No barráis debajo de la alfombra

El mejor-peor año de los videojuegos

El mejor-peor año de los videojuegos

El año 2023 va a ser, sin ninguna duda, uno de esos años que recordaremos por la enorme cantidad de juegos de altísima calidad que nos ha traído, juntándose así con años tan relevantes como 1998 (The Legend of Zelda: Ocarina of Time, Baldur’s Gate, Half-Life, Metal Gear Solid, StarCraft, etc.) o 2007 (Mass Effect, Crysis, Bioshock, Assassin’s Creed, Portal, etc.). Las listas de los juegos del año son, obligatoriamente, interminables, porque incluso una persona que no haya jugado a todos los títulos buenos que han salido ya se planteará la elección del ganador como un “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”. Baldur’s Gate 3, a pesar de haber ganado el título de GOTY en eventos tan relevantes a nivel mediático como The Game Awards o Golden Joystick Awards, podría haber perdido en favor de The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom o Alan Wake 2, entre otros, y no habría pasado nada porque son juegos tan excelentes que en cualquier otro año habrían arrasado. Y con esto no quiero decir que Baldur’s Gate 3 no se lo merezca, ni mucho menos (creedme, mis horas registradas en Steam delatan lo mucho que me gusta), pero hemos podido encontrar un enorme talento en muchísimos juegos, tanto en los que cuentan con un presupuesto altísimo como los más indie, que también han conseguido mantenerse a la altura con títulos como The Cosmic Wheel Sisterhood, Blasphemous 2, The Talos Principle 2, Stray Gods o una lista kilométrica que nos mantuvo con las manos pegadas al mando durante todo el año. 

Link observando a Ganondorf.

Otro de los detalles que nos han demostrado un nivel más alto de triunfo es que, no solo con Baldur’s Gate 3 nos hemos encontrado con un título completamente queer e inclusivo en todos los ámbitos posibles, sino que hemos podido ver detalles menores y mayores en los demás triple A, yendo de frente contra ese sector enmohecido del público, como sucedió con Marvel’s Spider-Man 2 y su representación de personaje no binario. Y es que desde siempre hemos podido encontrar nuestro hueco en los indies, quienes todavía siguen siendo los reyes del colectivo, pero ver altavoces tan grandes elevando nuestra voz y viendo cómo cada vez se unen más hace que tengamos una pequeña esperanza. Lo mismo sucede con la representación de diferentes tipos de neurodivergencias o de discapacidades, que hasta ahora se veían relegadas a modos de asistencia en juegos que podíamos contar con los dedos de una mano, o indies que se centraban únicamente en ese tema. Y esto todavía va lento, pero con paso firme, porque la representación siempre importa. 

Sin embargo, no todo van a ser luces y triunfos en los videojuegos, porque a pesar de haber conseguido tanto título magistral, la industria se ha estado desplomando. Sobre todo encima de sus trabajadores. En este año hemos tenido temporadas en las que los despidos masivos se ejecutaban ya no de forma semanal, sino diaria. Cien despidos un día, cuatrocientos al día siguiente, novecientos de golpe en una misma empresa. Así, hasta llegar a los alrededor de nueve mil despidos masivos que hemos podido contabilizar este año. Nueve mil. Que se dice rápido, pero es probable que me estéis leyendo desde un municipio que ronde esa población, o tengáis uno muy cerca para poder hacer la comparativa. O, si queréis volver al terreno de los videojuegos, el equipo de desarrollo de Baldur’s Gate 3 es de unas cuatrocientas cincuenta personas o, lo que es lo mismo, con nueve mil podríamos tener veinte Baldur’s Gate 3. Una barbaridad de personas con unos conocimientos increíbles, que llevan años y años trabajando en la industria, creando los mundos y los personajes que adoramos (personalmente, nunca perdonaré a BioWare el despido de Mary Kirby), haciéndonos disfrutar horas y horas con el trabajo que han hecho durante años. Y todo porque a una empresa le parece que esos beneficios (no ganancias, beneficios) de millones de dólares no son suficientes, que necesita recortar gastos para que el número que presentan ante los accionistas sea más bonito. Porque, aparentemente, los juegos se desarrollan ellos solitos.

Alan Wake con una linterna.

Hace algún tiempo os hablé de los problemas más urgentes y principales de la industria, y si bien alguno ha ido mejorando poco a poco, otros han caído de forma vertiginosa, aplastados por un capitalismo desesperado por hacerse más monstruoso en todas sus versiones. Y eso, concretamente, es lo que está matando la creatividad, lo que nos está impidiendo tener este nivel de calidad cada año. Porque, ¿sabéis cómo se consiguen hacer los mejores juegos? Dando estabilidad laboral a los trabajadores, no dejándolos abandonados en los peores momentos de una pandemia mundial, no desechándolos en cuanto tienen algún problema personal grave, no dejándolos de lado cuando una guerra estalla en su país, o no tirándolos a la basura en cuanto se acercan a un sindicato. Y es que los mejores juegos de este año han pasado por algunas de esas situaciones (o incluso todas), y en general se han mantenido del lado de los trabajadores, mientras el grueso de la industria ha seguido machacando, exprimiendo y repudiando a la gente que les ha hecho estar donde están. Y eso es, exactamente, lo que va a hacerla estallar muy pronto. 

Este año, con sus luces y sus sombras, se ha visto reflejado de forma directa durante la gala de The Game Awards, en una suerte de escaparate suntuoso en el que deslumbrar al público para ocultar los problemas. Porque mientras se anunciaba un juego tras otro, cada uno mejor que el anterior, un montón de gente que se encarga de desarrollarlos estaba en el exterior, con carteles y protestando por un trabajo digno. Mientras se lucían a los famosos del cine, dejándoles hablar de todo lo que quisieran durante el tiempo que deseasen por el simple hecho de ser famosos, se silenciaba a las personas que trabajan en la industria, dándoles treinta segundos para recoger un premio por su trabajo, quizá uno de los más importantes de su vida. Mientras un teleñeco tenía cinco minutos de gloria, premios que supuestamente eran importantes y el motivo por el que existe la gala eran desechados con una lectura rápida de una tarjeta. Y es que es muy fácil deslumbrarse con la fama, el éxito y el dinero, el querer ser Hollywood, el buscar esa excelencia y reconocimiento mundial, pero, ahora más que nunca, nuestro deber es apoyar a toda la gente que desarrolla videojuegos. Porque, al fin y al cabo, sin ellos se termina todo.

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Nix

I run on coffee, sarcasm and lipstick. Hace años le vendí mi alma a Bioware y me convirtieron en la Shadow Broker. Tengo un papelito que dice que soy N7, pero no quieren darme mi propia nave. Me gusta llevarle la contraria a la gente y por eso soy una Inquisidora enana y pelirroja.

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