Shadow of the Colossus, con fotos y a lo loco

Shadow of the Colossus, con fotos y a lo loco

Los primeros meses de 2019 me costaba un montón consumir ficción (leer, ver películas y series…), sobre todo embarcarme en obras nuevas, porque la implicación emocional me drenaba. Durante estos meses, cada vez que empezaba una serie, un libro, una película, o un videojuego, me tiraba a ello, sumergiéndome sin comprobar la fuerza de la corriente y acaba engullida en ella. Terminé de leerme Barrayar, parte de la saga Vorkosigan de Lois McMaster Bujold, incluso agotada físicamente. Cuando veo películas me cuesta mucho mantener la atención durante todo el tiempo y me siento más cómoda viendo películas que me sé de memoria. Las series las tengo que engullir de una tacada, como si me quitara una tirita, o dejando pasar tiempo entre episodios.
Hubo un momento que empecé a dosificarme las cosas, espaciando las lecturas y alternando, para evitar ahogarme en mis propias emociones. Dentro de este bloqueo y dosificación, está el caso del Shadow of the Colossus, en su remaster de Bluepoint Games. Lo empecé intentando superar el bloqueo que tenía tras terminarme Kingdom Hearts III. Y mientras jugaba, sólo era capaz de hacerlo a poquitos: por su diseño y estructura, era capaz de ir coloso a coloso, jugar esa hora o así que me cuesta llegar a mi objetivo, enfrentarme a él y hacerme una bolita nada más guardar y apagar la consola. Si usara la teoría de las cucharas, cada vez que hacía una de estas iteraciones gastaba todas las cucharas que pone «implicación emocional».

Hablar de Shadow of the Colossus en 2019 me parece un poco redundante y superfluo, porque parece que está todo dicho. La historia es más que conocida, es uno de los juegos a los que mayor arqueología de código y versiones se ha hecho, en busca de esos colosos no usados. Se ha hablado mucho de Fumito Ueda, su creador, del diseño por sustracción que sigue, las teorías que tratan de juntar los tres juegos del desarrollador en un único universo…
Entonces, ¿qué incentivo tenía para jugarlo? ¿Por qué gastar mi tiempo en algo que me sé más que de sobra cómo funciona y su historia? Hace años, en su versión de PS2, vi el final del juego y buena parte del mismo. Recordaba alguna de las cosas que sucedían, pero no las había sufrido yo. Ese era mi incentivo. Comprobar si de verdad el control es tan «raro» como decían, si sufrías igual que Wander por los controles, si Agro era tan indómita… Así que empecé a jugar, todo iba bien, una cinemática preciosa que te sumerge en el mundo melancólico y solitario que te espera. La voz de Dormin diciéndote el pago por lo que pides, con un Wander silencioso, expectante por conocer qué debe hacer para recuperar a Mono.

La misión que te encomiendan es “fácil”: sólo debes matar dieciséis seres. El primero es simple de encontrar, es tu primer reto. Nada excesivamente complicado, más allá de recordar que no tienes un agarre automático. La sensación de tensión es menor que la que debería de haber en PS2, por el cambio de diseño en los gatillos en los Dualshock, pero sigo engarfiando las manos. Tardo un poco en habituarme a los comandos y escojo el modo clásico adaptado, por resultarme más intuitivo. Valus es un coloso tutorial, sólo debes escalarle con cuidado, vigilando tu escasa stamina (ojalá poder usar el diseño antiguo del HUD, me gustaba más) para no despeñarte. No es un gran reto aunque la música hace que te sientas triunfante y exultante.

La música es uno de los grandes aciertos: suave mientras te aproximas, apenas se oye por encima del ambiente solitario, aumenta un poco cuando ves al coloso, sumergiéndote en el misterio de no saber cuál es su punto débil ni cómo trepar hasta él; cuando lo descubres es el momento en que cambia la música a una épica. Una épica que acompaña a tus acciones, subiendo y bajando de intensidad, con un tono alegre siempre, mientras tú aprietas los dientes y el mando viendo a Wander balancearse precariamente agarrado al pelo del coloso. Ves con el rabillo del ojo cómo tu stamina baja, pensando que no aguantarás y acabarás cayendo y siendo pisoteado.
Pero no es así y consigues subir poco a poco, hasta el sello de luz que es el punto débil del coloso. Con rapidez, lo apuñalas una y otra vez con todas tus fuerzas hasta que cae.
Y tú con él.

Por suerte, no sale herido, así que sin perder un instante, me alejo del cuerpo llamando a Agro, mientras veo unas serpientes negras salir del coloso. Las ignoro y sigo mi camino.
El problema es que ellas no me ignoran y en menos de diez segundos atraviesan a Wander, que cae al suelo supurando oscuridad. Yo he soltado el mando para comprobar a qué velocidad late mi corazón y que no me han apuñalado a mi también.
Mientras, una pantalla de carga ha aparecido, con la música triste y melancólica que ha empezado a sonar al caer el coloso, hasta que deja de sonar y pasa a una casi inexistente. Cuando me calmo un poco, veo cómo una sombra negra está al lado de Wander y la estatua de Valus es destruida. En cuanto levanto a Wander, Dormin me asigna un nuevo objetivo.
Recupero el control, guardo la partida y soy consciente de que tengo que repetir esto quince veces más.
Apago la consola.

