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Análisis de Desktop Explorer
16/07/2026 | Nix | No hay comentarios
Hay una cosa que me pasa probablemente desde que tuve en mis manos mi primer PC y no sé muy bien si es una manía o un síntoma de cómo funciona mi cabeza. Cuando tengo que buscar una cosa en mi propio ordenador y mis propias carpetas, casi nunca sé dónde está, solo que existe, que sé más o menos cuándo lo guardé y que recuerdo que lo llamé algo así como «final», «final_v2» o «esto_no_es_el_final_de_verdad». Encontrarlo supondría ponerme a excavar entre miles de capturas de pantalla sin ordenar, documentos a medias y descargas de cosas que iba a hacer luego pero nunca pasó, y por eso no las borré. Cada vez que intento buscar algo, pienso que mi disco duro es un yacimiento arqueológico de mí misma, y que si alguien se sentara delante de mi PC sin saber nada de mí (y con kilos de paciencia encima), podría reconstruir una versión bastante fiel de mi vida y de mis gustos solo con lo que fui guardando casi sin querer. Quizá por eso me gustan tanto los juegos que convierten un ordenador ajeno en un escenario de investigación, no por fisgonear una vida que no es la mía, que también, sino porque cada carpeta cerrada es una decisión sobre qué esconder y qué dejar a la vista, y desentrañarlas se convierte en un ejercicio de empatía. Y por eso Desktop Explorer me atrapó desde la primera aparición de Pizarro.
La historia que nos proponen es, en un principio, sencilla. Heredamos el viejo ordenador de nuestro tío, lo encendemos más por curiosidad que por la esperanza de encontrar algo útil, y nos topamos con un viejo sistema operativo de finales de los 90 que sigue aguantando como un campeón. Allí descubrimos un documento que nos pide que investiguemos un programa llamado Desktop Explorer, y a partir de aquí es cuando el juego se despliega en algo parecido a dos capas, en la que por un lado estamos explorando el ordenador real de nuestro tío, y por el otro nos metemos dentro de un juego, una aventura de texto que vive en el explorador de archivos y nos fuerza a buscar contraseñas para seguir avanzando. Cuanto más avanzamos, tanto en el ordenador como en ese juego, más se van emborronando los límites entre los sucesos que llevaron a nuestro tío a sufrir amnesia, y lo que de verdad le pasó a nuestro padre, cuya muerte nunca encajó del todo bien.

Lo que más me sorprendió a la hora de ponerme a jugar a Desktop Explorer fue ver que la historia, o más bien los puzles, no están construidos para darnos respuestas rápidas y cerradas, sino para multiplicar las preguntas cada vez que pensamos que tenemos algo más claro. Eso sí, no os creáis que viene en forma de giro cutre de guión, porque aquí funciona precisamente porque el juego no trata de fingir que las respuestas van a ser algo claro. Cada revelación sobre nuestro tío, sobre nuestro padre o sobre quién más usó ese ordenador antes de que lo hayamos cogido viene acompañada de otra grieta que se abre y nos arrastra hacia ella. Y lo mismo hace con esos traumas familiares que nos van mostrando, porque no son una imagen nítida, sino que se va moviendo mientras la vemos (a veces de forma literal), cambiando dependiendo de qué archivo abramos o qué puzle resolvamos. Todo para conseguir saber la verdad, con un ritmo que no decae en ningún momento y sin relleno, donde incluso en los momentos en los que nos atascamos y nos dedicamos únicamente a pensar, no sentiremos que estamos perdiendo el tiempo, sino que es parte de la experiencia.

En la parte mecánica me encontré con algo que pocos juegos de puzles consiguen sin acabar volviéndose pesados, y es el equilibrio de la dificultad utilizando una aleatoriedad pensada para que la persona a los mandos no se confíe. Así, iremos alternando acertijos sencillos, casi como de calentamiento, con otros muchísimo más rebuscados que nos obligarán a anotar cosas como locas tratando de descifrar qué quiere de nosotras el juego. Revisaremos el sistema operativo entero, examinaremos las propiedades de los archivos, renombraremos cosas, les cambiaremos el formato, las comprimiremos e incluso fusionaremos ventanas de una forma que ningún ordenador nos dejaría. O, simplemente, pondremos la palabra que está ante nuestras narices. Esa alternancia sirve para evitar dos de las trampas más típicas del género, la que nos hace acomodarnos en una dificultad lineal, o la de frustrarnos en una curva que solo sube, porque aquí siempre avanzamos, incluso cuando nos quedamos mirando a la pantalla durante media hora sin saber qué hacer, porque los siguientes puzles nos harán sentirnos inteligentes de nuevo. Que sí, que vale, que esa sensación viene del propio diseño del juego, pero si nos hace sentir seguridad en nuestras habilidades deductivas, significa que funciona.

El apartado audiovisual de Desktop Explorer ayuda muchísimo a que todo funcione. La reconstrucción del sistema operativo noventero está hecha con una enorme atención al detalle, recordándonos aquella época en la que todo se veía excesivamente grande en nuestra pantalla diminuta con esos sistemas operativos que necesitaban tres días hábiles para arrancar. Y el sonido tan antiguo y reconocible sin realmente serlo lo acompaña todo, empujándonos a una nostalgia funcional en la que cada elemento está ahí porque necesita que esa interfaz se reinstale en nuestra memoria, dándonos cierta familiaridad para romperla con una sensación de que el sistema nos devuelve la mirada, quizá tras los ojos de Pizarro, nuestro ayudante personal con mayor utilidad que Clippy. Y algo que agradezco, aunque con peros, es que podamos disfrutar de este título en nuestro idioma, concretamente en español de Latinoamérica. Este tipo de títulos solemos encontrarlos solo en inglés, así que librarnos de esa capa extra de tener que traducir nuestras ideas es algo de agradecer. Pero el encontrarse faltas de ortografía, aunque no excesivamente graves, acaba distrayendo del puzle que nos están planteando.
Desktop Explorer es un título más que recomendable para cualquiera que disfrute de los juegos de puzles, sobre todo cuando tienen ese puntito inquietante y glitcheado. Quizá suene a una propuesta limitada, siendo un título de usar un ordenador, y no tiene el gameplay más trepidante, pero es precisamente esa aparente sencillez la que hace que el juego funcione tan bien. Nos llevará de la mano por puzles sencillos y complicados, textos sobre duelo, familia, y todo lo que dejamos atrás cuando nos vamos. Y, si os pasa como a mí, en cuanto lo juguéis revisaréis vuestro propio escritorio con el pensamiento de qué encontraría alguien si algún día heredase ese ordenador. Aunque, en realidad, creo que prefiero no pensarlo demasiado.
I run on coffee, sarcasm and lipstick. Hace años le vendí mi alma a Bioware y me convirtieron en la Shadow Broker. Tengo un papelito que dice que soy N7, pero no quieren darme mi propia nave. Me gusta llevarle la contraria a la gente y por eso soy una Inquisidora enana y pelirroja.

