Resident Evil 2: As long as we stick together, we’ll be fine

Resident Evil 2: As long as we stick together, we’ll be fine

Piensas en Resident Evil 2 y ¿qué te viene a la mente? Virus. Zombis. Bichos muy feos. Gente con un pelo estupendo. Y sí, es todo eso. También es un juego que genera muchas emociones, desde miedo y tensión, pasando por angustia y todo un carrusel de sensaciones que nos produce estar en una ciudad como Raccoon City, donde hay más muertos que vivos y absolutamente todo te quiere matar.

Sí, es eso. Pero son otras cosas las que queremos contar.

Escenario A: el de la fan novata

Os voy a contar un secreto: los videojuegos de terror, en una escala de 0 a 10, me gustan algo así como un -50. Y no me gustan porque soy… miedosa. Impresionable. Que me cago la pata abajo, vamos. No me importan los enemigos “chungos”, ni me estresa gestionar el inventario, o quedarme sin balas justo cuando me está acechando un monstruo de cinco cabezas y zarpas de uñas enormes que me deja seca en cuanto me roza (en estos casos asumo mi torpeza, me encojo de hombros y recargo partida, y ya lo haré mejor la próxima vez).

Lo que a mí de verdad me agobia, lo que me da ganas de salir corriendo y me provoca microinfartos que no creo que mi corazón agradezca mucho en el futuro, es precisamente lo que, a mi parecer, contribuye mucho a que un videojuego de terror se convierta en un BUEN videojuego de terror: la ambientación.

claire

La música. Los juegos de luces y sombras. Los efectos sonoros (esos pasos que oyes en la distancia, el chirrido de una puerta, la gotera que suena cerca pero no sabes exactamente dónde, el crujido de la madera encima de tu cabeza). Estar en tensión constante me pone ansiosa; lo paso mal y no disfruto nada en absoluto. Esto implica que partidas de juegos como Amnesia o Alan Wake me hayan durado el sorprendente total de diez minutos: lo que tardo en entrar, angustiarme profundamente y desinstalarlo.

Y, teniendo en cuenta lo que digo, ¿qué hago escribiendo un artículo de Resident Evil? Bueno, pues ahí está la parte bonita.

Llevo ya unos cuantos años siendo gamer. Bastantes. Pero es desde hace relativamente poco tiempo cuando he empezado a tener la oportunidad de compartir mi amor por este mundo con otra gente que es tan fan como yo, o incluso más.

A algunas de mis mejores amigas las conocí gracias a los videojuegos: Assassin’s Creed y Mass Effect nos han unido en las alegrías y en las penas, en los DLC y en los bugs, hasta que el próximo juego exclusivo nos separe. Hemos pasado HORAS hablando de esta afición en común: de nuestras partidas, modos de juego, bandas sonoras, guiones cutres y geniales. “¿Y tú a quién te llevas en el grupo?”, por qué los sandbox no nos motivan, las ventajas de un biótico frente a un soldado, por qué empezar un RPG con un mago siempre es el bien. Pero también de cosas “menores” como por qué los trajes informales son tan feos, por qué Kaidan es tan bello y qué porcentaje de presupuesto se destinó al pelazo de Leon S. Kennedy.

Es esta parte, la de poder compartir, y chillar juntas, y pasarnos audios por WhatsApp de cerca de un cuarto de hora contándonos detalles del lore del videojuego de turno, la que a mí me hace más feliz.

Por esto mismo he jugado al remake de Resident Evil 2.

Porque ellas son fans de siempre. Han jugado a todos los juegos, visto las películas, escrito fanfiction. Y siempre que hablaban de Claire y Leon y Ada y Chris y Jill con esa emoción y ese obvio cariño que le tienen a los personajes, yo me reía un poquito de ellas por ese amor sin medida pero también pensaba “Jo, quiero compartir eso”.

Y así es como alguien que lleva Miedosa por apellido acaba jugando a un videojuego de zombis, de noche, en una comisaría arrasada, mientras un señor enorme con fedora y gabardina antibalas te persigue, incansable. No voy a mentir: ¡No me ha resultado fácil en absoluto! Ha habido partes en las que me quedaba más de un cuarto de hora en la sala de guardado porque oía los pasos de X retumbando cerca de mí, y cada vez que asomaba la cabeza a la puerta (cuando él se alejaba un poco) me encontraba con tres zombis, dos lickers y unas posibilidades de supervivencia bastante bajas. Pero el esfuerzo ha merecido la pena. Oh, vaya si ha merecido la pena.

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Porque me he enamorado de lo inocente-pero-no-tonto y bueno que es Leon. De la relación de Sherry y Claire. De lo reina de todo que es Ada. De la familia que creas sin que haya lazos de sangre de por medio. De gente que se mueve en escalas de grises. De curarse heridas, darse ánimos, ser positivos ante lo que está por venir. De que al final amanece.

Y entonces me dije “Ah, así que era esto lo que veían”. Y sí, lo entendí.

Lo curioso es que, aunque me ha costado bastante, he acabado superando un poco ese miedo inicial que me daba. Sí, la tensión está ahí, y la angustia, y las ganas de soltar el teclado y salir corriendo cuando el juego utiliza maravillosamente bien esos recursos que he comentado antes (los sonidos, la música, la luz, LOS SUSTOS). Pero el miedo es menos miedo cuando tienes después gente con quien comentar la jugada, que solo se ríen de ti si tú también lo haces, y que no te juzgan por jugar una partida a velocidad tortuga porque necesitas guardar 97 veces para sentirte segura.

