Pokémon Rojo, el que molaba

Pokémon Rojo, el que molaba

27/02/2018 | Pauler | 5 comentarios

Hace exactamente veintidós años, un 27 de febrero de 1996, salieron a la luz en Japón dos cartuchos de Game Boy aparentemente inocentes que sin embargo estaban llamados a revolucionar el mercado y cambiar drásticamente nuestra manera de entender las consolas portátiles: Pokémon Rojo y Pokémon Verde. Un solo juego, dos versiones y 150 Pokémon que capturar. El resto de la historia ya debéis de saberla, y si no, siempre podéis escuchar nuestro especial de Pokémon del Podcast de Todas Gamers donde os la contamos con pelos y señales.

No os cuento la historia de Pokémon porque me dé pereza o porque se haya contado ya miles de veces (que también) sino porque lo que yo quiero es contaros la historia de mi Pokémon. Un cartucho rojo que me regaló mi tía por Nochebuena las Navidades de 1999 y que le había pedido unas semanas antes no sin cierta vergüenza.

Pokémon Rojo y Pokémon Azul (no es una errata, el cartucho verde sólo llegó a existir en Japón) habían llegado a España en noviembre de ese mismo año y por alguna razón varios medios se habían hecho eco de la noticia. En aquel momento la serie de animación de Pokémon ya se emitía por cable, pero estaba a punto de hacer su aparición en abierto de la mano de Tele 5. La paranoia con “los dibujitos japoneses que causaban epilepsia” fue el tema de moda en los telediarios durante aquellas semanas y, al coincidir toda esta polémica con el lanzamiento del juego, imagino que se amplificó la importancia de su llegada.

Yo por aquel entonces tenía doce años, esa edad complicada en la que empiezas a sentirte incómoda con las “cosas de niños” pero al mismo tiempo siguen siendo lo que más te gusta del mundo entero (normal, a ver, a quién dejan de gustarle). Lo cierto es que como fan incondicional que había sido de Dragon Ball años atrás, sentía una curiosidad furiosa por ese nuevo supuesto bombazo del anime que iba a llegar a nuestro país en breve. Y por supuesto, sentía lo mismo por el videojuego.

Creo que decidí que iba a pedir el juego como regalo en Navidad leyendo un artículo en una revista. Ni siquiera era una revista de videojuegos porque hacía tiempo que en casa no las comprábamos, estoy bastante segura de que debió de ser El País Semanal u otra por el estilo. El caso es que el artículo describía un poco la base del juego y sus mecánicas y mostraba algunas capturas. No entendí absolutamente nada del sistema de juego porque yo por aquel entonces nunca había jugado a rol por turnos, pero por las capturas adjuntas al texto saqué la idea más o menos difusa de que era un juego “tipo Zelda”.

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Desde luego, era un RPG 2D con vista aérea. Muy desencaminada no iba. Fuente: gamers.vg

Os pongo en contexto. The Legend of Zelda: Link’s Awakening era un juego que me tenía fascinada desde hacía años. Mi amiga Laura, que por algún motivo que desconozco siempre tenía más suerte que yo con los videojuegos que le compraban, era la legítima poseedora del codiciado cartucho. Esto significaba que sólo podía jugarlo cuando estaba con ella, lo cual era siempre demasiado poco tiempo por horas que estuviéramos viciando. Para colmo, el juego estaba en inglés y era una auténtica pesadilla entender qué recuernos había que hacer sin saber el idioma. Habíamos jugado muchas horas y nunca habíamos pasado de la primera mazmorra, lo que me mataba un poquito por dentro porque estaba loca por saber cómo seguía la aventura.

La cuestión es que cuando leí el artículo sobre Pokémon Rojo y Azul pensé varias cosas: la primera, que era un juego “tipo Zelda”, como ya he dicho; y la segunda, que si estaba en castellano jugar a eso tenía que ser como un sueño hecho realidad. La tercera cosa que pensé es que probablemente iba a ser un juego demasiado difícil para mí y no iba a pasar de la primera mazmorra (hasta los catorce o quince años siempre pensaba esto de cualquier juego que no fuera de plataformas). La cuarta y última cosa que pensé fue que pedirme para Navidades el videojuego en el que se basaba la serie de anime que provocaba epilepsia me iba a dar mucha vergüenza. Los videojuegos no eran una cosa muy popular en mi familia y yo sentía que con doce años cumplidos probablemente debería estar interesándome por otras cosas. Estoy segura de que la sensación de que me iban a juzgar por querer un juego de coleccionar monstruitos era más algo en mi cabeza que una realidad. Cuando mi tía me dio Pokémon Rojo en la cena de Nochebuena (aunque el azul era mi color favorito no podía competir con ese imponente Charizard de la portada del juego rojo), nadie dijo nada. Bueno, mentira, mi prima estuvo repitiéndome “Pokémon, Pokémon” en tono cantarín un rato. Podría haber sido peor.

