Empiezo este artículo y lo hago sin rodeos ni medias tintas: con una declaración de amor. No quiero que haya lugar a equívocos aquí, ni que nadie se piense que he meditado demasiado lo que voy a escribir o que voy a intentar justificar mi cariño desmedido hacia este sistema, símbolo de una generación, con palabrería técnica que adorne lo evidente. Porque yo he venido aquí a taladraros con mis historias de forma totalmente parcial y subjetiva.

Empiezo pues, ahora sí -ya he dicho que no he meditado esto mucho, perdonadme el desorden-, y me lanzo por una resbaladiza pendiente que debe llevar a principios de los años 90, aproximadamente, cuando amanecía la era de los 16 bits. Retrocedo en el tiempo porque quiero hablaros de la Súper Nintendo, sí, pero de mi Súper Nintendo, la que le trajeron los Reyes a mi hermano mayor unas navidades de 1992 (¿o fue 1993?) cuando yo contaba apenas cinco o seis años. Esta consola que entró en casa de forma ladina, sin yo saber muy bien qué esperar, recelándola incluso (¿no se supone que era más guay la otra, la que tenía al bicho azul que corría súper rápido?), es probablemente la razón de que yo ahora mismo esté escribiendo esto donde lo estoy escribiendo. Con ella aprendí, sin apenas darme cuenta, todo lo que a día de hoy considero significativo de los videojuegos. Como por ejemplo, lo importantes que son para mí.

Cuando llegó la Super Nintendo ya teníamos una consola en casa, la Game Boy primigenia con su Super Mario Land y su Tetris de rigor. No solo eso, sino que algunos de nuestros amigos ya contaban con una sobremesa en el salón. Una NES por aquí, una Mega Drive por allí, pequeñas catas de un mundo que a mí se me antojaba mágico e inalcanzable. Anhelaba el momento de ir a casa de esos niños a sentarme en un rincón discreto mientras ellos, los mayores, colocaban el cartucho en su lugar correspondiente (Super Mario Bros 3, a lo mejor, o quizá Sonic The Hedgehog dependiendo de dónde estuviéramos) y le daban al “on”. Se hacía la magia en la tele, luz y música. Los dibujos se movían a tu antojo, saltaban contigo y morían contigo al toque de un botón. Pero lo más alucinante era que todo eso pasaba en la pantalla de la televisión. Era misterioso, sorprendente y magnético, así que podía pasarme la tarde mirando y no pensaba ni en tocar el mando. El juego en sí, como producto, como experiencia narrativa, ya era más que suficiente para mí por aquel entonces.

Hace meses que escribí en esta misma página sobre la fascinación que desde siempre me han despertado los videojuegos, así que no me detendré mucho más sobre ello. Lo que vengo a decir es que la idea de tener una consola guay en casa, de las que se conectaban a la tele y tenían monigotes en color, me parecía casi un sueño. Y de pronto esas Navidades ahí estaba la Super Nintendo, con su mando redondito, sus botones de colores y su Super Mario World (todo era súper en esta época porque vale, lo de antes había estado bien, pero ahora venía the real deal y te tenías que mentalizar). Así empezó una historia, la mía con esta consola, que se debió repetir en múltiples hogares españoles a lo largo de esos años: los madrugones para jugar mientras la casa estaba en silencio, las tardes enteras apalancada con mi hermano y sus amigos para ver cómo jugaban, el alquiler de juegos, el realquiler de juegos, el adaptador que te daban para ese juego de Bola de Drac que estaba en japonés pero ¡madre mía, es que podías luchar con Goku y convertirlo en Súper Guerrer! Picarte con otros niños de la clase porque tenían la Mega Drive (el bicho azul no molaba tanto después de todo), jugar a que eras Mario o Sonic en el recreo, pedir más juegos a los Reyes a ver si había suerte. Todo un despliegue de anécdotas impulsadas por el combustible de la imaginación infantil, historias que al final nacían y morían en el mismo sitio: tu consola de sobremesa de 16 bits.

Es imposible no tenerle un cariño especial a tu juguete favorito y yo siempre he sido muy consistente en mis gustos. Los videojuegos son una de las cosas que más feliz me hacen desde que tengo memoria, así que no es de extrañar que la Super Nintendo ocupe un lugar privilegiado en mi corazoncito nerd. Tengo recuerdos especiales y anécdotas de cada uno de los juegos que pasaron por casa, ya fueran nuestros, prestados o alquilados. Super Mario World es especial, porque fue el primero y porque es una obra maestra. Un juego consistente a todos los niveles, bonito, original y el pilar de todo un género. La mejor parte era descubrir las rutas alternativas y acabar en el Mundo Estrella sin saber cómo habías llegado allí; la peor, el puñetero Bosque de La Ilusión. A quién se le ocurre, Miyamoto.

