si alguien conocido o desconocido subestima mi afición a los videojuegos. Me es total y absolutamente indiferente porque, como podéis ver, me sobra experiencia. Más aún teniendo en cuenta que no me gusta la televisión; mi tiempo libre va destinado a libros y videojuegos de todo tipo.

Lo mejor es alegar estupidez, inmadurez e ignorancia hacia esas personas, porque a fin de cuentas, lo único que pretenden es hinchar su ego de la forma más infantil posible: yo esto, yo lo otro y tú no, no y no. “Soy mejor que tú porque EGO”.

El mundo de los videojuegos no está libre de decadencia humana. Es un hecho. Dar coba a los auto-denominados “true gamers” es entrar en su juego (nunca mejor dicho). Si les molesta algo, que se apañen con su propia bilis. Total, si algo hemos aprendido de los videojuegos es que si hay enemigos, vas por buen camino, ¿no?

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