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El boxart de ambas ediciones era una maravilla, pero no me digáis que Charizard no tenía mucho swag. Fuente: ezgamehacker.com

El juego me encantó. Durante las semanas que duró mi primera partida estuve totalmente entregada a desentrañar los misterios de la Torre Pokémon, a desafiar la profunda oscuridad del Túnel Roca, a conseguir la codiciada bicicleta, a encontrar la manera de llegar a Ciudad Azafrán y a desbancar al fastidioso y prepotene Gary como líder de la Liga Pokémon. No puedo decir que me resultara sencillo pero lo cierto es que conseguí orientarme en el mapa de Kanto, capturar y entrenar un buen equipo de Pokémon y terminar el juego tras coronarme como campeona de la Liga. La sensación no podía ser más satisfactoria. Sin embargo me habían quedado cosas por hacer: no había sido capaz de capturar un Snorlax ni a todos los legendarios. Por esto y porque la experiencia me había encantado, al poco de terminar la partida borré los datos y la volví a empezar. Sí, ya sé que esto se carga todo el concepto, pero la verdad es que el rollo de coleccionar bichejos y combatir con amigos nunca me fue demasiado. A mí me gustaba el viaje.

Me pasé el juego de nuevo, esta vez con la tranquilidad de saber lo que tenía que hacer para llegar a los sitios más rápido y derrotar cómodamente a los líderes de gimnasio. Esta vez, además, sabía que tenía que guardar antes de enfrentarme a un legendario por si lo mataba sin querer en lugar de capturarlo. Fue en esta segunda partida donde aprendí todos los truquitos que me facilitaban la vida, donde, por fin, empecé a intercambiar Pokémon con mi prima y una amiga (genial que ellas hubieran decidido comprarse el cartucho azul) y donde empecé a experimentar con los glitches. No sé la de veces que haría el glitch de la Zona Safari para comprobar si de verdad allí se podía capturar a Mew, creo que llegó un punto en que solo lo hacía porque podía y me hacía gracia.

En esta segunda partida también aprendí otras lecciones importantes, como por ejemplo que es una tontería conservar la Masterball hasta el final para capturar a Mewtwo cuando puedes congelarlo con Rayo Hielo y gastar la preciada bolita con Snorlax. En serio, le cogí tanta manía a este Pokémon y a su poder de curarse que siempre lo capturaba para tenerlo, pero luego nunca lo usaba. La siguiente lección importante que aprendí es que podía pasarme un juego entero yo sola aunque no fuera de plataformas, y podía hacerlo tantas veces como hiciera falta. Lo cual todo sea dicho, me dio mucha seguridad para abrirme a otros géneros de ahí en adelante.

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Este chiquillo era lo más pesao que te podías echar a la cara. Fuente: The Sheridan Sun

La vorágine de Pokémon Rojo no debió de durarme más que unos meses pero en mi cabeza parece que fueron años. De todas formas estoy segura de que al verano siguiente hacía tiempo que había dejado de jugar porque cuando salió Pokémon Amarillo en junio de 2000 yo llevaba tiempo sin encontrar mi cartucho rojo y por lo tanto había pasado bastantes meses sin tocarlo. Al ver el anuncio en la tele de ese nuevo Pokémon que era como el que yo había jugado pero con un Pikachu de mascota, con referencias al anime y con sutiles capas de color que podía interpretar mi nueva y flamante Game Boy Color, ni me lo pensé. Mi preciado Pokémon Rojo nunca apareció, pero Pokémon Amarillo entró en mi vida y me ofreció una tercera aventura en Kanto.

Esta primera partida Pokémon Amarillo es probablemente la que más disfruté de todas. La sensación de desplazarme por ese mundo era ya tan familiar que ni siquiera tenía que pensar mucho, y para colmo todas las pequeñas novedades lo hacían una delicia. Eran tonterías, pero esas tonterías en un entorno que conocías así de bien y que te había hecho disfrutar tanto se vivían de otra manera. Lo de poder ver cómo tu Pikachu caminaba junto a ti era lo mejor de todo. En especial si nunca antes habías podido capturar uno porque en tu cartucho rojo no aparecían, por mucho que molara más que el azul, EJEM. Con Pokémon Amarillo también fue la vez que más cerca estuve de capturar a los 150, aunque no recuerdo el número exacto más allá de que pasaba de los cien. Para ser alguien que ignoraba drásticamente la palabra “coleccionismo” del concepto de “juego de coleccionismo” tendréis que admitir que no está nada mal.

