TodasGamers es también un lugar para reflexionar sobre vivencias personales. Cosas que nos hacen sentir bien, mal o regular y que creemos que pueden ayudar a otras mujeres a enfrentarse a ciertas situaciones delicadas. Con estos post, más íntimos, podemos incluso provocar un efecto positivo en vosotros, hombres que nos leéis.  El problema es que conforme pasa el tiempo, las peripecias personales que van y vienen en la vida de toda chicagamer” suelen provocar algún tipo de mella dentro. La mía fue la de dejar de exteriorizar una gran cantidad de experiencias, por la mezcla de asco e indiferencia, o tal vez por tirar la toalla al intentar dar voz a situaciones que molestan pero que parecen no solucionarse nunca. 

Fue hace pocas semanas, sin embargo, cuando encontré por casualidad el comentario de una chica admitiendo que prefería jugar con el micro apagado en juegos de equipo porque si no sabían que era chica jugaba más cómoda y el ambiente del grupo era distinto. Leerlo de otra persona hizo no sólo sentirme identificada si no comprender que probablemente recibir respuestas y comentarios sobre su tema le ayudarían y le sería útil. Con su artículo conseguía dos cosas: hacer pública una realidad oculta para muchos jugadores y, por supuesto, dar a conocer su propia experiencia. Así que me decidí. Y hoy he venido a hablar ni corta ni perezosa de un momento confuso, una época en la que sufrí marginación machista por parte del profesorado universitario a cargo de un proyecto sobre videojuegos.

Para empezar, quiero partir de la idea base de que se que la educación, sobre todo la universitaria, no puede ser objetiva. En gran parte, la riqueza de conocimientos y la amplitud de miras que un individuo experimenta dentro de una carrera o en cualquier tipo de enseñanza está potenciada por todas esas personas que han sido responsables de transmitirnos El Conocimiento. Profesores y profesoras con experiencias personales y valores, que tienen en sus manos el poder de introducirse en la mente de las personas e infundir buenas ideas, nuevas tendencias… Quizás sea tirar por lo alto, pero no pienso que exagere cuando digo que la profesión de enseñar a alguien te da el poder de construir un futuro mejor. 

El problema viene cuando las personas dedicadas a la enseñanza no tienen unos valores positivos para sus alumnos. La situación se agrava cuando el país se dedica a poner en los puestos más altos a personas con pensamientos arcaicos, que se visten de progresistas (o en ocasiones ni se molestan en ello). ¿Qué nos encontramos entonces? Un país donde los que tienen la capacidad de fomentar mentes despiertas se dedican a tirar por tierra lo poco o mucho que haya podido edificarse dentro para, posteriormente, cagarse (si se me permite la expresión) y dejarlo todo con un agradable olor a mierda rancia. 

Hoy voy a escribir sobre una experiencia personal, algo que me ocurrió durante mis últimos meses en la carrera, hace ya algunos años. Le he dado muchas vueltas, pensando en cuál sería la mejor forma de explicar lo ocurrido o incluso si debería de hacerlo. Pero creo que, intentando salpicar lo menos posible, este es el sitio idóneo para poder hablar de ciertas cosas en voz alta, y que quede manifiesto lo que realmente hay de “puertas para adentro” en proyectos que deberían ser ejemplo de integración, tolerancia y respeto, pero que están bastante lejos de serlo por culpa de un capitán retrógrado al mando.

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Fotografía: Mia Thorn.

Un poco de historia: empecé a disfrutar con los videojuegos desde muy pequeña, cuando mis padres decidieron que podría ser interesante compartir parte de nuestro tiempo de ocio delante de una pantalla. Después sólo hizo falta ir alimentando esa afición con el paso de los años, hasta que llegó a ser gran parte de lo que me define como persona, mi forma de pensar y mi forma de trabajar. Y, si me permitís el flash forward estilo intro de FarCry Primal (pero hacia delante), de pronto llego a la Universidad, a la facultad de Comunicación. Allí, como todo el mundo, conocí a muchas personas: algunas mejores que otras, otras más interesantes que unas. Los profesores eran harina de otro costal ya que puedo contar con los dedos de una mano quién dejó una marca o consiguió que sintiera lo que impartía como algo único. Dentro de esas pocas personas que entraron en la lista de “profesores que merecen la pena” hubo uno en especial que conseguía captar la atención e interés de los alumnos, retándonos e instándonos a indagar más, provocando la mejora y el avance del que lo buscaba, de quien quería llegar más lejos. 

Él nos brindó la posibilidad de que crearemos nuestro propio “minijuego”, (quizás llamarlo videojuego sea aspirar demasiado): un laberinto con estética parecida a Amnesia: The Dark Descent, en el que cada persona tenía libertad absoluta para crear lo que deseara dentro de él. 

