Y estaba yo una noche de septiembre invadida por la ansiedad, incapaz de dormir y planteándome los motivos de mi insomnio cuando decido charlar con un bot terapéutico (o lo que demonios sea esa app que encontré en la Playstore) cuando me pregunta: “¿Te gustan los videojuegos? ¡Dime tus favoritos!” y mi cabeza piensa: Skyrim, Nihilumbra, Animal Crossing…

…Y lo bien que me sentaría en ese momento un Animal Crossing. Con el problema de que no tenía una Nintendo ni tenía el juego. Lo que sí tenía era la suficiente ansiedad como para instalarme un emulador, qué pena.

Entonces me planteo lo que vengo a contaros. Porque sí, con esa historia chorra que acabo de soltar acabo de darme cuenta de lo mucho que me ayudó este juego con la ansiedad cuando era más pequeña.

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¡OJO, CUIDADO! No estoy diciendo que nadie use el Animal Crossing como terapia ni que éste sea la cura de la ansiedad. Acude siempre a un especialista.

Yendo al grano, ese juego no es que provocase en mí ninguna sensación intensa, no me provocaba intriga ni curiosidad como el Nihilumbra,  tampoco me provocaba la emoción de estar en otro mundo como el Final Fantasy o el Skyrim. ¿Por qué me gustaba tanto ese juego si no provocaba en mí ninguna sensación nueva? La respuesta acabo de encontrarla: me relajaba.

Sí, tal cual, el Animal Crossing eliminaba en mí la ansiedad metiéndome en un mundo totalmente aislado, donde sé que nada puede pasarme, donde mis objetivos se basan en lo que me apetezca hacer ese día (conseguir dinero para pagar la hipoteca, cazar bichos, hablar con mis vecinos, re-decorar mi casa, pescar, diseñar ropa… ¡Lo que quiera, pero sin presiones!) Y ahí está la clave, queridos amigos, no sólo era un juego con un diseño adorable en el que la gente es majísima (excepto unos cuantos, de los cuales yo siempre me enamoraba cuando era pequeña. Sí, era un poco boba enamorándome de unos kekos con forma de animales, pero tenía 9 años, no me juzguéis).

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Siempre he echado de menos poder jugarlo, pero no me he podido permitir la consola ni es que disfrute mucho de los emuladores. Echo de menos poder escaparme del mundo real y meterme en uno donde no hay responsabilidades, no tengo objetivos ni misiones. Tan sólo tenía mi casa con muebles de colección rosa con corazones, mi laboratorio, mi habitación y mi jardincito de violas en la entrada. Todo lo que quería yo de una casa lo tenía, todo lo que una pequeña de nueve años deseaba (ni deberes, ni colegio, privacidad…) lo tenía.

Por unas horas yo no era aquella estudiante de primaria que sufría bullying en el colegio, ni aquella niña metida en una trama de separación familiar, sino una vecina en un adorable y pequeño pueblo que se dedica a enviar cartas con regalos a sus vecinos y a esperar a recibir más, que sale de pesca para llenar el acuario del museo o que se dedica a esperar regalos voladores colgando de un globo.

Yo ya no estaba en mi habitación, sino que estaba en una sala de museo que yo misma había llenado de huesos de dinosaurios o en una sala repleta de insectos que había atrapado.

¿Y cuando venía mi amiga que también tenía el mismo juego? Nos dedicábamos a perseguirnos la una a la otra con un hacha por todo el pueblo (vale, eso no es muy anti-estrés pero es que nos partíamos con la cara de psicópata de los personajes mientras salen detrás del otro con un arma blanca en mano. Y todo esto con una sonrisa de lo más Animal Crossing). Luego jugábamos al escondite en el museo o quitábamos los hierbajos que habían invadido el pueblo por adelantar mucho la fecha.

Nunca lo había pensado y tengo que agradecerle eso al insomnio, es superimportante en las malas épocas de tu vida poder salir de ella aunque sea de manera virtual. Lo que más me ha aportado jamás el Animal Crossing es un lugar seguro, un lugar tranquilo en el que vivir.

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Obviamente, estoy hablando del antiguo Animal Crossing, ya que los únicos videojuegos que puedo permitirme son los de bajos requisitos para ordenador, pero estoy deseando poder probar el nuevo Animal Crossing, al que, según tengo entendido, le han añadido muchas opciones curiosas como poder encargarte de la ciudad como su alcaldesa.

Si has jugado al nuevo me gustaría saber tu opinión, si crees que es un juego que también sirve para relajarse, desaparecer de tu mundo real y vivir en un encantador sitio donde tu máximo peligro es que te caiga un panal de abejas en la cabeza y te dejen como a Carmen de Mairena. ¡Cuéntamelo! ¡Véndeme bien el juego y hazme sufrir por no poder tenerlo! ¡Saca tu lado malvad…! Bueno, que dejes un comentario, fin.

Esta lúcida y trasnochada Lucybell se despide de una vez por todas.

¡Ciao, ciao!

P.D.: Una vez tuve un crush con el topo que te regaña. Ahora sí podéis juzgarme.

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