Con Pokémon Amarillo también hice mucho más el tonto. Una cosa que nos hacía mucha gracia a mi hermano y a mí era empezar una nuevar partida sin guardar y poner nombres ridículos a los personajes, como P. Tinto o Tontolo. Esto era especialmente divertido cuando después de introducir el nombre de Gary el profesor Oak, que en su rollo de ser un viejo sospechoso aseguraba haber olvidado el nombre de su propio nieto, te decía “¡Ah sí, ahora lo recuedo! ¡Se llama Tontolo!”. Y luego los textos de batalla anunciaban solemnes: “Tontolo saca a Squirtle, ¿qué hará P.Tinto?”. Lo sé, es malísimo, pero a nosotros en aquel momento nos doblaba de la risa. Y seamos sinceros, ¿quién no ha hecho este tipo de cosas en cualquier RPG?

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Pokémon amarillo incluía además una mecánica que consistía en estrechar lazos con Pikachu. Era muy sencilla pero resultaba simpática y servía para conseguir un Bulbasaur. Fuente: gamedots.mx

En definitiva, la primera edición de Pokémon es para mí la más especial por haberme iniciado en la saga y haber existido en ese limbo previo a la aparición de Internet. Su código lleno de agujeros, sus gráficos desactualizados incluso para el momento en que llegó a España, su popuaridad en el patio del cole y sus cartuchos de colores siempre tendrán un hueco pequeñito en mi corazón gamer.

Han pasado veintidós años desde su nacimiento en Japón y diecinueve desde que lo conocí. Intento no pensar demasiado en el tiempo que ha pasado desde entonces, las sucesivas ediciones de la saga que hemos podido jugar en todos estos años y lo mucho que han evolucionado estos juegos y nosotros mismos. Ahora inevitablemente exijo otras experiencias a los juegos que pruebo y es posible que Pokémon Rojo me pareciera insuficiente si lo jugara ahora, pero aun así siempre será el Pokémon con mayúsculas. El que lo empezó todo y nos trajo hasta aquí. El que molaba.

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Pauler
Pauler

Tengo carnet de friki pero también de moderna. Me verás deambulando por FNAC o Ruzafa adquiriendo cultura y saqueando buffets gratuitos. Los videojuegos ocupan un lugar en mi Top 10 junto a la música, los libros y las tostadas con tomate.

5 comentarios
Meren Plath
Meren Plath 27/02/2018 a las 5:33 pm

Qué bonito es leer artículos que hablen con tanto amor de los juegos de la infancia. Qué maravilla, Pauler. Me ha encantado <3

Santi
Santi 27/02/2018 a las 6:27 pm

Wow! Gracias por compartir tu vivencia (si es eso una palabra xD) con el juego, compartiría la mía pero resulta que no tengo una. Dado a que nací en el ’97 y que cuando tenía esa edad aproximada mis padres no podían comprarnos a mí y mi hermana mayor ningún tipo de consola; lo máximo que recuerdo era el tetris en una maquinilla de esas que se venden hasta en la calle y que en una radio venía un disco con “300” juegos como el Contra o Mario y un par de mandos y como que me alegra el corazón el leer u oír en podcasts de juegos como el único e inigualable Pugcast como otras personas eran mega felices con cualquier juego de chiquillos como yo con mi Mario (por que el Contra hasta ahora dudo que lo pueda pasar).
Lo que me queda ahora con mis 19 casi 20 es buscarme un trabajo y por fin ser capaz de apoyar a la industria orientando la vela un poco hacia los indies. Un saludo a todas y éxitos con lo que jueguen o se propongan.

Gabriel Amador Garcia
Gabriel Amador Garcia 27/02/2018 a las 7:48 pm

charizard al poder!

Rena
Rena 28/02/2018 a las 12:13 am

Mi hermano se quedó la azul y yo la roja, por lo que el pique de agua vs fuego de iniciales ha existido siempre entre nosotres. Ha sido un artículo precioso, gracias.

Naalue
Naalue 28/02/2018 a las 11:14 am

Me ha gustado mucho el artículo <3

En mi caso me pilló todo más joven, pero la experiencia parecida… Lo de disfrutar el viaje… Anda que no borré y volví a empezar partidas en mi Pokémon cristal y rubí.

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