A F-Zero le dediqué muchas horas y lo acabé adorando, pero es el juego que me proporcionó mi primer rage quit. Cuando lo jugaba mi hermano de trece años parecía tan fácil, así que yo con mis seis me empeñé en coger el mando. Fallé miserablemente y convertí el coche en una pila humeante a los dos segundos, así que me puse a llorar y decidí que iba a odiar los coches para siempre. Por suerte con el tiempo se me acabó pasando y llegué a ganar el Grand Prix.

Más juegos de coches: Top Gear. El juego que jamás habría pedido a los Reyes pero que llega a casa porque tienes un hermano que adora los coches, y que acabé poniendo una y otra vez solo porque me flipaba la música. Jugar estaba bien, pero era difícil y ya había tenido bastante con F-Zero. Otro juego que, por cierto, tenía musicote. Recuerdo grabar en cintas de casette la banda sonora de Big Blue directamente de la televisión, utilizando el micrófono de mi radiocaset de plastiquete. No me preguntéis cómo podía siquiera sonar reconocible, pero el caso es que funcionaba.

Después llegó Super Mario Kart, uno de los últimos juegos que cambiamos, precisamente por Top Gear, que ya nunca volvió (lo siento, viejo amigo). Super Mario Kart fue revolucionario, aunque esto ya lo sabíais. Se trataba del juego de carreras más loco, injusto y condenadamente divertido que nadie había probado hasta la fecha. Como todo lo que hace Nintendo y en especial todo lo que lleva el sello Mario, era un juego impecable. Cuando conseguimos desbloquear la Copa Especial y posteriormente logramos el oro en todas las pistas a 150cc, no nos lo podíamos creer. La CPU era una auténtica pesadilla y los ítems que utilizaba como arma arrojadiza, del todo injustos. Si no querías sufrir de lo lindo mejor evitar a Peach y Toad como rivales, sus champiñones venenosos eran la llave de las puertas del infierno.

Como además también me gusta hacer las cosas un poco al revés, tengo que hacer mención especial a Super Star Wars, el juego que me descubrió la saga de George Lucas y el responsable último de que me acabara volviendo fan incondicional de Han Solo. Cuando mi hermano llegó a casa con un cartucho de un juego llamado La Guerra de las Galaxias lo recibí con desprecio, pensando que iba a ser un juego aburridísimo de naves. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme con ese metroidvania apasionante, condenadamente difícil y plagado de personajes extravagantes y misteriosos (el grito de los jawas al morir me pereguirá hasta el fin de mis días). A tales cotas llegó mi obsesión con ese juego que, cuando meses después de empezar a jugarlo emitieron en la tele el Episodio IV, yo no hacía más que gritarles a mis padres, llena de asombro, que todo era exactamente igual que en el videojuego. Supongo que debieron plantearse toda esa movida de la paternidad unas cuantas veces aquella noche.

Si tengo que hablar de juegos de lucha no puedo olvidarme de Super Street Fighter II Turbo (venga ahí), el juego que nos dejó no sé qué amigo y que a mi padre no le gustaba un pelo porque decía que era demasiado violento, ni de Dragon Ball Z: Super Butoden 1 y 2. Los juegos de Dragon Ball me tuvieron obsesionada muchísimo tiempo, enganchada al modo historia y fascinada con la idea de poder manejar a mis personajes favoritos en un combate que parecía sacado de la misma serie. Sí, tuve una fase de dibujar a Son Goku siempre que cogía un lápiz y de soñar con aprender el Kame-Hame-Ha, ¿cómo no iban a volverme loca sus juegos? Nunca llegamos a tenerlos, pero yo creo que en el videoclub todavía se acuerdan de mi cara.

Hablando del videoclub, durante unas semanas el único juego que pedía, una y otra vez, era The Magical Quest. Se trataba de un juego de Mickey Mouse ambientado en paisajes de fantasía, en el que además podías conseguir disfraces para Mickey que le daban poderes. Estaba el disfraz de mago, el de bombero (el mundo de la lava que no falte) y el de montañero. Este juego lo recuerdo con muchísmo cariño y una cierta nota de desasosiego. Para mi yo de ocho años este juego tenía un tinte un poco ominoso, quizá por la música o los escenarios, que lo hacía diferente a otros plataformas de este tipo. Algún día lo volveré a jugar.

