Yo no sabía que era invisible. Es decir, ¿cómo iba a saberlo? Crecí sabiendo que existía porque al pasar por delante de un espejo me veía reflejada y al hablar con otras personas ellas me contestaban. Para mí no podía existir otra realidad en la que yo no existiera o en la que los demás no pudieran verme. Y, sin embargo, recientemente me he dado cuenta de algo inquietante. Porque, aparentemente, para gran parte de la sociedad e incluso para mí misma, yo he sido invisible.

Ser invisible es algo bastante curioso porque tú no te das cuenta. Tú te miras a ti misma y dices: soy esto. Soy este fragmento de realidad concreto con estos problemas, estas aspiraciones y estos miedos. Existo en estos términos y afecto a lo que me rodea en estos otros. Se trata de un conocimiento que vas adquiriendo de manera inconsciente porque se basa en una certeza: la de que tú eres real y por lo tanto visible. Pero a mí (y supongo que a otras muchas personas) me pasó siempre una cosa curiosa: no crecí fijándome en lo que soy sino en lo que no soy. Porque todo a mi alrededor eran historias sobre realidades con las que yo no podía identificarme. Me explicaban una historia, veía un anuncio, jugaba a un videojuego, veía una película y siempre, siempre que salía una mujer yo la analizaba y pensaba: yo no soy eso. Siempre que me llegaban mensajes sobre cómo debía ser (las chicas hacen esto, a las chicas les gusta esto otro, las chicas son malas, las chicas no dicen tacos, las chicas son tontas, a las chicas no les gustan los videojuegos, etc. etc.) yo me frustraba y decía ¡no, no soy eso! E intentaba explicar lo que soy. Ahí empecé a encontrarme con los primeros problemas porque, como ya he dicho, yo creía que era visible pero aparentemente no lo era.

El primer problema fue conseguir entender lo que soy. Esto es un pedazo de escollo al que nos enfrentamos todos y con el que todavía estoy lidiando, pero si es complicado conocerte a ti mismo cuando existes, imagínate cómo tiene que ser cuando eres invisible. Cuando no tienes referencias y todas las referencias que te llegan son escasas, sesgadas, tergiversadas e impopulares. Cuando miras los libros e historia y no te ves casi nunca a ti misma haciendo algo increíble, ni siendo importante, ni con poder. La gente te dice: ¡puedes ser lo que tú quieras! La realidad te grita: pero no aspires muy alto. Aun así haciendo las preguntas adecuadas y encontrando algunas respuestas en libros y personas increíbles, creo que por fin he llegado a entender lo que soy. Y lo que soy es una persona de género mujer en un mundo que ha sido creado por y para personas de género hombre. O así me percibo a mí misma a día de hoy.

El segundo problema lo encontré cuando me di cuenta de que, por mucho que tú tengas claro lo que eres (o creas que lo tienes claro) la gente no siempre está dispuesta a escucharte cuando intentas explicárselo. Me he pasado la vida diciendo “no, yo no soy eso, soy esto otro” sin que valga para nada. Porque día a día en el trabajo, en la televisión, en Internet, tengo que seguir escuchando cómo se habla de mí (sí, cuando habláis de “las mujeres” como un ente abstracto estáis hablando de mí y de todas y cada una de nosotras) en términos con los que no solo no me identifico, sino que siento que están expresamente empleados con la intención de degradarme. Y aunque yo sé que no soy eso (¿cómo no voy a saberlo si vivo dentro de mi cabeza?) y sé que no soy especial porque todas y todos somos lo mismo, no soy capaz de convencer a los demás de que están equivocados. De que las mujeres no somos esa nube informe de conceptos sesgados y malintencionados en los que nos quieren convertir. Y no soy capaz de convencerlos de lo contrario por el mismo motivo por el que a mí me ha costado tanto encontrarme y conocerme. Porque cuando me miran no me ven.

Fue aquí cuando me di cuenta de que soy invisible. Y lo invisible en este mundo tan material y ostentoso que hemos creado, por triste que parezca, es casi siempre irrelevante. Pero ocurrió también una cosa bastante bonita, y es que el momento en que entendí lo que pasaba fue también el momento en el que más fuerte me hice. Porque saber es poder. Ahora sé quién soy, ahora sé qué es lo que me ha estado pasando toda mi vida y ahora sé también que quiero contarlo y, en última instancia, cambiarlo.

Por eso quiero dedicar este texto a Todas Gamers, este espacio que hoy cumple un año y que me ha ofrecido un lugar plural, libre y seguro donde contar quién soy y por fin hacerme visible. Pero no solo a Todas Gamers como web, sino a todas y cada una de las chicas que lo hacen posible con su esfuerzo diario, su bondad y su inteligencia. Porque esto no va solo de hablar de videojuegos: va de compartir tu realidad con el mundo y conseguir, quizá, que el mundo te acepte por fin y empiece a verte como lo que eres. Como una persona que, además de identificarse como mujer, le gustan los videojuegos, los gatos, el kárate y ser libre.

¡Feliz aniversario, Todas Gamers!