¿Sabéis esa sensación que os recorre la espalda y luego se traslada a vuestro estómago cuando va a ocurrir algo que no sabéis exactamente si será bueno, malo o comprometedor? Porque eso mismo fue lo que me ocurrió al rejugar a esta aventura gráfica de 2003 y que nada tiene que ver con la serie televisiva creada por Charlie Brooker.

Normalmente, pasado un tiempo, tiendo a echar atrás la mirada y ver los videojuegos con la etiqueta de “TERMINADO” que tengo en un word para darles una revisión en función del vago recuerdo que conservo de ellos. En esta ocasión le tocó a The Black Mirror, desarrollado por la ya extinta Future Games para PC y que vio la luz en 2003 con un PEGI 3. Hasta ahí vamos bien, ¿no? Sabemos a lo que nos atenemos con esa clasificación de edad. Por ello, sin esperarte nada del otro mundo, empiezas la historia:

Samuel Gordon, protagonista en funciones, recibe la trágica noticia de que su abuelo, William Gordon, ha muerto. Han pasado doce años desde que Samuel abandonó EL CASTILLO de su familia, donde se alojó hasta los dieciocho años para ir a la gran ciudad, por lo que tenemos a un posible noble en ciernes (?). Al llegar a Willow Creek, y tras el encuentro con sus familiares, Samuel comprueba que las circunstancias del fallecimiento han sido un tanto peculiares. Según los indicios, su abuelo cayó —o fue arrojado— desde la torre oeste del castillo acabando empalado en unas verjas del jardín. Sin embargo, tal y como nos lo cuentan, su habitación estaba cerrada por dentro y con la llave sin quitar, lo que apunta a que estaba solo…

Y tras esto, a lo largo de seis capítulos iremos interactuando con unos 30 personajes, descubriendo los recuerdos de Samuel cuando vivió en aquel castillo y de cómo debe enfrentarse a las recurrentes pesadillas y trastornos que le asaltan, día y noche. Aquí es cuando se nos desvela que, quizá, nuestro protagonista puede tener algo más que un mal sueño y que esas pastillas que tiene entre sus efectos personales pueden haber derivado de algún trauma vivido en el castillo. Mientras intenta desvelar los hechos relacionados con el fallecimiento de su abuelo, Samuel empieza a pensar que tales pueden remontarse tanto desde el presente más inmediato hasta el pasado más recóndito de la familia Gordon y que se remonta siglos atrás.

De primero, debo señalar que el argumento bebe de la madre de las recurrencias en el plano detectivesco: se ha dado un posible asesinato y nosotros debemos hallar la verdad. Así de simple. Es un golpe de efecto muy visto, pero que sigue siendo eficaz hoy día junto con las pinceladas macabras e insinuaciones al más puro estilo de «Se ha escrito un Crimen» con puzles y acertijos, unos más complicados que otros, y que incluso te pueden llevar a una muerte horriblemente sangrienta (ehm… ¿PEGI 3?). Pero, ¿y si además os dijera que hay alguna que otra dosis de ocultismo derivado del Medievo, y que se complementa de manera muy curiosa con el presente? Admito que este añadido fue lo que me llevó a culminar mi partida, claramente, mucho más que el hecho de resolver la muerte del abuelo Gordon.

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Algunas de las Pruebas y Puzles

Como suele ocurrir en las aventuras de Point and Click tenemos un inventario, donde recogeremos los objetos pertinentes a usar para abrir nuestro camino. Pero lo llamativo y hermoso de este Black Mirror son sus escenarios generados en 2D. Suman 150 aproximadamente y están colmados de preciosos detalles de gran resolución entre luces y sombras por los que el protagonista y otros personajes, generados en 3D, se desplazarán. Y es que, más de uno puede servir de salvapantallas de lo bonitos —a la par que tétricos—  y bien cuidados que están. Para quienes nos fijamos mucho en el entorno, es una delicia sensorial y ello, junto a la música, hacen de la inmersión un viaje para disfrutar.

Aludiendo a las animaciones, y quizá algo que me sigue crispando, he de decir que los movimientos siempre me resultaron mecánicos y forzados, y ahora que le he echado un vistazo más minucioso lo confirmo, pues en mi vida he visto a alguien andar tan rectamente y deprisa como a Samuel Gordon. Puestos a comparar, las animaciones no me parecieron tan “naturales” como las que vi en títulos como «The Longest Journey » o «Syberia», estrenados en años próximos a este. Todo ello me lleva a pensar que quizá pudieron mejorarlo un poquito más, pero cuando descubrí que el equipo de desarrollo estaba formado por cinco personas mi enfoque cambió drásticamente.

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Escenarios del Castillo de Black Mirror

La primera vez que lo jugué, allá por el pleistoceno, no tuve ni idea de este detalle porque siempre que pensamos en una desarrolladora (cualquier desarrolladora que saca sus videojuegos en formato físico, como fue el caso de The Black Mirror) tenemos en mente edificios enormes con cientos de personas trabajando en su interior. Hoy por hoy, gracias a Internet, incluso una sola persona puede hacer un videojuego desde casa llevando música, guión, diseño o desarrollo (como ejemplo de ello tenemos a Kan Gao, de Freebird Games, con To the Moon) y quizá por eso para esta reseña no quise caer en la condescendencia de mi primera vez con The Black Mirror.

Y pese a ser el mayor éxito de Future Games, la recepción internacional que tuvo fue bastante variada. Como puntos a favor, la crítica señaló la hermosa y oscura atmósfera de Willow Creek, la música y los efectos de sonido, pero todos coincidieron que el doblaje pudo haber sido mejor. Las voces inglesas no tenían color. Iban de la parsimonia a una ironía hiriente hacia el jugador en determinados momentos de “no sé qué hacer con estos objetos”, y no sé si por falta de fondos o por cuestiones prácticas el juego no llegó doblado a las tiendas, limitándose a estrenarse con unos subtítulos más o menos fieles. Sin embargo, el punto más negativo que se llevó fue su guión, demasiado lineal y con vacíos e inconsistencias hacia el final de la aventura cuyo culmen es lo que, realmente, te deja con un sabor insípido mientras te preguntas qué clase de desenlace abierto es el que tienes delante, a medida que van pasando los créditos.

En ocasiones, rejugar a un título te hace ver detalles que en la primera vez no te percataste de que estaban ahí; otras veces te hace apreciar o potenciar los puntos positivos y terminar de crucificar los negativos pero, grosso modo, The Black Mirror no se sale de lo que ya conocemos de las aventura gráficas. Sencillamente te cuenta una historia, con una subtrama adherida al hilo principal que termina por revelarse en el último episodio a lo BOOM, pero que —y sin entrar en spoilers— los más consabidos en el género ya se ven venir.

Pero no todo terminó en The Black Mirror, con la quiebra de Future Games en 2011 tras haber sacado algunos títulos extras y menos relevantes que este, años antes la desarrolladora vendió los derechos de The Black Mirror a Cranberry Production, (conocida como HEAD Studios, desarrolladores de The Guild 2) para dos secuelas con las que hacer la trilogía. Este primer Black Mirror no tuvo tanto éxito como las mismas, pero como punto a su favor, sí que sirve de puente informativo para descubrir la segunda y tercera entrega, cuyo fin sí fue más positivo.

Sinceramente, el regusto amargo que siento del final de la primera entrega se entremezcla con la nostalgia de las dos siguientes, y aunque tengo por seguro que para comprender la trama de las mismas es imperativo conocer el origen, está en vosotros decidir si queréis adentraros realmente en Willow Creek.

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