Voy a confesarlo: me aburro en las conferencias de videojuegos.

No me malinterpretéis. Soy de las que espera con ilusión los E3, de las que fantasea con estar allí y vivirlas en directo, de las que se emociona con los juegos que anuncian y de las que cena delante del televisor mientras comenta por Twitter las primeras impresiones en el momento de sentirlas.

Pero últimamente me están aburriendo.

Llevamos ya unas pocas E3, PlayStation Experience y, sin ir más lejos, la PlayStation Meeting del pasado 7 de septiembre y en todas ellas he llegado a esta conclusión —al margen de que los juegos presentados me gustaran más o menos—: «Qué tío más soso está hablando, no parece que tenga alma ni ilusión, habla con voz de valium y parece un Tranquilo de Dragon Age». Es éste el motivo por el que me aburro.

Muchas desarrolladoras y empresas de videojuegos llevan un tiempo cometiendo un error: mandar a sus técnicos a presentar sus productos en sus conferencias. Olvidan dos claves principales: la primera, que un técnico tiene conocimientos especializados sobre el producto para diseñarlo y mejorarlo, pero no está en la obligación de saber venderlo ni de dar una charla amena sobre él; y la segunda, que esas conferencias no son para otros técnicos de la industria, sino para sus clientes, entre los cuales hay, además de otros técnicos, estudiantes, amas de casa, panaderos, traductores, médicos, camareros y un largo etcétera de público que no tiene por qué ser experto en tecnología, sino saber disfrutar de videojuegos.

Y es así como tenemos varias conferencias soporíferas en las que un señor sin carisma ni dotes comunicativas (que, insisto, en su profesión no tiene por qué tenerlas) escupe todos los aspectos innovadores sobre la nueva consola que saldrá al mercado y que sólo entienden quienes tienen un mínimo de conocimientos tecnológicos. Los oyentes menos duchos en el tema acaban prefiriendo seguir la conferencia por Twitter o a través de la prensa de videojuegos, que suele hablar en un lenguaje más asequible.

A veces sucede que el técnico que ejerce de presentador en la conferencia posee, además, un carisma natural, o es capaz de dotar de magia a su charla sólo con la pasión que transmite al hablar de su proyecto. Es lo que sucedió con Sean Murray cuando presentó No Man’s Sky por primera vez, o cuando Martin Sahlin presentó el Unravel con tanta ternura como la que desprende el propio Yarny.

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Martin Sahlin con un precioso muñequito de Yarny, el protagonista de Unravel

En una conferencia dirigida a un público de conocimientos diversos y en la que la función es convencerles de que compren el producto presentado, hay que enviar a alguien con el carisma suficiente para captar su atención y que sepa crear esa atracción hacia la nueva consola o videojuego con el que se pretende conquistar a clientes fieles y nuevos. Alguien cuya profesión consista en ello, como un relaciones públicas. O también se puede contratar a un presentador que sepa mover por el universo videojueguil, como bien han hecho en Ubisoft en los últimos dos años al llevar a las E3 a la encantadora Aisha Tyler.

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Aisha Tyler, foto por Robert Adam Mayer

También se debería romper con la idea encorsetada de que estas conferencias son un acto solemne y hacerlas más frescas y divertidas, lo cual no tiene por qué estar reñido con la profesionalidad. Se puede complementar una presentación con (además de los consabidos tráilers in-game) con una demostración de una partida hecha por el mismo presentador, que también sabrá darle un punto jocoso, o incluso con actuaciones de los propios presentadores, como ha hecho este año Nintendo con Nintendo Direct.

Sabemos que los videojuegos, aunque se traten de un asunto serio para quienes los amamos, son un elemento lúdico que merece que sus presentaciones no sean ceremonias omimosas y grises, sino (por qué no) un evento mucho más festivo y alegre, casi tanto como jugar por primera vez a ese videojuego que nos arranca una sonrisa con sólo recordarlo.

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