Todo es inmenso

Un par de días más tarde volví al juego y seguí esta dinámica/rutina varias semanas, jugando a poquitos. Un coloso cada día, uno o dos a la semana, porque soy incapaz de no vivir intensamente este juego y acabo drenada cada vez que hago desaparecer a uno.
Seres que están ahí, durmiendo en la mayoría de casos, hasta que aparezco yo a matarlos. En el camino hasta ellos no puedo dejar de hacer dos cosas: sacar fotos y pensar.
Porque este remaster tiene modo foto y me pierdo en él. La mayoría de fotos las saco sin filtro (no soy muy amiga de ellos), pero en algunos casos el filtro noir o el noche me dicen que los pruebe. Es cierto que podría tener más opciones, pero sólo con manejar la cámara libremente me pierdo durante varios minutos en el paisaje, no necesito más. Me es imposible pasar por la diversidad de escenarios y no sacar una foto: el bosque, el desierto, la gruta malrollera que soy capaz de atravesar porque sé que no me va a atacar nada… Tengo que obligarme a mí misma a dejar de sacar fotos para poder continuar vagando en este mundo enorme, que me abruma y que quiero capturar al completo para que no se pierda. Compartir estos paisajes y esta soledad con el resto de la gente, tratando de transmitir lo apabullante que es este mundo.
Y cuando no me dedico a sacar fotos, no puedo dejar de pensar.

Pensar en mis acciones, en si debo seguir haciendo esto. Si merece la pena exterminar a seres a petición de un ser supremo por rescatar a mi amada. ¿Es justo el coste? ¿Por qué cuándo hablamos de amor el precio no es simple? Vagar por Shadow of the Colossus es divagar. Sentirte pequeño en esos terrenos tan enormes y vacíos. Sentirte insignificante cada vez que ves al nuevo enemigo desplegarse ante ti. Dejarte embargar por la épica, la gloria y la riqueza al empezar el combate porque la música te atrapa. Tratar de huir de la oscuridad que te apuñala tras cada batalla. Tomar aliento en la pantalla de carga, antes de guardar y apagar la consola, porque no puedes seguir.

Todo está vacío

Durante el juego no vemos a Wander dormir o comer, ni tenemos una idea del tiempo que pasa tras cada combate. Mono está esperándonos incorruptible en el altar de piedra mientras recorremos las llanuras y las montañas. A veces me desvío a un árbol a intentar conseguir una fruta dorada y aumentar mi vida. O me dedico a perseguir a una lagartija de cola blanca. Cuando vuelvo a la partida, Wander siempre está recostado sobre la piedra del altar, con la espada en la mano. Parece que está descansando la vista más que otra cosa, dejándose mecer por la brisa y pensando, pero no sabemos qué, pues Wander es un protagonista mudo. Sólo tenemos claro su amor por Mono y que no teme perder nada más, por como se ha embarcado a esta misión imposible. Parece que el tiempo no hace mella en él, como en el mundo en el que nos movemos.

Este remaster de Shadow of the Colossus parece igual de ajeno al tiempo que el mundo donde transcurre. Como si al quitar la partida, el tiempo dejara de avanzar allí también, permitiéndote tomarte los descansos que no se toma Wander, sabiendo que el coste por jugar es alto.
Llevo un tiempo pensando si merece la pena pagar el coste de seguir jugando. Si la mejor opción no es dejar el juego tal como está y no enfrentarme al final. Pienso también que si no lo supiera, si quizá querría salir adelante. Si mi curiosidad por saber qué pasa ganaría sobre lo demás. Si merece la pena sacrificar mi alma por la persona amada.
Agradezco que Shadow of the Colossus sea un juego que invite a la calma y la pausa, que no te fuerce a seguir adelante y vayas a tu ritmo. Agradezco que me permita dosificar mi implicación emocional y que gane mi egoísmo frente a la curiosidad. Agradezco tener un pequeño remanso de paz y que no me sienta culpable por tomarme las cosas con calma. A veces resulta complicado poder encontrar una ficción que te permita disfrutarla así: a tu ritmo, poco a poco. Shadow of the Colossus, pese a su coste emocional, lo disfruto porque me permite ir al ritmo que quiera, que en un mundo donde la ficción parece tener fecha de caducidad, es algo de agradecer.

 

Todas las imágenes son capturas propias.

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Darkor_LF

Difusora de la palabra de Pratchett a tiempo completo. Defensora de causas pérdidas e inútiles. Choconiños o barbarie. Hipster por necesidad. Tengo una pipa falsa. +50 en pedantería.

1 comentario
Rena
Rena 19/11/2019 a las 4:06 pm

Me sorprende el modo tan diferente en el que lo vivimos, aunque tengamos cosas en común, como pensar de forma consciente en que hay que matar a los colosos para poder continuar.

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