Hace unos días, a través de una serie de acontecimientos sucedidos en las redes sociales, comentaba con unos amigos las situaciones a las que se enfrenta una mujer cuando accede al mundo del videojuego. Todos nos sorprendíamos —para mal— de las palabras y actitudes de cierto sector que con sus ideas retrógradas y blandos argumentos trataban de vedar el acceso a los videojuegos a la mujer o justificaban el mal trato que llegan a recibir aludiendo a cuestiones tan absurdas como el tiempo, la costumbre, el mercado o incluso la revolución francesa —que qué tendrá que ver si aún no hemos sacado las guillotinas—.

Al hilo de esta cuestión surgió la eterna frase que siempre me ha hecho sentirme un bicho raro en lo que a malas experiencias en el mundo femenino se refiere. No es que me queje de mi situación, al contrario, doy gracias por no haber tenido que aguantar muchas cosas, pero en cierto sentido eso también hace que no me sienta con derecho a protestar por algunos aspectos, que no me sienta con derecho a quejarme o a opinar sobre asuntos que, hasta ahora, no creí que me concerniesen.

Y es que nunca he sufrido discriminación en el mundo de los videojuegos por ser mujer. Nunca me han acosado, ni insultado, ni humillado o menospreciado. Nunca en un juego he tenido una experiencia negativa sólo por mi género. Nunca el ser mujer me ha llevado a una experiencia traumática. Y por eso mismo me siento como una intrusa cuando se hablan de estas cuestiones que sé que existen y se sufren a diario.

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Seguro que con Tiny Tina nunca se han metido tampoco…

 

Sin embargo, hay un matiz en esta frase, porque efectivamente, nunca he sufrido discriminación en el mundo de los videojuegos por ser mujer…

…pero nunca he usado un nickname que explicitase mi sexo.

Porque todo aquello que incluyese en mi nombre “chica”, “girl” o cualquier adjetivación femenina suponía una intención directa de señalar que era mujer y eso sería entendido como una invitación a ligar. Del mismo modo, en conversaciones jamás he sacado a relucir mi género y nunca he hablado de mí misma como si fuese mujer. Porque desde siempre he entendido que señalar mi sexo se interpretaría como una invitación al flirteo, como un indicador de que estoy abierta a que alguien muestre interés por mí.

…pero nunca he sido “demasiado” simpática con ningún chico que supiese que era mujer.

Ni tampoco he mantenido conversaciones personales con gente que he conocido dentro de un juego. Porque la simpatía y hablar de parejas, ex parejas, problemas personales o sentimentales siempre se interpretaría como una invitación a entrar en mi vida, formar parte de ella. ¿Y qué chica te invita a entrar si no es porque quiere algo?

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The Last of Us, así se sentía entrar en un ciber. Título incluído

…pero me han juzgado simplemente por llevar un personaje femenino.

Sin saber mi género, sin saber nada de mí más que el personaje que manejo, ha habido quienes me han insultado o alabado por ser mujer —no yo, ojo, mi personaje—. He recibido regalos y atención extra o menosprecio e insultos no por quién soy yo, no por mis habilidades, ni por mis palabras. No, he sido juzgada a través de un personaje y su sexo.

…pero me ha dado rabia que un juego que me gustaba no tuviese personajes femeninos.

Lo reconozco, siempre me ha encantado jugar con personajes femeninos. Es mi punto débil, me gusta jugar y me gusta hacerlo con mujeres. Desde luego no hay juego que deje sin probar simplemente porque el personaje protagonista sea un hombre. Sin embargo, sí me he llevado grandes decepciones sobre todo en casos en los que se puede elegir con qué personaje jugar al ver una carencia —total o parcial— de personajes femeninos. Desde la nula presencia de mujeres en algunos títulos, hasta el desequilibrio total que se da en muchos juegos con selección de personajes, la presencia —más bien ausencia— de mujeres en los juegos siempre me ha generado cierta tristeza.

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Clara, Watch Dogs

Con esto, lo que quiero señalar es cómo muchas mujeres interiorizamos una serie de pautas, de normas y de conductas “preventivas” que nos protejan de posibles malas experiencias dentro del entorno de los videojuegos. Del mismo modo que se aconseja a las chicas que no vayan solas, que no lleven tan corta la falda, no vaya a ser que alguien les haga algo. Del mismo modo que se educa a las posibles víctimas para que se “protejan”, en lugar de educar a los posibles agresores para que no agredan. Así yo —y quizás muchas otras—, he interiorizado lo que no tengo que hacer, como si romper alguna de estas normas conllevase unas acciones negativas que serían responsabilidad mía.

Asumimos también que hay situaciones inevitables, que la poca visibilidad femenina o la carencia de mujeres relevantes dentro de los videojuegos es un hecho. Que quejarse es ir en contra de lo establecido, “meter ruido”. Igual que se pretendía que asumiésemos en los orígenes que los videojuegos no eran un producto para las mujeres. Igual que nos educan para que los coches y los Action Man sean productos para un género que no es el nuestro.

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Kinzie, Saints Row

De manera preventiva he sido víctima de mí misma por no serlo de otros. Porque se nos ha dicho que, si hacemos algunas de las cosas anteriormente mencionadas, será culpa nuestra que nos acosen, que nos agredan, que nos insulten, que nos discriminen… Todo mi paso por el mundo de los videojuegos ha sido con la cabeza gacha, ocultando mi género, parte de mi identidad, por no llamar la atención, por no atraer situaciones indeseadas. Como si fuese culpa mía, he aceptado que “así son las cosas”, que “hay que prevenir”. Y he aceptado que yo no he sido una víctima de la discriminación, del machismo en los videojuegos.

Por eso yo nunca he sufrido discriminación en el mundo de los videojuegos por ser mujer…

…pero quizás esa frase no es del todo cierta.

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