De un interés manifiesto por parte de una compañera de clase y mío, entablamos una relación directa con el profesor y al ver nuestro interés en los videojuegos empezamos a barruntar el poner en marcha un proyecto que tuviera su seno en la Universidad, pero que no fuera propiedad de una Facultad en particular, donde se enseñara a “hacer videojuegos”. Así, de forma integral, imaginamos un espacio físico donde alumnos, exalumnos y profesores de cualquier materia, titulación o licenciatura, pudiera entrar y donde se impartieran clases por parte de cualquiera que pudiera aportar el conocimiento y quisiera dejar que otros lo conocieran. 

Puede que dicho así todo parezca demasiado poético. Pero cuando cuentas con la ayuda de quien tiene el poder de hacer las cosas, todo es posible. Y este hombre tenía dos virtudes: sabía vender, y sabía quién compraba. De manera que con la idea anterior en mente, fuimos avanzando y asentando los pilares en los que se basaría toda la estructura del proyecto.

Pronto fuimos un grupo aceptable de personas. Qué razón tiene el “saber popular”, diciendo que los niños no tienen maldad. Cuando miro atrás y recuerdo el equipo, veo que aunque las mujeres estábamos en clarísima minoría, nunca recibimos un trato desconsiderado, machista o fuimos marginadas de ninguna manera por el resto de miembros. Todo lo contrario, en un principio fuimos todos a una, luchando por lo que creíamos que sería un proyecto con mucho futuro dentro de la enseñanza pública universitaria. En un principio.  

Pronto llegó el material: ordenadores, consolas, juegos… Y faltó tiempo para llamar la atención de personas sin duda más interesantes para consolidar el proyecto, que cada vez tomaba más forma. Pasó a ser propiamente dicho: un aula donde profesores de informática, bellas artes y comunicación audiovisual (entre otros) impartirían ponencias y bajo los cuales se desarrollarían trabajos de desarrollo de juegos, aplicando lo que se aprendiera. Todo el que tuviera una idea podría forma un grupo de trabajo y llevarla a cabo allí, en esas instalaciones. 

Pero claro. Como decía al principio: demasiado poético. 

El cúmulo de trabajo y la afluencia de cada vez más y más personas desencadenó una serie de malas decisiones una tras otra. O esa es la versión fácil. La real es que había un interés anterior a todo este proyecto, que transformaba la idea base en la creación de lo que sería un máster de videojuegos de dudosa fiabilidad en cuanto a materia y nivel del profesorado, y a su vez una cuantiosa cifra para los que estuvieran al mando.  Pero de esto aún no se dijo nada. 

La cuesta abajo y sin frenos la inició la necesaria división en departamentos de todo el personal que estábamos preparados para ayudar y trabajar. Para toda la organización y tomar las decisiones necesarias al respecto empezaron a hacer falta reuniones más continuadas en el tiempo. Era el momento de dialogar y de que todos nos congregásemos para decidir el rumbo del proyecto…  Ah, perdón, matizo, todos no: este es el punto de la historia donde se excluyó deliberadamente la presencia femenina. 

¿Cómo es eso? Os preguntaréis. 

“Eso” es llegar a una reunión de equipo a las siete, entrar en la sala, y descubrir a una mesa repleta de tus compañeros y profesores, ya sentados y con la mayoría de los temas zanjados. 

“Eso” es sentarse a dicha mesa, contrariada, y recibir miradas de culpa de algunos, de ignorancia de otros, y comentarios jocosos sobre cafés de mediatarde que no traes, o sugerencias a cambiar de tema por si estamos cansadas o no nos interesan. 

También “es”, por ejemplo, que te retiren el trabajo concedido a la publicación de libros, y que en tu lugar pongan a un chico, porque ahora lo que interesa son otros temas, de los que no sabes, y que sin duda ya llegará mi momento. 

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Me permito un inciso, puesto que al principio del post comentaba la influencia de las ideas de un profesor en sus alumnos, y es ahora cuando comencé a notar cómo las mentalidades cambiaban. Lo fácil que es corromper los valores de una persona con promesas y la manera en la que se ve la vida desde la posición ganadora: hombre, heterosexual, europeo y con poder adquisitivo. No lo digo como crítica, sino como simple exposición de una realidad en la que la ventaja os hace ser, en la mayoría de los casos, desconocedores de toda la carrera de obstáculos que dejáis detrás. 

