Hoy quiero hacer un artículo dedicado a alguien.
De cómo los videojuegos me ayudaron no sólo a sobrevivir a una adolescencia un poco complicada, sino de cómo me hicieron conocer a quien fue mi mejor amigo y quien me cuidaba en esa época: mi hermano menor.

Soy una persona con problemas obsesivos, generándome verdadera ansiedad y problemas en los momentos más difíciles. Son muchos los síntomas que sufro y que han tenido a mi familia arrastrándome por hospitales públicos y privados sin saber por qué la niña sufría fiebres y tenía como pequeñas úlceras en su estómago, pero no vengo a contaros aquí esto. En el pasado, mi modo de evadirme de la realidad de mierda que vivía y los problemas que me atormentaban eran los videojuegos, además de un rol que hacía ambientado en Tales of Symphonia con una amiga. La situación era: levantarme para clases y volver o levantarme a las 8-9 para rolear. Estar hasta las ¿23? ¿00? ¿1-5? de la noche en esa silla, delante de ese ordenador, en mi cuarto. Sin moverme, tan sólo para las cosas vitales. Ni con esas, muchas veces la situación me ahogaba y acababa vomitando en el baño, presa de la ansiedad, el dolor en el pecho y el exceso de dar vueltas a un concepto.

Por aquel entonces, las consolas de sobremesa estaban en mi cuarto. La Nintendo64, la GameCube, la Xbox 360… Posteriormente la Wii también ocupó un hueco en mi cuarto (¡para eso era la mayor!). La PS2 la tenía mi hermano en su cuarto, porque me recuerdo de pequeña infiltrándome a las 7 de la mañana, intentando ser totalmente silenciosa, para poder viciar con puro nervio y adicción a los .hack. El caso es que mi hermano también era muy aficionado a este ocio como yo y pasó no muchas, muchísimas horas en mi habitación mientras yo estaba en el portátil mayormente roleando como he comentado. O sentada en Morroc bajo las palmeritas del norte, en el Ragnarok Online, charlando con mis amigas como si fuera el MSN.

Me di cuenta de que tenerle ahí jugando, oyendo el juego en cuestión y a mi hermano quejarse o celebrar algo, mientras mi ansiedad crecía y crecía porque esperaba la respuesta de alguien en el MSN o cualquier otro disparador, me ayudaba. ¿Cómo? Pues…

Giraba la cabeza hacia la izquierda y me encontraba sumergida en algún mundo. Banjo-Kazooie, Megaman, Pokémon, Luigi’s Mansion, Super Mario Sunshine, Eternal Darkness, Super Mario Galaxy, Skyrim, The Legend of Zelda: Wind Waker. No importa, fueron muchísimos los juegos que pasaron por aquella televisión jugándolo mi hermano y yo mirando, tan sólo he nombrado los primeros que se me han venido. Mirando a ratos intercalados con el ordenador, metida en ambos mundos a la vez. Veía colores, personajes divertidos, entrañables, momentos épicos, combates, drama, el final de un juego.

La televisión se encontraba totalmente en perpendicular a mi posición con la silla y el ordenador y llegaba a mirar tantas veces hacia allá en un mismo día, que más de una vez tuve tortícolis y me pasaba una semana o dos dolorida y triste porque no podía verle jugar a menos que moviera toda la silla. Comentábamos lo que pasaba, si intentaba hacérselo al 100% o si jugaba porque le apetecía hacerse de nuevo ese maravilloso juego. Muchas veces participaba como segunda jugadora si me veía totalmente desatentida en el ordenador o si ese día no iba a hacer rol y yo no era capaz de jugar sola siquiera.

Me hice tan dependiente (con ese punto de obsesión que yo le doy a las cosas) de él, que cuando empezaba a surgirme la ansiedad, las ganas de vomitar y los mareos… corría a su habitación (estamos hablando de yo con 15-17 y él con 12-14) a pedirle que por favor viniera a jugar a algo. Le pedía que por favor dejase lo que estuviera haciendo, jugar al ordenador, a la play… o leer, simplemente descansar, para que fuera a mi habitación a hacerme compañía y poder distraerme porque me quitaba ese malestar. ¿Sabéis qué hacía él? Venía.

