Dale, Zelda, dale
Análisis de Hyrule Warriors: La era del destierro
25/11/2025 | Nix | No hay comentarios
Todavía recuerdo la reacción, tanto mía como de mis compañeras (y de medio Internet) cuando se anunció The Legend of Zelda: Echoes of Wisdom. Después de años pidiéndolo, nos encontrábamos con un juego en el que Zelda era la protagonista y tanto sus mecánicas como su historia estaban a su altura. Porque sí, Zelda salía mucho, pero nunca de esa manera. Quizá por no esperar que nos diesen algo similar tan pronto, además de por el género del juego, Hyrule Warriors: La era del destierro estaba pasando casi desapercibido, como uno de esos títulos sin relevancia que están destinados a quedarse en una esquinita para no molestar. Esos que están bien, son divertidos, pero no se van a convertir en el juego favorito de nadie. Y la gente no podía estar más equivocada. La idea de que Zelda sea una protagonista ha llegado para quedarse, y por ello tenemos en nuestras manos un título en el que ella es el eje central absoluto de una historia que viene a asentar el canon rellenando los agujeros que habían quedado en The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom. Y es que, aunque alguien pretenda considerarlo un spin-off, en cuanto empiece a jugar se va a dar cuenta de lo que siempre hemos dicho: si se llama The Legend of Zelda, es por algo.
La historia comienza justo donde podíamos esperar, en el mismo instante en el que Zelda viaja al pasado en The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom, con unas cinemáticas largas, cuidadas e incluso dobladas al español, con muchísima calidad. Han decidido que si realmente tienen que contarnos algo, lo van a hacer bien y no van a dejar ningún fleco, y mucho menos ahora que tienen una consola a su altura. En un inicio, nos encontraremos con unos personajes un poco despistados, incluso al propio Rauru, pero esto servirá para ayudarnos a que nos situemos en esa parte de la trama y, además, aprendamos a manejar a los personajes. Y es que podríamos pensar que nos tocará pegarnos con bokoblins por las praderas de Hyrule, pero en realidad recorreremos cada esquina en profundidad. La guerra se expande, los sabios de cada raza acuden a nuestras pantallas y, lo mejor de todo, entre muchos otros, nos presentan a dos personajes que se han ganado mi corazón de forma instantánea: un kolog llamado Calamo al que le cambia el color de la hoja de su cara cuando se enfada, y su compañero gólem al que he bautizado como Clink, porque… bueno, el motivo es evidente por su aspecto. Sea como sea, están aquí para añadirle el toque de humor a la trama, además de cierta cercanía entre tanta épica. Sin embargo, como os había dicho, el centro de todo es Zelda, y no la veremos únicamente como una figura decorativa o simplemente siguiendo el mandato de Rauru y Sonnia, sino que en muchas ocasiones ejercerá de líder, de estratega, y al mismo tiempo la persona que mantiene unido a todo el equipo que trata de resistir la Guerra del Destierro. Y es que la veremos tomar decisiones difíciles, animar y, sobre todo, pelear con todas sus fuerzas (que, por cierto, la mejora de resolución de la consola nos permite ver que está mamadísima) y acabar con todo aquel que se ponga en su camino, sin importar el número de enemigos. Que sí, que vale, que en el fondo nos encontramos con la típica historia del bien contra el mal, pero ver cómo van encajando todas esas piezas en la cronología considerada canon me hace muy feliz.

Quizá lo que más me ha sorprendido de Hyrule Warriors: La era del destierro es su gameplay. Lo reconozco, no soy especialmente fan de los musou, me parecen divertidos durante un ratito y luego se vuelven demasiado repetitivos para mi gusto, así que acabo abandonándolos, pero en esta ocasión el momento de parar de jugar venía impuesto por la batería de la consola, porque yo no quería hacerlo. Su base es un musou de manual, con un montón de enemigos en la pantalla, teniendo que capturar bases y tratando de realizar combos espectaculares mientras aporreamos los botones. Sin embargo, aquí nos encontramos con que han cogido parte de las mecánicas de The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom y las han implementado con éxito en cada combate. Los artilugios zonnan no son solo un adorno, sino una pieza clave con forma de lanzallamas, cañones de hielo o turbinas, porque los usaremos constantemente y buscaremos baterías para recargarlos en cada caja que aparezca a menos de cinco metros. Que atacar a lo loco está muy bien, pero hacer que un chuchu explote llevándose varios enemigos por delante también es divertido.