Como dije antes, pronto llegaron muchas personas interesadas en participar y no sólo como alumnos, sino muchos profesores, y profesoras. Lástima que también las profesoras fueran minoría. Pero como para todo hay solución en la mente de este tipo de hombre (por favor, nótese el sarcasmo) la organización fue la clave para poder estructurar el caos. ¿Y qué mejor que las mujeres para organizar la mierda que otros desordenan? Dicho más elegantemente, esta fue la justificación por la cual se nos propuso… perdón, quiero decir, se nos adjudicó la tarea de formar entre todas las mujeres el equipo de Gestión.  Los departamentos llevaban un profesor titulado como responsable, así que la nuestra sería la única  profesora, y el círculo estaba cerrado perfectamente. Esquematizando ideas: Profesora, alumnas, exalumnas… todas fuimos elegantemente relegadas al papel de secretarias. Era o eso, o estabas fuera.  

Yo ya tuve suficiente con aquello y no dudo que hubiera abandonado el barco en algún momento. Pero tiendo a querer que la persona que creo que se equivoca, lo sepa. Me gusta ver el reflejo de quien no aguanta la insubordinación, y sobre todo adoro ver la sorpresa, el bochorno, los nervios. Me gusta, pero no quiere decir que sea un rato agradable para mí. Disfruto porque, de alguna manera, al acabar el día pienso que he contribuido a ser el recuerdo amargo de una superioridad que no se debe tener. De una arrogancia arcaica, que confía aún en que nadie va a ser capaz de ahogar. Y quizás sola no pueda hacerlo, pero los recuerdos son poderosos, y la mala conciencia es la peor compañera de viaje. Para mí, ese es motivo suficiente para resistir alguna que otra situación desagradable. 

El momento llegó en forma de una reunión más. Esta vez llena a reventar, donde se respiraba expectación por conocer un gran “anuncio” que se nos había prometido. La mayoría de los allí presentes estaban ahí para participar en la firme idea inicial de el conocimiento para todos que se nos había obligado a vender. 

Recuerdo estar sentada en una mesa, porque ya no quedaban sillas libres. Recuerdo algunas caras. Caras que no he vuelto a ver, y alguna que, por cosas simpática y agradables que pasan en la vida, han llegado a ser personas muy preciadas para mí. Recuerdo que, cuando la pompa estaba a punto de caramelo, Él hizo su entrada. Una figura atribulada, de esas que fingen tener más trabajo del que tienen, porque sin duda es más interesante no tener tiempo para ti porque no puede, que porque no quiere. 

Y fue ese día cuando conocí la verdadera razón por la cual yo había trabajado tanto en el proyecto y que os comentaba más arriba: el máster. Ah, el dinero. Una vía que encontraba su justificación en el número excesivo de personas que querían aprender.  Eso como proyecto de futuro, eliminando todo el vergel de conocimiento por y para todos y, instalando en su lugar, un bonito pasillo a lo IKEA, con su final en la caja registradora. 

Otros cambios sustanciales se hicieron en torno a la facilidad de crear proyectos por cuenta propia y creando un equipo. En su lugar sólo se haría un proyecto, con un equipo determinado previamente (por aquel entonces ya se tenía el juego y los miembros elegidos), así que quien quisiera aprender algo, con suerte podría mirar la pantalla del compañero. 

En resumen: habíamos estado trabajando meses y meses para conseguir crear el marco perfecto en el que pudiera desarrollar su videojuego, que le pagaran el material que necesitaba y, a su vez, crear el ecosistema propicio para gestar su máster.  

No fui la única que habló en voz alta. Pero sí que la más recordada, seguro. Y no hice una salida dramática.  Me quedé esperando a que me discutiera todos y cada uno de los argumentos que yo le había dado, algo que no llegó nunca.  

Me gusta escribir como si editara un vídeo. Y cuando hago esto, siempre acabo con un final más o menos seco, y sin muchas florituras que hagan olvidar la base del mensaje. Así que esta fue la experiencia. Pero me gustaría que supierais qué hizo al acabar la reunión, mientras recogía mis cosas y salía del aula: ofrecerme la futura publicación de un libro. Ese que ya me había arrebatado. Y que ahora quería ofrecerme a cambio de que me callara la boca. 

Acabo ya, añadiendo cuál fue mi respuesta: una sonrisa irónica y la media vuelta. 

Es una pena que estos testimonios sigan apareciendo una y otra vez. Y, sobre todo, es una pena que aún hoy parezca que nosotras vemos donde no hay, o sentimos demasiado. Pero lo realmente desagradable es ver en una posición de mando a un hombre y sus ideas que es capaz de utilizar y manipular a su gusto. No sólo hablo de machismo por su parte, sino de abuso de posición, y de confianza, para obtener un beneficio propio y totalmente íntegro. 

“Creo que el sitio de una mujer está en la casa, cuidando de los niños. Así es como yo me crié, y a mí me fue de puta madre.” – Él. 

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