Muchas veces me han preguntado que por qué no juego a videojuegos de terror si adoro ese género en casi cualquier ámbito. Yo misma me lo he cuestionado a menudo y CREO que he descubierto por qué: LA INMERSIÓN.

Adoro el miedo, me da la vida. Me encantan las historias de fantasmas, las vivencias personales más o menos creíbles que cuenta la gente o que circulan por las redes y demás. Además, me gusta el miedo como emoción. Desde el punto de vista de la psicología, me atrae muchísimo más que la tristeza o la ira. Me interesan las causas del miedo y, más aún, las reacciones que produce (nota: tampoco soy aquí el Espantapájaros de Batman ni tengo una obsesión insana con esta emoción, pero, a ver, me gusta. ¡NO ME JUZGUÉIS!).

Scarecrow
No lo soy, lo prometo (captura propia de Batman: Arkham Asylum)

Y cuando me dispongo a disfrutar de una serie, película, libro, juego o lo que sea, si es de miedo quiero que me dé miedo. Sé a lo que me enfrento y, si no me lo produce, me siento estafada (ojo, si no me da miedo, pero está bien hecho, también lo disfruto como la que más).

Cuando me sumerjo en una serie o película mi atención no se centra únicamente en el personaje, digamos, víctima de los eventos terroríficos que, de una forma u otra, sé que va a vivir. Me pongo a buscar —consciente o inconscientemente— elementos que ese personaje pueda estar pasando por alto o que indiquen que viene un susto, como la situación en sí o la melodía. Aun así, si sucede algo inesperado, brincaré inevitablemente.

Por este motivo, gran parte de los juegos de terror que no me atrevo a tocar los veo en gameplays comentados o sin comentar de youtubers con más renombre o pequeños canales que no han vivido —aún— ese boom mediático tan necesario en la plataforma (¿os habéis suscrito ya al canal de Todas Gamers? ¿A qué esperáis?). En este medio es donde más me doy cuenta de que mi atención se centra en buscar aquello que el jugador obvia u olvida por la tensión. Ese momento en que grito a la pantalla “¡QUE TE DEJAS UNA PILA!” o “¡POR AHÍ NO, TE VAN A PILLAR!”.

¿Y las películas?

Bueno, el género del terror ha estado presente en mi vida desde muy niña, ya que mis padres son unos fanáticos. La melodía de X-Files siempre hace que se me encoja un poco el estómago —de pequeña conseguía que me estremeciera bajo las sábanas— así como otros “marcadores de miedo” relacionados con aquella programación principal de la casa como las historias narradas en Milenio 3 o algunas películas que, en realidad, ya no recuerdo.

Poco a poco, fui tratando de afrontar el terror a estas cosas repitiéndome la consigna que me decían cuando me sentaba con ellos: Todo es ficción, son actores y efectos especiales. Solamente es una película —habría que dedicar un apartado especial a las que constan con la frase “basado en hechos reales”, que sí consiguen inspirarme más miedo que aquellas que son “pura ficción”—.

Y por supuesto que lo es. De hecho, como decía, vivo la experiencia en segundo plano y me puedo permitir el lujo de apartar la mirada si alguna escena me hace sentir incómoda o se avecina un susto del que no quiero ser partícipe. Puedo esconderme tras un cojín, una manta o mi pareja —quien normalmente ni siquiera tiene miedo—, que no dudará en bromear y tratar de minimizar el susto.

Con los años, he aprendido incluso a bromear con las películas y sacar el ridículo de determinadas escenas y clichés como preguntar “¿Quién hay ahí?” o “X, ¿eres tú?”, esconderse en el lugar más obvio, correr de forma ridícula; también a ser consciente de la caracterización absurda de determinados personajes, pudiendo adivinar quién morirá o para qué existe, en realidad, ese personaje o, lo mejor, comprender al psicópata y ver del todo necesario que X personaje muera (es broma, aunque…).

Paranormal-activity
Fuente

¿Qué pasa con los videojuegos?

Lo que pasa es que, como soy yo quien lleva los mandos, la inmersión es absoluta. Me identifique en mayor o menor medida con el personaje asignado, la que “da las órdenes” soy yo. Soy yo quien se mueve por ese pasillo tan aterrador a pesar de los sonidos, soy yo quien se agacha a coger cierto elemento y luego gira para encontrarse de lleno con el susto predeterminado —sombra que se mueve, maniquíes que se han acercado o movido, etc.— o quien se encuentra inevitablemente al “villano”; y todo esto entre multitud de situaciones. En fin, soy yo quien vive en primera persona lo que suceda.

Aquí no sirve la consigna de “es ficción”, porque a fin de cuentas estoy manejando al personaje. Podré esconderme bajo una capucha o tras mi cojín gigante favorito, pero sigo moviéndome y, por tanto, la historia continúa tal y como está programada. No sirve aquello de “sigue tú y yo miro cuando todo pase”, caeré una y mil veces en dejarme pilas u otros objetos importantes o hacer el imbécil y huir hacia mi enemigo. La parte de mí que observa en segundo plano será la que grite “te van a pillar”, pero mi cuerpo reaccionará con torpeza y caeré en la trampa. Es inevitable.

Lo divertido del asunto es que, en realidad, quiero querer a este tipo de juegos, porque me parece maravillosa la descarga de adrenalina y cómo los vivo, pero es que me bloqueo de forma frustrante y llega un punto en que mi mecanismo de defensa se reduce a brincar y blasfemar. He probado algunos títulos tales como Black Rose y mis nervios han estado a flor de piel incluso sin que sucediera NADA. He disfrutado de Dead Space, tal y como reseñé para la web. E incluso me he topado con escenas/escenarios de terror o jumpscares en juegos que, en principio, no son de este género en absoluto, como Left 4 Dead o Thief.

Left 4 Dead
Left 4 Dead no tiene por qué dar miedo, sin embargo, a veces los sustos son inevitables

Y, para qué engañarnos, es más guay ver sufrir a otra persona*cof cof Morwen en Outlast 2 cof cof*—, vivir la experiencia en segundo plano y gritarle a la pantalla como si tú no fueras a cometer los mismos errores en caso de estar en su pellejo.

¿Y vosotras? ¿Sois de videojuegos, series, películas, libros, de todo, o de nada?

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