La saga Shin Megami Tensei, la saga por excelencia de la compañía ATLUS, y todos sus spinoff son conocidos por tener un fortísimo carácter mitológico. Pero no son dioses ni demonios 100% inventados por los propios desarrolladores como ocurre en otras sagas, aquí beberá completamente de mitologías y creencias del mundo real, con una amplia variedad de religiones y regiones.

Shin Megami Tensei IV no es la excepción, ni mucho menos y a eso vengo a hablar. Sin embargo, intentar hablar de todas las menciones religiosas me daría para un tesis doctoral y en esta ocasión me gustaría empezar un poco in extrema res.

Atención, por favor. Desde aquí me voy a meter de lleno con el final de Shin Megami Tensei IV. Si no queréis comeros un spoilers con patatas o a palo seco parad aquí. Si aun sigues leyendo esto, pues bueno, sigues de aviso y me doy cuenta que este tipo de fuente funciona.

Después de varias peripecias en todas las versiones de Tokio posibles, el juego nos deja de frente con la figura más misteriosa de entre todas: The White, unas figuras blancas e inmaculadas que nos preguntarán si queremos devolver este mundo a la nada. Si decimos que sí, habremos conseguido el final malo y cargarnos un precioso 25% del juego. Sin embargo, decimos que no, ya no habrá forma de que nos pregunten por las buenas. Es en este punto donde ya habremos fijado nuestro destino: ley (Jonnathan, donde el orden y seguir Su Voluntad es importante pero si estás en el estamento bajo te fastidias y danzas), caos (Walter, donde existe la libertad pero sé fuerte para mantenerte donde quieres) o neutral (oye, quizás la humanidad y Tokio se puedan salvar sin caer en un maniqueísmo…espera, ¿eso es el infierno y el cielo esperándonos para pegarnos una paliza? Maravilloso).

No importa en cual de las tres rutas “buenas” terminemos, ya que lo que nos interesa aparecerá en todas las versiones. Lo único que cambiará es quién es nuestro acompañante a la hora de enfrentarnos a nuestros enemigos, pero estos seres seguirán igual y el mismo sitio no tendrá cambios muy significativos para el actual artículo. Personalmente, me he pasado SMT tanto en la ruta Caótica (Chaos) como Neutral. En la primera ruta sólo tendremos como dungeon final el Purgatorio, mientras que en la ruta final tendremos que atravesar tanto el Purgatorio como el Palacio de Lucifer y así unificar las ciudades de Tokio con Eastern Kingdom of Mikado.

Si queremos entrar en el Purgatorio, primero tendremos que superar la gran torre que separa Tokio de Eastern Kingdom of Mikado. Nada nuevo ni nada interesante, lo importante se encontrará en el anterior Hall of the Minotaur y ahora la puerta hacia el Purgatorio. Obvio es que nos vamos a encontrar muchos ángeles. Muchísimos. Todos nos querrán quitar del medio antes de que nosotros querramos existir sin la Voluntad, en la tierra de los pecadores de Tokio. Al final de todas las puertas, tras un largo pasillo, nos encontraremos con Merkabah, el jefe final de la ruta Chaos y uno de los jefes finales de la ruta neutral.

El primero en recibirnos será Jonnathan, o al menos su voz. Todas sus palabras dejaron de ser suyas hace bastante tiempo en pos del nuevo orden y pasaron a ser de nuestro rival: Merkabah, “el carruaje de dios”.

No, no nos enfrentamos a Dios. Nos enfrentamos a su “carruaje”, la fusión de los cuatro arcángeles ya conocidos en el nido de Shene Duque y capaz de destruir sociedades enteras para poner en pie una jerarquía acorde con su sentimiento de orden. ¿Y dios, entonces, donde está? En este juego, lo más que llegamos a conocer a esa figura es en lo que ya he mencionado como su “voluntad”. En este juego Dios se presenta como esa lista de reglas, ese marco moral al que se adjuntan todos los ángeles y aquellos devotos de Eastern Kingdom of Mikado, e incluso aquellos que no quieren. O quizás, si seguimos las palabras de Jonnathan, lo que ocurre es que dios no existe sino que existirá dentro de cada persona como un ser absoluto para eliminar toda fuente de deseo, y de ahí, toda fuente de demonios.

Después nos tocará volver a dónde los herejes habitan, esa ciudad llamada Tokio. Allí se encuentra un portal, aquel que trajo todos los demonios a la ciudad y por el que pudimos viajar a otras dimensiones. Ahora, Camp Ichigaya es la puerta a nada más y nada menos que el Palacio de Lucifer. Después de muchas, muchas, demasiadas puertas ilusorias, podremos llegar al pasillo previo a la puerta de Lucifer. Esta vez sí, va a ser el mismo Señor de los Demonios el que nos espere para mostra toda nuestra fuerza. No estará solo, también dejará un rato a la voluntad de Walter, aquel que fue nuestro compañero y bajo su propia voluntad decidió que su propia fuerza sería lo único que marcase su destino. Él, al contrario de Merkabah, no querrá solo nuestra eliminación, ya que de todas formas estamos haciendo las cosas a su manera. Aquí ganará y elegirá el más fuerte de los dos, luchen por Dios o por toda la humanidad. Otro detalle es que, de los dos jefes, este es el que posee la forma más parecida a la figura humana. Podría ser, como dijo Walter ya transformado, al ser Lucifer aquel que reina sobre los deseos del hombre.

Algo que tienen en común tanto Merkabah como Lucifer es que de una forma u otra van a necesitar de una forma humana para ser tal y como los conoceremos al final de los distintos viajes. Y no solo eso, para poder convencer tanto a Walter como a Jonnathan tienen que pasar primero por la parte humana, como Hikari o como los cuatro ángeles partícipes de la organización religiosa de Easter Kingdom of Mikado. Aunque se crean superiores a los humanos y con la legitimidad para decidir su futuro, no hay seres con más sed de humanidad que ellos. Incluso Walter, antes de su transformación, lo confiesa:

walterluciferarticulo

Es cierto que tampoco ningún tipo de humanidad ni de personaje les vale. Solo aquellos humanos poderosos y “corrompidos”, leales completamente a los ideales se elegirán como las vasijas para su completa transformación. Conseguido este poder, no solo podrán desenvolverse como las entidades de Merkabah y Lucifer, sino todo un campo de batalla donde instauran su orden o su deseo de sangre y dominación.

Y ambos están de acuerdo en una última cosa: la lucha por el destino de la humanidad es cíclica, no será ni la primera ni la última vez que ocurra y ellos van a estar listos para la siguiente pelea.

En términos de combate y gameplay, ambas peleas son paralelas: ambas tienen dos fases, y cada fase contiene un diálogo que si, logramos aceptar, nos ayudará en nuestro combate (y ya sabéis, cada detalle en un combate de SMT podría decidir la victoria o la derrota). Lo único que hay que hacer, estés en el lado que estés, es seguir acorde al papel que te has/han asignado. Y luchar, por supuesto, pero después de todas estas horas y de todas estas grandes decisiones, lo tomo por descontado.

De todas formas, cuando hablamos de religión, del bien, del mal y de finales de videojuegos, es imposible que todos lleguemos a la misma idea y que todos hayamos sentido lo mismo, así que, ¿habéis llegado a las puertas del Purgatorio y del Palacio de Lucifer? ¿Os parecen memorables o acertadas como batallas finales? ¿Esperabáis más u os parece justo para lo que ofrece SMT IV?

Por esta vez, dejemos que los seres humanos tengan la última palabra.

[Todas las imágenes, excepto la portada, han sido tomada de este vídeo con permiso de la cuenta]

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