Por otro lado, también nos encontraremos con acciones exclusivas para cada personaje, que contarán con sets de movimientos que no solo hacen daño, sino que nos permiten contraatacar o frenar los ataques más fuertes de los jefes. Para ello, tendremos que atender a sus movimientos y, cuando veamos un brillo rojo, decidir al instante si tenemos que saltar, usar una embestida, disparar contra el aire o, simplemente, descubrir el contragolpe correcto, transformando el caos común de los musou en algo más estratégico de lo que esperábamos. Y, por si fuera poco, en ciertos momentos tendremos la posibilidad de sincronizar a dos de nuestros personajes para que combinen sus poderes en un ataque mucho más fuerte. Todo esto hace que al principio pueda parecer que son demasiadas cosas, pero pronto nos adaptaremos y navegaremos por los escenarios como si conociésemos esos controles de toda la vida. Además, los cambios de zonas entre la superficie, el subsuelo y el cielo nos empujarán a querer seguir avanzando para poder ver más, a un nivel en el que querremos hacer todas y cada una de las secundarias, incluso cuando nos toca algo que ya creíamos haber visto, porque un cambio de camino nos puede dar otra perspectiva (y un poquito más de lore).

Tengo que reconocer que el apartado audiovisual de este juego me ha creado la necesidad de volver a abrir mi partida de The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom, y quizá de darle una nueva oportunidad a su predecesor. Y es que, aunque en la Switch original funcionaban y se veían preciosos, ver tanto las cinemáticas como los escenarios me recordó a cómo veo antes y después de ponerme las gafas. El juego se ve completamente definido, manteniendo el número de frames en su sitio incluso cuando la pantalla está llena de enemigos, y aunque se trate de una consola nueva sigue sintiéndose casi como un milagro. El estilo artístico es precioso y colorido, incluso en las zonas más oscuras, y nos hará querer revivir esas aventuras, a pesar de saber que no nos vamos a encontrar unas animaciones tan increíbles como las que tienen nuestros personajes en este título. Todo está tan lleno de detalles y de personalidad que no nos cansaremos de verlos, ni siquiera en las típicas escenas de sincronización de personajes. Y en cuanto a sonido, veremos que se mantiene el nivel, tanto en música como en doblaje, haciendo redondo cada minuto que pasemos jugando.
Hyrule Warriors: La era del destierro es la confirmación de que Zelda ha venido para quedarse en el lugar que siempre debió ocupar (y no es que esté yo barriendo para casa con la defensa de las señoras en los videojuegos). No es un juego que se conforme con ser un spin-off, sino que se empeña en ser canónico e imprescindible, con una historia que extiende una de las eras más importantes del lore, y encima con una jugabilidad que consigue mejorar la fórmula de los musou, poniéndoselo difícil a los próximos que puedan caer en nuestras manos. Y, sin ser perfecto del todo, cuando vemos a Zelda haciéndose cargo de la defensa de Hyrule le podemos perdonar cualquier pequeño fallo, sobre todo cuando nos ofrece un combate tan divertido y unos personajes con tanto carisma. Además, después de tantos años metiéndose en fregaos sin que la veamos y teniendo que llevar a Link de un lado para otro después de haberse echado una siesta, está bien verla en primer plano. Que Hyrule no se salva solo.
I run on coffee, sarcasm and lipstick. Hace años le vendí mi alma a Bioware y me convirtieron en la Shadow Broker. Tengo un papelito que dice que soy N7, pero no quieren darme mi propia nave. Me gusta llevarle la contraria a la gente y por eso soy una Inquisidora enana y pelirroja.

