Lis vidijiguis ni tinin pilitiqui

Cuánto de política hay en mis videojuegos

Cuánto de política hay en mis videojuegos

Política, esa palabra que asusta tanto. “No mezcléis deporte y política, que no tienen nada que ver”, ¿cuántas veces hemos oído esta frase? ¿Y algo parecido a esta otra? “Los videojuegos y la política no encajan, los desarrolladores no deberían meter ideología en sus juegos”. Disculpadme pero en este mundo todo es política, incluso cuando decidimos dónde vamos a comprar el pan, así que los videojuegos no están excluidos de esta ecuación. No hace falta que me lo digáis: me estoy metiendo en un jardín y soy consciente de ello, pero allé voy de todos modos, repasemos algunas formas en las que un juego puede ser político. Para evitar dramas, este artículo puede contener spoilers sobre algún título de los que irán apareciendo, aunque poca cosa.

Seamos sinceros, hay decisiones que parecen una tontería pero en el fondo tienen una carga más importante de lo que solemos pensar. Ejemplo de ello es Temtem, desarrollado por Crema Games, que te permite elegir el pronombre neutro durante la creación del personaje para que los NPC se puedan dirigir a ti sin distinción de la forma en que estés más a gusto. ¿Afecta al sistema de juego? No. ¿Y a su jugabilidad? Menos. Y sin embargo ya han colado la inclusión a jugadores no binaries. Si seguimos con la temática LGBT tenemos bastantes títulos que pueden ser más sutiles (Night in the Woods) que otros (A normal lost phone o Tell me why). Podéis encontrar listas con juegos inclusivos sin muchos problemas, pero lo interesante es cómo se trata el asunto y ahí es donde entra en juego la política. Vamos a por otro título que de forma sutil nos dice muchas cosas: Hades. Sorpresa, un artículo mío en el que hablo de Supergiant Games. ¿Nadie está sorprendida? Ya me lo parecía. Qué le vamos a hacer, pero me resulta muy útil puesto que tienes varias opciones de romance: Thanatos (homosexual), Megara (heterosexual) y Dusa (interés no sexual), por no hablar de las relaciones que ya contenía la propia mitología como Aquiles y Patroclo. Pero aquí no se trata solo de inclusión, hay un detalle tal vez más interesante ya que puedes tener relación romántica con los tres a la vez. En lugar de hacer como que no ha pasado nada como en la mayoría de juegos, todos lo saben y se alegran por las otras relaciones que tiene Zagreo. Lejos de suponer un problema, tienen una relación sana y voilà, ya nos han colado el poliamor y es probable que ni hubierais pensado en ello.

El trío maravilla, fanart de @FeeReroo

En este sentido no hace falta que entre en el polémico The Last of Us Part II porque ya se ha dicho más que suficiente sobre ello. El título de Naughty Dog, sin embargo, no solo incluye personajes LGTB sino también un alto contenido violento, y este es otro tema importante. Respecto a este tema nos centraremos en algunos videojuegos de acción como la famosa saga Call of Duty, aunque muchos FPS podrían entrar en este apartado. La serie de videojuegos se centraba (en sus tres primeras entregas) en la Segunda Guerra Mundial, y siempre desde el mismo punto de vista independientemente de la nacionalidad de los protagonistas. En Call of Duty 4: Modern Warfare la historia se traslada a un conflicto bélico actual encarnando soldados de los cuerpos especiales británicos o estadounidenses y nos muestran sucesos de la guerra del Golfo llevados a cabo por Rusia en lugar de Estados Unidos. Sé que me podéis decir que tratan conflictos a través de la ficción, pero el contenido no deja de ser el mismo que el de las películas de Hollywood en que los estadounidenses son los héroes del mundo y Rusia o cualquier país del Oriente Medio son el demonio con cola. Y ya no hablemos del enaltecimiento a lo militar y el lavado de cara a la reputación del ejército. Todo eso, señoras, es otro posicionamiento político, muy extendido y normalizado, pero está ahí y parece que no importe cuando (pretendiéndolo o no) está lanzando un mensaje. Sin embargo, la cosa no queda en solo eso sino que hay videojuegos creados especialmente con la intención de mejorar la reputación de los cuerpos militares y reclutar miembros, es decir, títulos que son pura propaganda. En EEUU tenemos el caso de la saga America’s Army, desarrollada y publicada por el propio ejército estadounidense; en China, por su parte, nos encontramos con Glorious Mission, publicado por el Ejército de Liberación Popular. En cualquier caso, los juegos militaristas no son inocuos y siempre van a llevar una carga ideológica a sus espaldas, los haya publicado o encargado el ejército o no. ¿Entonces todos los juegos que van sobre guerras y ejércitos son militaristas? En la mayoría de casos, pero tenemos casos (pocos) que son profundamente críticos con el negocio de la guerra. En este sentido tenemos Valiant Hearts: The Great War, un título desarrollado por Ubisoft Montpellier (paradójicos creadores de la saga Tom Clancy) que parece gritar “no a la guerra” a cada momento con un cruce de historias trágicas ambientadas en la Primera Guerra Mundial. Otro juego con un fuerte componente antibelicista (a pesar de ser un shooter en tercera persona) es Spec Ops: The Line, que carga con el mensaje a partir de una narrativa fuerte y situaciones límite.