Sí, lo de que este Resident Evil sea un gran juego y un magnífico remake es importante, sí. La jugabilidad, el ambiente, el saber gestionar tu munición para que no te encuentres con un cuchillo como única arma en el momento más inoportuno, el backtracking y la progresión de la historia, también.

Pero lo mejor, lo mejorcísimo de todo, es lo otro.

La cantidad de veces que puedes decir “qué bonico es Leon” sin que te llamen pesada, o que el montón de memes maravillosos de Mr. X aumente cada día que pasa.

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Esa es la parte que te hace feliz de jugar a un juego en el que hay monstruos y mucha gente a la que se le cae la carne a trozos.

La que compartes.


Escenario B: el de la fan de siempre

La nostalgia es una espada de doble filo, porque tiene las mismas posibilidades de arruinarte una experiencia que de envolverla en algodoncitos, según cómo se gestione. Nos aferramos a los recuerdos de nuestra infancia porque son una especie de refugio de todo lo malo que nos haya podido pasar a lo largo de los años, una especie de lugar seguro y familiar al que regresar siempre.

La comisaría de Raccoon City es para mí ese sitio.

Tengo tantos recuerdos bonitos asociados con ese edificio, con todo lo que es el conjunto de Resident Evil 2, que la mejor forma que he encontrado estos días de expresar la sensación que me ha embargado al pasear de nuevo por sus pasillos es que tengo puesto un filtro de corazones con este juego que ha anulado cualquier efecto aterrador del mismo.

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Esos recuerdos están ligados al juego en sí y lo que me ha transmitido desde que lo jugué en su 1998 original; pero van más allá y trascienden el producto como tal. He hablado de esto ya alguna vez, pero Resident Evil 2 me resulta tan especial por muchos motivos; y uno es que tiene una relación directa con mi padre, que falleció hace unos años. Fue él quien trajo a Claire y a Leon a casa después de mucho insistir, fue con él con quien di mis primeros pasos en Raccoon City y Resident Evil fue siempre esa saga que ambos compartimos (incluso cuando él ya no jugaba prácticamente a nada).

También fue una constante en mi infancia, cuando jugaba codo con codo con mi prima y, en vez de inventarnos que éramos los Power Rangers o las Sailor Moon, nosotras éramos Claire, Leon, Ada y compañía.

Y, a día de hoy, conozco a algunas de mis mejores amigas gracias a Resident Evil. Se hablaba entonces de que los videojuegos te aislaban, incluso hoy en día solo entendemos el videojuego como algo “social” cuando son multijugadores o cooperativos. Pero esa no ha sido nunca mi experiencia, porque los videojuegos siempre los he compartido con mi familia y con amistades. Algo gracias a lo que he hecho grandísimas amigas, personas que a día de hoy son imprescindibles para mí.

Con este Resident Evil 2 reimaginado, no solo ha sido como vivir un sueño realidad; también ha rescatado de nuevo todas esas emociones y recuerdos que tenía asociadas al juego y los ha multiplicado. Porque ahora he podido vivir toda la experiencia con mis amigas desde el inicio. Hace unos meses incluso viajé adrede hasta Madrid solo para probar la demo. Jugué cinco minutos y lo olvidé todo al instante de la adrenalina que llevaba encima, pero la emoción de estar allí con mi amiga no la cambiaba por nada del mundo.

Y de eso va un poco (mucho) Resident Evil 2 si nos ponemos metatextuales: de encontrar una familia en el camino, de que es mejor buscar apoyo en otras personas en cualquier situación, lejos de cualquier cinismo barato.

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Del mismo modo que Claire, Sherry, Leon y Ada se ayudan en su aventura terrorífica por Raccoon City, mis amigas y yo comentamos lo que nos ha ocurrido y nos intentamos echar una mano en las encrucijadas complicadas, cuando tienes una visita sorpresa de Mr. X en un pasillo ya ocupado por varios lickers y algún que otro zombi despistado. Igual que Leon y Claire se animan mutuamente cuando sus caminos se cruzan, nosotras hacemos lo mismo cuando una se ha quedado atascada en una habitación porque sabe que ahí fuera no le espera nada bueno. You got this!

A pesar de su ambientación oscura, sangrienta y húmeda, Resident Evil 2 te deja una sensación calentita en el corazón cuando lo terminas. Es una recompensa, después de todo el sufrimiento que tanto los personajes como nosotras, como jugadoras, hemos vivido. Ya lo dice Leon: mientras estemos juntos, todo irá bien.

Volver a Raccoon City tantos años después ha sido como regresar a ese huequito de mi infancia, a mi yo de ocho años. Pero esta vez, mucho mejor: porque la compañía no podría haber sido mejor y he podido vivir esta aventura como nunca gracias a que ellas estaban allí, conmigo.

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geniusonceayear
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Fangirleo, luego existo.

tenienteross
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Fan a tiempo completo. Loca de lo BioWare.

2 comentarios
Ana
Ana 01/03/2019 a las 10:33 am

Sois muy bonitas y este artículo es lo más mejor ❤️

Dryadeh
Dryadeh 01/03/2019 a las 10:47 am

Qué bonito. Me ha encantado leer vuestra experiencia y lo de los dos escenarios, y la oda a la amistad que es en definitiva este artículo. Sobre todo porque tengo la suerte de contarme entre vuestras amigas.
Os quiero

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