No deja de resultarme curioso que cada vez más, y sobre todo desde que Internet se ha convertido prácticamente en un bien universal, se producen batallas semánticas sobre la legitimidad de determinados títulos y las personas que los ostentan. Como explica muy bien Ene en su fantástico artículo Cuando el LOL robó el conejo rosa. Una historia sobre terminología y aficiones de este mismo blog, el término gamer es actualmente un campo fértil para una de estas batallas, con un sector concreto acusando a otro sector bastante más amplio de no ser “verdaderos gamers”.  Si bien resulta dudoso que existiera ninguna guerra en primer lugar, ya que estoy convencida de la mayoría de las personas que disfrutan los videojuegos son ajenas a este debate y les interesa bien poco, hay un porcentaje elevado de gente que parece decidida a convertir este asunto en su causa personal. Y cuando eres una persona racional y tolerante como es mi caso (o al menos eso quiero pensar) este tipo de actitudes descorazonan un poco.

Bien, ahora es cuando admito que he hecho un poco de trampita con el título. Así escrito parece que tenga intención de contestar a una pregunta (pregunta que, a nadie se le escapará, yo misma he planteado). Incluso parece que, en efecto, pueda tener algún tipo de respuesta y sea capaz dedicar las próximas dos mil palabras a elaborarla con acierto, incluso a deslumbraros. Bien, pues no; confieso que no tengo una respuesta definitiva para hablar de la identidad, de la misma manera en que nadie puede deciros qué videojuego os tiene que gustar y las razones por la que algo os debería divertir. Si he elegido este título es sencillamente porque abre múltiples posibilidades de respuesta, la que cada uno con su propia experiencia quiera darle. Y de esto precisamente vengo a hablaros: de lo que significan para mí los videojuegos, de qué manera me relaciono con ellos y por qué levanto una ceja (puedo hacerlo, lo he practicado) cada vez que escucho eso de “bueno, pero que juegues a Los Sims no quiere decir que seas gamer”.

La primera vez que vi un videojuego creo que tenía cuatro años. No recuerdo el momento exacto, ni siquiera qué juego era, seguramente el Tetris o el Super Mario Land de la Game Boy que le habían traído los reyes a mi hermano mayor. Bien, digo que no recuerdo el momento exacto, pero hay una cosa que sé a ciencia cierta: en el momento en que mis ojos se posaron sobre la pantalla y comprendí lo que ocurría, mi mundo cambió. Los videojuegos fueron mi segunda obsesión. La primera, por ser más accesibles y porque siempre he sido así un poco repelente, fueron los libros.

Os contaré una cosa: cuando la mayoría de niños en preescolar tenían dificultades para encadenar dos letras seguidas yo ya era capaz de leer párrafos enteros e incluso cuentos. Igual que no sé cómo me obsesioné con los videojuegos, tampoco sé cómo aprendí a leer. Cual Matilda de la vida, aprendí prácticamente sola porque las letras eran algo que me fascinaba. Podía pasarme horas leyendo y, después, imaginando ideas sobre lo que había leído, dibujándolo y reconstruyéndolo de mil maneras distintas. Aún a día de hoy lo hago. Meterme en la mente de otras personas a través de los mundos que se inventaban era ya entonces, como lo es ahora, mi actividad favorita. Bien, imaginaos mi cara cuando descubrí que existía una manera no ya sólo de acceder a esos mundos como espectadora, sino de viajar a su interior como participante e interactuar con ellos. Mi cabecita infantil, todavía incapaz de generar razonamientos tan complejos, supo intuir lo que ahora sé de facto: ese invento estaba hecho para mí.

A partir de ese primer encuentro, llamémosle catártico (yo soy mucho de dramatizar), los videojuegos empezaron a ocupar gran parte de mi ocio y de mi dimensión interior. Los jugaba, los imaginaba, los inventaba, los dibujaba, los volvía a jugar. Leía revistas sobre el medio de principio a fin (tengo varias Hobby Consolas y Nintendo Acción de entre 1996 y 1998 que aún no he tirado), estudiaba las puntuaciones de los expertos preguntándome qué demonios significaban palabras como “jugabilidad” y me dejaba hipnotizar por los avances gráficos entre generaciones. No me saltaba ni las guías sobre videojuegos que no conocía, porque todo lo relacionado con los videojuegos me interesaba. Me fascinaba su estructura pensada al milímetro, los diferentes retos que planteaban, sus trampas endiabladas en las que caías una y otra vez, la idea de avanzar por nuevos caminos, los easter eggs. Mi hermano era el proveedor de consolas, juegos y revistas (era el mayor, tenía dinero y libertad de movimientos) pero de los dos yo era la consumidora ávida. Podía pasarme tardes enteras viendo sólo como jugaban él y sus amigos (no existía YouTube y yo ya era fan de los gameplays) porque, y aquí es donde viene el quid de la cuestión, lo que menos me interesaba de los videojuegos era jugar.

No me malinterpretéis: los retos y la competitividad me interesaban, pero en comparación con otros aspectos de los videojuegos como los gráficos, la música o la historia me resultaban anecdóticos, casi un trámite. Y puesto que a mi hermano tampoco le gustaba competir (incluso menos que a mí) y se negaba a jugar a dos conmigo, me acostumbré a acceder a los videojuegos no como se accede a un reto, sino como se accede a una experiencia. Porque para mí los videojuegos eran como los libros y los tiempos de juego como los tiempos de lectura. Momentos personales, íntimos, particulares, que me proporcionaban una diversión difícilmente comparable con nada más precisamente porque tomaban algunas de las cosas que más me fascinaban y las aunaban en una sola.

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Full Throttle de LucasArts fue la primera y última aventura gráfica que me pasé íntegra, de principio a fin, sin mirar una sola guía. ¡Y en inglés!

