Érase una vez una chica corriente que vivía en un lugar corriente. Una chica con miedos, con sueños y metas; una chica como todas las demás, pero que no se sentía como todas las demás.
La llamaremos Erika. Siempre me gustó ese nombre.

A Erika nunca le gustó maquillarse, ni llevar tacones, ni escote, el color rosa, ni nada que exudara feminidad. Estaba muy segura de sus propias convicciones, de lo que era correcto y de lo que no. Tenía claro que había mujeres que sabían ser mujeres, y luego estaba el resto: una masa de histéricas y superficiales que se dejaban llevar por lo que se esperaba de ellas. Algunas eran simpáticas, otras soportables, algunas eran unas guarras. Unas putas.

Puta.

Qué palabra tan pequeña y qué inmensa al mismo tiempo. Qué fácil pronunciarla. «Puta». Sale de la boca como si se deslizara hacia afuera, sin esfuerzo.
Erika la usaba en secreto, a media voz, como si alguien desde dentro le dijera que había algo roto entre las letras, algo feo, demasiado feo para que la gente la oyera. No es que todas las mujeres fueran putas. Había pautas, claro, sobre todo las que tenían que ver con el sexo.
Las putas follaban mucho, con muchos hombres; les gustaba seducirlos, atraparlos, tenerlos en sus garras. Así se divertían. Qué putas. Y a veces, cuando les tenían a tono, les dejaban con las ganas. Eso no está bien, pensaba Erika. Si decides hacer algo, lo haces, no te echas atrás, no juegas con los hombres de esa forma. Eso sólo lo hacen las putas.

Erika no era así, como esas mujeres que se exponían a ser maltratadas, usadas y ninguneadas. Ella era lista, no como las demás.
Los hombres se lo decían a veces: «Tú no eres como las otras». Y ella se encogía de hombros para quitarle importancia mientras sonreía sin que la vieran. Se sentía especial. A salvo.
Después de muchos años algo ocurrió. Erika encontró un lugar donde las mujeres hablaban sin tapujos, mujeres de distintos lugares, de distintas edades, con distintas caras, vidas, cuerpos, ideas; mujeres tocadas, agredidas, perseguidas, menospreciadas, aplastadas.

Y por primera vez Erika se sintió como todas las demás.

Ella las escuchaba, se bebía sus palabras, sus experiencias, su rabia. Y pensaba. Día tras día había muros que caían y lazos que se estrechaban. Empezaba a entenderlo, a comprender lo equivocada que había estado, lo que el miedo había hecho con ella. Miedo a ser como las otras, sólo que Erika siempre había sido como las otras. Ella, que había rehusado de lo femenino, de los zapatos de tacón y los ojos cargados de rímel, se dio cuenta de que también era una puta.

Todas lo somos, ¿no es cierto? En algún momento de nuestras vidas alguien nos tira esa palabra a la cara y todo lo que eres se reduce a ella. A una palabra fea. Rota.

«Puta».

Algo cambió dentro de Erika. Un nudo que había tenido en las entrañas desde hacía años sin saberlo se liberó de pronto, y lo que quedó fue el alivio, la gratitud por ser querida como esas mujeres la quisieron, de ser aceptada, comprendida, perdonada.
Porque todas fuimos Erika y muchas lo seguimos siendo. Porque callar no es consentir y un «No» es un «No» en cualquier momento. Porque todas tuvimos o tenemos miedo. Porque ser mujer es lo que tú decidas sea cual sea tu sexo o la manera en la que quieras usar tu cuerpo.

Tú eres tuya, no de ellos. Eres como todas las demás, como yo, como Erika.
Eres mujer.

Nunca te avergüences de eso.

Este iba a ser un texto dando las gracias, como esos tan típicos que te encuentras al final de una novela, donde aparecen nombres y cosas bonitas que esos nombres hicieron por el escritor, pero ya veis que no me ha salido demasiado bien. Simplemente me limitaré a decir que a veces el mundo es una mierda, pero entre toda la mugre hay cosas que brillan a las que podemos mirar para no perdernos. Todas Gamers ha sido y sigue siendo una de esas cosas. Me han hecho mejor, más fuerte, más entera. Son un refugio al que siempre puedo regresar cuando lo necesito, como una casita en medio de una tormenta de nieve donde la chimenea siempre está encendida, y hay risas, y cariño, y un sótano para guardar cadáveres.

Feliz aniversario a todas, señoras mías.
Un gracias nunca será suficiente.