Cada cierto tiempo sucede, en las redes sociales, una historia que suele seguir el siguiente guión:

  1. Una empresa de periféricos publica un chiste machista de pésimo gusto.
  2. Las jugonas (algunas de ellas, clientas) lo ven y afean la conducta del social media torpe en cuestión.
  3. El social media (que no olvidemos que está dando la cara por la empresa) se defiende como un niño pequeño que se quiere librar de sus responsabilidades, con la consabida excusa de que «es humor».
  4. La empresa pide disculpas a regañadientes, no porque se haya dado cuenta de su error y porque haya reflexionado, sino porque tiene miedo de perder clientes.

¿Y cómo sabemos que estas disculpas no son sinceras? Porque pasado un mes o dos vuelve al paso 1 y repite todo el proceso.

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Uno de los múltiples desaciertos de cierta tienda de periféricos

Los chistes detonantes de la polémica, además, brillan por su falta de originalidad. Cada uno de ellos puede englobarse en cualquiera de los siguientes tópicos:

El examen a la novia para ver si es digna. En este grupo entran los típicos chistes sobre el incalculable valor como pareja de una mujer que sabe relacionar el mando con su correspondiente consola y no cae en la clásica trampa sobre si el protagonista de Legend of Zelda se llama Zelda. Este tipo de chistes nos gritan que sólo podemos demostrar nuestra validez como jugonas si pasamos un examen ante el Tribunal True Gamer, que determinará si somos dignas o no.

La novia ideal. Aquí la empresa de periféricos comparte la fotografía de una chica canónicamente guapa y ligera de ropa y jugando a la consola. De ella, se da por sentado que sabe conectar cada mando a su respectiva consola, es una diosa del Overwatch y sabe cómo se llama el primo del vecino del que diseñó el bigote de Mario. Una vez más, se nos grita que sólo tenemos validez (como pareja, no olvidemos que la única función que tenemos es la de posible interés romántico) si además de apasionarnos los videojuegos somos guapas y con predisposición sexual.

La chica en lencería que despista a su novio jugón. Clásico entre los clásicos. En una tira cuyo argumento ha sido explotado hasta la saciedad, vemos a una espectacular joven en lencería sedienta de sexo que intenta distraer por todos los encantadores medios a un novio que la ignora para seguir concentrado en la partida. Esta viñeta acaba siendo coreada por una horda de comentaristas que presumen de las proezas sexuales con las que responderían a la chica en cuestión. Por supuesto, en este tipo de viñetas se da por sentado que siempre el novio es jugón y la novia tiene cero interés en los videojuegos.

La novia histérica que te rompe la consola y/o te impide jugar. Aquí entran fotos de consolas y videojuegos rotos por una novia que reclama su atención de manera violenta, o chistes sobre cómo un jugón que dedicaba ocho horas diarias a la consola ha visto su tiempo de ocio videojueguil reducido a una triste hora semanal, por culpa de su posesiva novia. Sobre este tipo de chiste y el anterior, no voy a entrar en esa cultura que presenta la relación de pareja como un castigo en el que debes renunciar a tus aficiones; daría para otro artículo extenso, pero sí haré un adelanto: si te sientes identificado con este tipo de chistes, porque para ti es un sacrificio dedicar tiempo a tu pareja, igual deberías plantearte tu relación. Por el bien de los dos.

Violencia de género física justificada. Ya sea usando el editor de personajes de Fallout 4 para contar una historia en la que el protagonista ha dado una paliza a su mujer por infiel, o robando una viñeta de una pareja acaramelada mientras uno está entregado a la partida y amenaza con “romperle la consola en la cara” a su supuesto amor como pierda. Sería gracioso si no fuera una situación que se diera, de manera mucho más seria, en la vida real y, pese a ello, se sigue viendo frivolizada.

Y todo esto es humor. Claro. Es necesario disfrutar de la vida y reír. Por supuesto. En las redes sociales las marcas no se deberían limitar a vender sus productos, sino que deben mostrar su lado humano, y no hay nada más humanizador que el humor. No lo dudo.

Pero hay algo que pasamos por alto.

La función del humor es hacer reír, si el humorista no es capaz de conectar con su público, igual no se debe a que su público sea una panda de amargados, sino a la carencia de gracia del humorista en cuestión. Es más, aunque se tratara de una panda de amargados, la misión del cómico sigue siendo la de quitarles la amargura, aunque sea durante un rato. Y, para que el humor funcione, es necesaria la citada conexión entre el humorista y su audiencia, conexión que, para que tenga lugar, depende de, entre varios factores, la empatía. El humorista, al hacer un chiste, busca la complicidad de su público, al cual debe conocer. Así, en la sección de humor de un periódico de izquierdas los chistes buscan la denuncia social y la crítica de la actualidad desde el punto de vista de la clase media/baja. En un festival infantil, hay que conocer qué tipo de humor gustará a los más pequeños y ser consciente de que los chistes adultos quedarán muy fuera de su alcance (y por chistes adultos no me limito a lo picante). Y en una publicación destinada a lectores españoles no funcionan esas gracias que quedan entre un grupo de amigos y que sólo entienden ellos porque hacen referencia a una anécdota que sólo han experimentado ellos.

Y he aquí el problema principal del humor machista (sí, machista; es importante llamar a las cosas por su nombre) del que hacen gala muchas tiendas de periféricos en las redes sociales. Demuestran que o bien no conocen a su público o ignoran a parte de él. Son chistes que buscan la complicidad de sólo un sector de sus clientes; los chicos jugones heterosexuales. Crean un espacio en el que sólo estos son bienvenidos y dejan fuera el resto de clientela o posible clientela. Cuando veo un chascarillo de estos resoplo, no sólo por la falta de originalidad de éste, sino porque es una piedra más en el muro que nos encontramos las mujeres jugonas en la comunidad en pleno siglo XXI. Estos chistes tienen el mensaje velado de que somos aún percibidas como intrusas, como las eternas novias de, no como camaradas.

Lo entendemos, queridas tiendas. Queréis ser cercanas, queréis ser cool y molar, dar una imagen fresca, resultar simpáticas. Y está genial. Pero sed más avispadas. ¿De verdad os compensa que con cada chiste de estos tengáis la fama de ser igual que el eterno adolescente gruñón y sucio que vive en el sótano de sus padres? ¿Os merece la pena que clientas, antiguas y potenciales, os miren con rechazo y que dejen de pensar en vosotros para hacer sus compras al verse insultadas? En lugar de escudaros en la socorrida excusa del humor, ¿no deberíais escuchar a quienes pretendéis atraer a vuestros escaparates?

Sinceramente, lo podéis hacer mejor. Estoy segura de que existen community managers competentes, con empatía y con más originalidad para crear humor que recurrir al manual rancio del cuarentón virgen que no se despega del mando. Seguro que sabéis conectar con vuestro público, crear un humor que nos haga reír a todos y en el que todos nos veamos incluidos e identificados. Os invito a que desterréis el estereotipo de gamer a quien dedicáis estos chistes que huelen a cerrado, y a que conozcáis a la comunidad jugona, tal y como es en el siglo XXI: plural, de todos los géneros y rangos de edad. Si hacéis este necesario ejercicio de empatía os ahorraréis malos ratos en las redes sociales, crearemos un mundo mucho más sano. Y todos saldremos ganando.

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Este meme es un ejemplo de chiste con el que casi todo el mundo puede verse identificado. Critica el estilo de vida actual, que deja poco espacio para el ocio y va dirigido a todos los jugones, sin discriminar.

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