No quiero cansaros con una lista de juegos interminable así que pasaré de puntillas sobre Stunt Race FX y Starwing, conocido fuera de Europa como Star Fox. De estos dos tengo que decir que, si bien no me gustaba jugarlos porque eran dificilísimos, frustrantes y feotes, me alucinaba a todos los niveles que fueran en 3D. ¡Mi consola de 16 bits tenía juegos en 3D! Hoy en día sé que esto era posible gracias a los chips especiales que llevaban los cartuchos de Super Nintendo y que permitían amplificar las características de la consola, pero en aquél momento parecía ciencia ficción.

A pesar de que dejamos de adquirir juegos para la Super Nintendo poco antes de que yo entrara en la adolescencia, seguí jugando a sus juegos hasta mucho después gracias a los emuladores. De hecho los sigo jugando, para qué nos vamos a engañar. Así fue cómo conocí The Legend of Zelda: A Link to the Past (nunca llegamos a tenerlo en casa), Terranigma y Chrono Trigger. Estos dos últimos siguen siendo mis juegos favoritos a día de hoy, y siempre que quiero relajarme y no pensar en nada me los pongo un rato. Super Nintendo fue la consola que asentó el género de los JRPG de manera indiscutible. Final Fantasy VI, Secret of Mana, Tales of Phantasia, Super Mario RPG, Earthbound, todos títulos que siguen saliendo en cualquier lista de mejores juegos de la historia y que probablemente nunca dejarán de defender su merecido puesto en ellas.

Para el final, me he reservado mi juego preferido de los que aún conservo en físico, Super Mario World 2: Yoshi’s Island. De todos los juegos que pasaron por mis manos aquellos años éste es mi ojito derecho por muchas razones. La primera, porque fue el primer juego de Super Nintendo que pedí para mí y que por tanto fue legítimamente mío. La segunda, porque es probablemente el juego al que más horas le he echado y el único plataformas en el que he desbloqueado todos los secretos y logros. La última, y no menos importante, porque es un juegazo como la copa de un pino. Desde el arte hasta la jugabilidad, pasando por la música, el diseño de personajes y niveles y la curva de dificultad, todo, es absolutamente sobresaliente. Llegó tarde, cuando la consola ya empezaba a despedirse, pero fue uno de los más importantes de su generación y sin duda uno de los más importantes para mí.

Llegamos pues a 30 de septiembre de 2017 y me encuentro de pronto escribiendo este artículo con una SNES Mini al lado, llena de nostalgia y pensando en mi vieja Super Nintendo, la original, guaradada en un armario de la casa de veraneo. Ya ni siquiera se enciende, el plástico se le ha amarilleado con el tiempo y uno de los mandos tiene los botones L y R derretidos por dejarlo una vez demasiado cerca de la chimenea, pero las emociones que una vez inspiró siguen intactas. Ayer volví a sentirme como una cría cuando encendí mi nueva SNES Mini y empecé a desplazarme por el menú de juegos, maravillada. El primero que abrí fue Super Mario World, claro. La fuerza de la costumbre. Y una vez más pude jugarlo como lo hacía cuando era pequeña, sentada en el suelo del salón con un cojín en el culo, la consola delante de la tele y el mando serpenteando hasta mi mano. Ahora soy bastante más hábil pero tengo menos aguante: a la media hora ya me dolían el culo, la espalda y la cabeza. Por supuesto no hice ni caso de estas incomodidades y me dediqué a probar todos los juegos que pude antes de tener que apagar por agotamiento. Los RPG, que son la guinda en el pastel porque nunca tuve los cartuchos, los dejé para otro día.

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Mirad mi SNES Mini, qué bonita es <3

La Super Nintendo, pues, ha demostrado ser atemporal. Lo ha hecho en repetidas ocasiones, pero hoy más que nunca con su versión Mini, capaz de rescatar sensaciones concretas que ningún otro sistema podría invocar de forma tan genuina. Sé que no ofrece nada nuevo, no es revolucionaria en ningún sentido, no te vende nada que no puedas tener si te descargas un emulador y conectas un mando. Aunque miento, hay una cosa que sí ofrece y que no podrías tener de ninguna otra manera: un viaje en el tiempo marca de la casa. ¿No os parece suficiente?

Nintendo ha conseguido lo que ya hizo con la NES y quería repetir con la SNES: que siga siendo, para siempre, nuestro juguete favorito.

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