Todos estamos de acuerdo en que por su naturaleza interdisciplinar los videojuegos son productos muy complejos, pero arrastran consigo el yugo de ser, además, muy jóvenes. Por donde el cine y la literatura se pasean con la expresión adusta de quien se ha ganado el derecho a existir y no tiene que dar explicaciones, los videojuegos aún agachan la cabeza con cierta vergüenza. Y como todo medio recién nacido suscitan desconfianza entre amplios sectores de la sociedad, hasta el punto en que sólo ahora y de manera tímida empiezan a considerarse a sí mismos como obras de arte. Pero yo siempre he sabido que eran obras de arte. Lo sabía cuando jugaba una y otra vez el mismo circuito del F-Zero de SNES para escuchar el tema que lo acompañaba. Lo sabía cuando pulsaba pause varias veces seguidas en el Terranigma a mitad de un salto para ver de qué manera había resuelto el ilustrador los frames del personaje en cada punto. Lo sabía cuando esperaba varios minutos antes de darle a start en la pantalla de título del Top Gear porque la canción de la intro era espectacular. Lo sabía cuando saltaba de alegría porque mi hermano y yo conseguíamos llevar una llave hasta su cerradura en el Super Mario World. Lo sabía cuando me pasaba el Super Street Fighter II Turbo haciendo siempre el mismo ataque con Ryu hasta que mataba al otro de puro asqueo (¡Hadouken!). Lo sabía hace veinte años cuando entre mi hermano, mi padre y yo conseguimos superar Full Throttle en inglés y sin guía. Lo sabía hace diez, cuando agité por primera vez la espada de Link con el mando de la Wii en The Legend of Zelda: Twilight Princess. Lo sabía hace dos años, cuando lloré con el final de Mother 3. Y lo sé ahora, mientras escribo este artículo y recuerdo todo lo que los videojuegos me han hecho sentir como niña, como adolescente y como adulta.

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Terranigma para SNES fue uno de mis muchos amores adolescentes. Aún hoy se me ponen los pelillos de punta cuando recuerdo algunas de sus escenas, como esta en la que Ark se queda atrapado en una cueva con un matrimonio de cabras montesas (como lo leéis).

Así que sí: soy una gamer atípica. Muy rara vez juego online o con otras personas. No me interesa medirme con otros y me motiva bien poco ganar o perder más allá de lo divertido que pueda resultarme jugar contra mis amigos. No me obsesiono con completar los juegos al 100% o conseguir todos los logros, ni practico combos con un personaje hasta que puedo dominarlo a la perfección, ni intento batir mis tiempos. Miento: sí que lo hago, pero la pasión competitiva me dura bien poco. Yo lo que de verdad quiero es ir a mi ritmo, poder reflexionar sobre lo que estoy viendo, leyendo y oyendo, darle sentido y guardármelo dentro. Como en un libro, pero distinto. Como en una película pero mucho, muchísimo mejor. Porque mi debilidad real, y supongo que esto ya lo habréis deducido después de leer hasta aquí, es la narrativa. Y la narrativa que se genera en los videojuegos en concreto, por su particularidad interactiva, ofrece posibilidades a la hora de comunicar historias que ningún otro medio es capaz de igualar en la actualidad.

Ahora imaginad que sois una adolescente de dieciséis años en primero de Bachiller y os han sentado de pareja con el chulito que os insultaba cuando teníais quince, a ver si se le pega algo de ti, tan formal que eres (ya he dicho que soy bastante repelente). Al principio es todo un poco tenso, hasta que un día no se sabe por qué, empezáis a hablar de videojuegos. Tú le dices al chulito: “Sí, me gustan los videojuegos”, y él te contesta: “¿Sí? ¿Pero a qué juegas? A Los Sims, supongo”. Tú te quedas un poco aturdida con la pregunta, sin tener ni idea de por qué ha dicho eso, y le contestas: “Sí, bueno… Los Sims me gustan, pero también juego a otras cosas”. Y cuando te pregunta a qué otras cosas y empiezas a enumerar (Final Fantasy, Zelda, Soul Calibur, etc.) notas cómo su cara pasa del escepticismo al asombro más absoluto. No se sabe ni cómo, acabas explicándole al chulito lo que es un emulador y para qué sirve, recomendándole juegos y grabándole un CD con el ePSXe, las ISO de Chrono Cross y un Word en el que le explicas minuciosamente cómo configurarlo. Bien, ahora imaginad que ha pasado el tiempo, tenéis veintinueve años, lleváis jugando a videojuegos desde los cuatro y enseñabais lo que eran los emuladores a vuestros  compañeros de clase con dieciséis. Imaginad que, sabiendo esto, escucháis comentar como me ha pasado a mí hace poco que “a las mujeres sólo nos gustan las videoconsolas por nuestro deseo inherente de parecernos al hombre”. ¿No creéis que, ante la duda de si reír o llorar, os entraría la risa floja? A mí desde luego sí.

Para ir terminando que esto ya se alarga demasiado, lo que quiero decir con todo esto es que la gente está llena de prejuicios y dice toda clase de tonterías para reafirmarse y sentirse superior. Por eso, si creéis que sois menos gamers que nadie por no haber dedicado 300 horas a farmear en el WoW o porque sólo jugáis a aventuras gráficas, os lo repito: nadie puede deciros lo que significan los videojuegos para vosotros. Porque como ocurre con toda forma de arte, en el momento en que alguien toca un videojuego éste deja de pertenecer a su creador y pasa a formar parte de la persona. ¿Y qué va a ser alguien que juega con entrega y pasión, sea su juego el que sea y por las razones que sean, sino un auténtico jugón?