No me ponía mala cara, no me criticaba o maltrataba diciéndome alguna cosa negativa tipo “ya te vale”. Yo le decía que ese día estaba especialmente mal y necesitaba su ayuda. Alguna vez me dijo que estaba liado pero, aun así, acababa cediendo por mí. Y fueron muchas veces las que fui, estuviera mal o muy mal, a por su compañía. No una, ni dos. Estamos hablando de varias veces por semana, insistentes y durante casi todo el día… durante años. Lo menos 7 u 8 años.

Porque estar sola me corrompía, era y… soy incapaz de deshacerme del runrún de mi cabeza sola. Nunca he sabido, viene con tanta fuerza que me es imposible salir. Por eso mi hermano fue tan importante para mí, porque conseguía romperme el clic del foreach que me tenía viciadísima de tanto repetir el patrón.

Pero a veces el problema estaba tan mal dentro de mí, estaba tan mal de la cabeza, me sentía TAN atrapada en el bucle de “está ahí, está haciendo X, no está hablándome, se encuentra Y, puede ser tal” y otras trescientas mil sentencias asesinas que me descuartizaban y me cortaban el pecho con nervios… que ni mi hermano me sacaba.

Él se sigue acordando y yo no lo olvidaré, todavía sale el tema a veces.

“Aún me acuerdo de cuando te pusiste a jugar al Majora’s Mask y, en el Templo de piedra luchando contra el jefe final, no te salía y te pusiste a vomitar de los nervios. ¿Tanto estrés te causaba?”

Me decía. Mi madre aún se disgusta pero acaba riendo con eso.

“Qué exagerada era la niña”.

No, no era el jefe final. Era mi ansiedad porque el teléfono no me sonaba, porque no recibía el mensaje de la persona en cuestión con un “ya estoy en casa” y por el desconocimiento de lo que hacía. Era mi obsesión con conocer todo de alguien, de huir de la realidad y de poder sumergirme en otro mundo. Era mi dolor de estómago y dolor de pecho asfixiante por sentir dudas hacia lo que podía pensar alguien de mí, de la inseguridad que me generaba o de la frustración que me causaba no poder hacer algo.

Y eso era los 365 días del año, los 7 días de la semana, las 24 horas del día.

Por suerte, en la gran mayoría de los casos mi hermano me amenizaba la existencia diciéndome “Veamos, ¿a qué quieres que juegue ahora? ¿Quieres que me pase el Super Mario Sunshine? ¿Te apetece que nos hagamos Super Mario Galaxy entre los dos? ¿Hoy te sientes así así o asá asá? Pueees esta vez voy a jugar a éste porque me apetece un viaje”.
Guau.

Me dan ganas de llorar de sólo pensar en la paciencia y cuidado que tuviste conmigo. De cómo me sentía un esqueleto frágil y raquítico y tu compañía, jugando a un videojuego, me permitían volver a respirar y sonreía mientras hablaba tonterías contigo. Te tirabas en mi cama, usabas el cojín gigante de Mickey y al Chomp cadenas bajo tus manos para que no se te cansase la postura y pasabas ahí horas y horas jugando. Me reía viendo tus ocurrencias, grabamos glitches juntos, te ayudaba a pasarte escenarios, nos los pasábamos juntos o englosaba mi conocimiento consolero gracias a que me había hecho un walkthough completo y en vivo a tu lado.

A veces me comentabas lo que estabas haciendo y yo estaba ya por fin sanada mentalmente, me había abstraído de ti metiéndome en mi MMORPG o en mi rol sin decirte nada y, aun así, seguías en mi cuarto. Otras me preguntabas si ya me encontraba mejor y te decía que sí, que ya podías irte, o no y que por favor, estuvieras un ratito más ahí jugando. Aunque me pusiste alguna vez mala cara porque se te podía hacer pesada y obligada la estancia que te imponía sin darme cuenta, acababas cediendo. Porque tienes buen corazón. Me has visto reír, vomitar, sonreír cuando me contabas que habías descubierto algo nuevo, temblar de la ansiedad, llorar de la risa con todo lo que nos divertíamos juntos…

Fuiste muy importante para mí en esa época de mi vida y, aunque nos separen ciudades y mucha distancia actualmente, te echo de menos. De verdad.

Gracias por todo. Te quiero, Alberto.

PD: La foto es mi cuarto en la actualidad, mitad almacén para mi familia, mitad mis recuerdos y mi vida, porque hace más de 7 años que me independicé del hogar familiar.

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