Dios ha muerto. O al menos eso nos dijeron Nietzsche y un puñado de señores de bien el siglo pasado cuyos discursos ya huelen un poco a naftalina. Hoy en día, la fe divina se desmorona, la ciencia se ha convertido en la nueva religión del mundo, y (casi) todos hemos aceptado que nuestra muerte no nos llevará a un paraíso de ensueño, sino a un cut to black digno del final de “Los Soprano” donde después de ahí no hay nada.

En los últimos años, esta ciencia todopoderosa que quiere llegar siempre más y más allá me ha demostrado, contradictoriamente a lo que predica, que Dios existe. Y no precisamente el Dios que entendemos en Occidente, asociado indisolublemente al cristianismo, sino Dios como concepto de ente indefinido superior, diseñador de mundos y de vida. ¿Y quiénes han sido los responsables de esta epifanía divina? Nada más y nada menos que los juegos procedurales, y para concretar, “No Man’s Sky”

Tracemos la analogía y pongamos, como he dicho, el ejemplo de “No Man’s Sky” para que todo se entienda mejor (porque todo, absolutamente todo, desde el origen del universo a la complejidad de la psique humana se entiende mejor cuando metes a Sean Murray en la ecuación). “No Man’s Sky” es un videojuego diseñado por Hello Games que soñó lo imposible: crear todo un universo vivo a través de un algoritmo matemático. 

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Fuente: Hipsthetic.

La aleatoriedad del cosmos hecha videojuego, con ciertas licencias, claro: como diseños predeterminados combinables que crearon deformidades vivas dignas de la mente de Lovecraft y los sueños húmedos de los jugadores de Spore, o recursos geológicos limitados que generaban una y otra vez el mismo escenario con ligeras variaciones aquí y allá, como santuarios alienígenas de escaso interés real o estaciones espaciales que, una vez habías visto una, las habías visto todas. 

En definitiva, un mundo diseñado por nadie que repetía patrones e intentaba recrear millones y millones de estrellas basándose en ese principio matemático del caos tan asociable a cómo se supone que se formó el universo. No podemos negar que el resultado posiblemente sea el que más se ha acercado a la realidad, pero a nivel de diversión y jugabilidad, esta misma realidad nos llevó a mundos terriblemente repetitivos, anodinos, y muy alejados de la belleza y riqueza que sí hemos encontrado en los paisajes de nuestra propia Tierra y el universo explorado. La inmensidad de “No Man’s Sky” fue su perdición, y lo que le hizo pasar de obra maestra a “experimento interesante para pasar un rato”. 

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“Sean, quiéreme, soy tu hijo”. Fuente: Vice.

En la delirante comedia de Douglas Adams, “La Guía del Autoestopista Galáctico” y su más que reivindicable adaptación cinematográfica protagonizada por Martin Freeman y Zooey Deschanel, descubrimos en su final que, SPOILER ALERT, la Tierra ha sido diseñada por una raza de seres especializados en la creación de planetas. De hecho, hasta se habla de cómo uno de los trabajadores de esta curiosa empresa ganó un premio por los Acantilados de Moher, en Irlanda, hasta ahora una auténtica obra de arte de la naturaleza aleatoria o de, quién sabe, algún diseñador inspirado.

La belleza de nuestro mundo y aquella que hemos encontrado en el universo nos está gritando que esto no es fruto de la casualidad, que aquí no ha existido ningún patrón aleatorio ideado por el infame Sean Murray, sino que estamos ante un diseño profundamente inteligente, cuidadosamente estudiado y confeccionado por unas manos capaces de crear maravillas tales como esos acantilados irlandeses o las praderas del Hyrule de “The Legend of Zelda: Breath of the Wild”

Cada piedra, cada brizna de hierba del magnífico juego de Nintendo tiene una intencionalidad, un propósito, y ha sido ahí colocado porque un ser pensante y creativo creyó que, de esa manera, el paisaje que compondrían todas esas piezas alcanzaría una viveza mucho más cercana a la que experimentamos en nuestro mundo. Y así ha sido. Este nuevo Hyrule es la octava maravilla que andábamos buscando: un mapa de una belleza stendhaliana para recorrer sin las ataduras de las interfaces de pantalla. Como el niño Miyamoto en su infancia, correteando por los bosques que le llevarían a crear el primer Zelda, un videojuego que pudiera traducirse en aventura pura. Donde en cada recoveco de pantalla pudieras encontrar un lago o un inesperado camino cuyo fin nos llevaría a una cueva, aquella en la que encontramos a un sabio anciano que nos dará la espada con la que aventurarnos en esas tierras salvajes, porque ya sabes lo peligroso que es ir solo. 

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Fuente: MetroUK.

Entonces, ¿cuál es el camino a seguir? ¿El diseño inteligente que nos coloca en una posición divina? ¿O la aleatoriedad matemática del universo que defiende la ciencia y todos hemos aceptado como cierta? A día de hoy, la tecnología disponible nos ha demostrado que nuestros mundo aleatorios aún son un experimento imperfecto que no acaba de cuajar, como una especie de Valle Inquietante paisajístico. Somos como los primeros ensayos fallidos de Dios, a la espera de tener disponible los medios para crear mundos que alcancen la grandeza de aquellos diseñados a mano por nosotros mismos, fruto de nuestra experiencia en nuestra Tierra.

Y esta inquina mía con “No Man’s Sky” no va a dirigida a todos los videojuegos procedurales; los hay que han utilizado magníficamente sus herramientas para conseguir lo que ningún humano podría haber diseñado. Hablamos de videojuegos de niveles cerrados como “The Binding of Isaac” o “Tumbleseed”, que no cuentan con la osadía de generar millones de mundos, sino pequeñas habitaciones o pantallas limitadas. Podríamos resumirlo en que la problemática reside en la reproducción de la naturaleza, de supuestos patrones aleatorios que ponen a las matemáticas como auténticas creadoras de mundos, y no el artificio de un ser creativo.

Como nos plantea la ciencia ficción, de la más barata a la más elevada (ambas buenas por igual), si nosotros hemos sido capaces de recrear mundos, de dar vida a través de la Inteligencia Artificial (sé que falta poco, lo sé), ¿qué nos separa ya de Dios? ¿No lo somos nosotros ya? ¿Es un Dios Miyamoto? ¿O Aonuma? Ahora mismo, si he de elegir entre la aleatoriedad de la ciencia procedural o estos locos bajitos japoneses, elijo a Dios, el diseñador todopoderoso.

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Fuente: Forbes.

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