Agatunando la ciudad
Análisis de Little Kitty, Big City
30/05/2024 | Nix | No hay comentarios
Cualquier persona que tenga como mascota un gato sabe que, a pesar de lo que suele venderse de que son todo elegancia, agilidad y majestuosidad, en realidad son completamente idiotas y torpes. Y, para qué mentir, esa es una gran parte de su encanto. Por ello, es común encontrarlos en los videojuegos, tanto a modo de mascota como de coleccionable para acariciar, pero no es tan fácil verlos protagonizando su propio juego. O, al menos, no comportándose como gatos reales, con sus movimientos y manías. Y aquí es donde entra Little Kitty, Big City, demostrándonos que los mininos también tienen su lugar en las portadas.
La trama que nos encontramos en este juego es lo más gatuno que se le podría ocurrir a nadie. Nuestro gatete protagonista, mientras se echa una siesta en la ventana, se gira haciendo la croqueta y termina cayendo al vacío desde lo alto del edificio donde vive. Cosa que, si tenéis gatos, sabréis que sucede en cualquier superficie siestable y menos peligrosa, como mínimo una vez por semana. Por suerte, como buen minino que es consigue llegar sano y salvo al suelo, y ahí es donde comienza nuestra misión: regresar a casa. Para ello nos tocará explorar las calles de los alrededores, conocer a los diferentes animales que las pueblan y, en general, descubrir un poco cómo funciona el mundo fuera de las paredes de nuestra casa. Además de ayudar a nuestros vecinos peludos (o plumíferos) en sus problemas cotidianos en forma de misiones secundarias.

La mecánica principal de Little Kitty, Big City es, evidentemente, la de ser un gato. Para ello, podremos ir pegando saltos, maullando efusivamente, empujando cosas con la pata derecha o la izquierda, dependiendo del gatillo (je) del mando que utilicemos, o haciendo tropezar a los humanos metiéndonos entre sus piernas. Cada cosa tendrá su motivo, siendo el principal el hecho de volver a casa, y por ello nos tocará ir buscando peces para comer y así poder dedicarnos a trepar por enredaderas para poder alcanzar la altura de nuestro piso. Aparte, también nos podremos dedicar a cazar pájaros y liberarlos tras quedarnos con una de sus plumas, que nos servirán para ir desbloqueando las alcantarillas de viaje rápido a las que nos dará acceso un mapache. Para ello tendremos que entretener a los pájaros ofreciéndoles pan, un bocadillo o un donut, y nos tocará conseguirlos a base de tirar a humanos al suelo. Pero solo los que tienen comida en la mano, porque también nos encontraremos a algunos que nos sacarán fotos, otros que nos acariciarán y otros a los que podremos robarles el móvil. No me juzguéis, es sólo para ayudar a una amiga.
Si hay una cosa que da jugabilidad extra en este título son, sin ninguna duda, los coleccionables. El simple hecho de tener que explorar cada rincón en busca de objetos brillantes nos entretendrá durante un par de horas extra que, en un título tan cortito que podemos acabarnos en dos o tres horas, se acaba agradeciendo. Pero no os penséis que esos objetos brillantes son la meta, sino que gracias a lo mucho que le interesan a un cuervo, podremos intercambiarlos por gorritos simpáticos y variados para ponerle a nuestro gatete, como un plátano, un tiburón o un sombrerito de bruja. Y no solo podremos conseguirlos así, sino que también habrá varios que solo se podrán encontrar buscando en la zona adecuada del escenario. Por supuesto, no os creáis que esto será una tarea sencilla, porque dependerá muchísimo de las mecánicas principales para poder llegar a cada uno de esos lugares, lo que nos obligará a hacer backtracking para poder alcanzar esa cosa que parecía estar escondida en lo alto de un balcón, pero que no sabíamos muy bien cuál era el camino a seguir.

Una de las decisiones de diseño que más me gustan es la de utilizar un apartado artístico con tanta simpleza en sus modelados, para que lo que más destaque en todo momento sea, precisamente, cómo se mueve nuestro gato. Las texturas y colores planos o con sombras sencillas se vuelven completamente reconocibles en su lugar, mientras el minino ocupa siempre el centro de la visión, pudiendo reconocer cada movimiento, cada gesto y cada animación como algo que veríamos en cualquier gato real. Además, esa simpleza ayuda a difuminar ese realismo de las animaciones cuando nos toca interactuar con otros animales, añadiéndole una comicidad a sus personalidades que no podría existir con un estilo más realista. Eso sí, tened claro que os vais a encontrar tantísimo humor y tantos chistes a costa de las cosas raras que hacemos los humanos a ojos de los animales, que os vais a encontrar riéndoos en los momentos más aleatorios. Y es que ver a un pato jugando al Street Fighter no es algo que suceda todos los días.
Little Kitty, Big City es un perfecto heredero de la fórmula de juego amigable pero vacilón de Untitled Goose Game. Consigue hacer que, aun con unas mecánicas sencillas, nos planteemos diferentes estrategias para tratar de conseguir todos los coleccionables y descubrir todos los secretos, porque ante todo queremos saber quién es toda esa gente (o más bien, animales) que podemos ver desde la ventana de nuestra casa. Y es que, como todo el mundo sabe, la vida gatuna es muy dura.
I run on coffee, sarcasm and lipstick. Hace años le vendí mi alma a Bioware y me convirtieron en la Shadow Broker. Tengo un papelito que dice que soy N7, pero no quieren darme mi propia nave. Me gusta llevarle la contraria a la gente y por eso soy una Inquisidora enana y pelirroja.