Call of Duty 4: Modern Warfare

En otra dirección tenemos Orwell, un juego en el que encarnamos a un operativo de Estado que controla las fuentes de vigilancia (cámaras, webs, blogs y redes sociales) del Estado para detectar posibles amenazas de seguridad nacional y defender así la población (o más bien la estabilidad del gobierno). Todo juego de temática orwelliana lleva en su interior un debate sobre la hipervigilancia y su peligro y/o utilidad. Y esto, de nuevo, es un posicionamiento político. La gracia que tiene Orwell es que te da la opción de no dar parte o toda la información al contacto del gobierno, o darla errónea, y así posicionarte en contra de los métodos propuestos por el Estado. Es, como mínimo, una idea interesante poder decidir en qué lado te encuentras y que el juego te invite a reflexionar por qué llegas a ciertas conclusiones. En esta misma línea tenemos juegos como Papers, please (en el que trabajamos como inspector de inmigración), la bilogía Beholder con nuestro trabajo para un estado totalitario o Not for Broadcast, y si indagamos un poco la lista se alarga sin demasiadas dificultades. El mundo del cine y el videojuego está lleno de distopías de este tipo. Recuerdo especialmente una película que exploraba el tema de la hipervigilancia y me incomodó muchísimo con su final, el título de la cinta es El círculo (dirigida por James Ponsoldt y protagonizada por Tom Hanks y Emma Watson) y se basa en un libro homónimo. A decir verdad, y a título personal, creo que este tipo de tramas deben incomodarnos y pretenden con ello que seamos críticos y reflexionemos sobre hacia dónde vamos como sociedad y si el camino que auguraba George Orwell es el más indicado.

Paseándonos por las redes sociales de amigas de una sospechosa en Orwell

Cambiando de tercio, nos dirigimos hacia el cyberpunk, y no me refiero a lo estético sino a lo que es realmente el género: una crítica absoluta al capitalismo caníbal en el que cada vez se ve más envuelto el mundo, incluida por supuesto la industria del videojuego, y las grandes corporaciones. No sé si os habéis fijado, pero la mayoría de juegos que llevan este tipo de crítica suelen ser desarrollados por estudios independientes, cosa que no me sorprende en absoluto. Este subgénero se centra en futuros distópicos con el sesgo social provocado por un capitalismo extremo y corrupto, la megatecnificación y el transhumanismo, motivos por los cuales se pregunta (no sin miedo) a dónde nos lleva todo esto. Por poner un ejemplo, Deconstructeam desarrolló The Red Strings Club. El juego, lejos de meterse en el fregado de cabeza, sí incluye pullas al capitalismo y pone en el punto de mira a las corporaciones empresariales. Desde mi punto de vista, uno de los mejores títulos cyberpunk es la saga Shadowrun, la cual empezó como un juego de rol en 1989 que fue adaptado a videojuego por primera vez en SNES en 1992. En 2013 se rescató la idea y a día de hoy tenemos la trilogía completa creada por Harebrained Schemes, que nos brinda tres titulazos de rol táctico con un trasfondo cyberpunk impecable cargado de complots, corrupción, grandes corporaciones, drogas y una estratificación social terrible. En cualquier caso, es un subgénero que, si queremos que nos diga algo, debemos mirar más allá de las luces de neón que se han puesto tanto de moda y asegurarnos de que el título en cuestión no se limite a la pura estética.

Como veis, cada decisión que toma un equipo en el desarrollo de un videojuego tiene connotaciones políticas. Cuando se decide el papel de las mujeres en una historia o cuando en Fire Emblem apenas te permitían tener relaciones homosexuales, como en tantísimos otros títulos (aunque han aumentado en número en su entrega para Nintendo Switch), también estaban lanzando un mensaje, pero creo que llegados a este punto me entendéis más que suficiente. Al final los videojuegos llegan al mercado para un público objetivo, cada uno con su ideología, que puede afianzar o desafiar con más o menos claridad nuestra forma de pensar. Es algo que nos parece evidente cuando se trata de cine o literatura, pero los videojuegos no son distintos y, desde mi punto de vista, no posicionarse nunca es una opción. Llegados a este punto, lo que presenta el juego no tiene un por qué ser necesariamente afín a la ideología de sus desarrolladores, pues ellos lo que hacen es presentarnos una historia y nosotras somos libres de interpretarla o posicionarnos de un modo u otro. Ejemplo de ello fue lo ocurrido con The Last of Us Part II o lo que podemos leer en las críticas negativas que recibió A normal lost phone, al cual se tildó de propaganda trans. Así que, al final, si la desarrolladora no dice nada abiertamente sobre el asunto en cuestión, somos las jugadoras las que adoptamos un posicionamiento político al reaccionar a ciertos productos. Y eso dice más de nosotras que de ellos.

Como sea, Jackie lo tiene claro

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