Outer Wilds: viaje al centro de una misma

Outer Wilds: viaje al centro de una misma

Pocas cosas hay más sobrecogedoras que la inmensidad del universo. Y pocas hay, diría, que estimulen la imaginación y aviven a los fantasmas del existencialismo con mayor eficacia. El padre del terror cósmico, H. P. Lovecraft, entendió muy bien que lo ajeno y recóndito es una fuente inagotable de historias para no dormir; la cantidad de obras inspiradas en sus mundos de fantasía así lo atestiguan. Los aficionados a este tipo de ficción sabemos que sus historias no tratan sobre los monstruos que habitan en lo desconocido, sino sobre la insignificancia del ser humano. Porque en el plano general de las cosas somos, de hecho, bastante irrelevantes.

Outer Wilds no es un juego de terror, o por lo menos no pretende serlo. Sus gráficos son coloristas, sus personajes simpáticos y los mundos que crea, exuberantes derroches de imaginación. Sin embargo, muchas personas que lo han jugado señalan que es una de las experiencias más terroríficas a las que se han enfrentado. Quizá tenga que ver con que este videojuego de exploración espacial no te lleva de la mano ni trata de hacerte sentir cómodo (tampoco lo contrario), ni te coloca en el centro de los acontecimientos; ni siquiera parece que le importes demasiado. Quizá tenga que ver con el hecho de que, en el universo de Outer Wilds, eres tan insignificante como en el universo real, algo que parece contradecir las bases mismas de la experiencia lúdica. ¿Los videojuegos no tratan, acaso, de ser el protagonista?

Carl Sagan dijo en su serie Cosmos que “el universo no parece ni benigno ni hostil, simplemente indiferente.” Outer Wilds tampoco es benigno ni hostil, su pequeño sistema solar tan solo está ahí, a la espera de ser descubierto y revelar sus secretos. Con esta premisa parece mentira que funcione tan bien, pero lo cierto es que todos sus elementos encajan con la precisión de un reloj y, ya sea por un ejercicio de genialidad sin precedentes o por un feliz conjunto de casualidades (o ambas cosas a la vez), este videojuego ha resultado ser una obra maestra. Una rara, en la que es difícil entrar y donde no sabes muy bien ni para qué has venido, pero igualmente excepcional e indescriptible.

Un planeta boscosos visto desde arriba. Se aprecia la curvatura del planeta en el horizonte. En primer plano hay un observatorio y al fondo se ve un sol enorme iluminando la escena.

Una nave y un jetpack

Outer Wilds se juega en primera persona, con secciones a pie y secciones de exploración espacial a bordo de una nave. Esta última es al mismo tiempo la razón de que más de una persona haya dejado el juego por imposible y, a mi forma de verlo, uno de los motivos por los que éste es una absoluta genialidad. La razón es simple: manejar la nave es complicado. Las físicas impecables de este juego son tan bonitas como implacables. Si no sabes adaptar tu conducción a la gravedad de cada cuerpo celeste, a la ausencia de ella o aterrizar en los sitios más rocambolescos, vas a sufrir. Y vaya si yo sufrí. De hecho, no ha sido hasta el DLC, tras más de 20 horas de juego, que he aprendido a rotar la nave en el eje z (no soy lista).

La segunda parte es que el traje espacial de nuestro protagonista está equipado con un jetpack cuyos controles son un reflejo exacto de los controles de la nave. Así que si no sabes manejarla muy bien, tampoco te vas a aclarar demasiado con el jetpack. Por supuesto esto da pie a las situaciones más absurdas, como intentar flotar por el espacio hasta un satélite en el que no tienes muy claro cómo aterrizar y acabar cayendo en picado al planeta que hay abajo, porque la gravedad es una cosa que existe.

Lo dicho, los controles de este juego son complejos, algo que parece del todo contradictorio con su género (exploración y puzles). Si este juego va de moverse por ahí, aprender cosas y resolver misterios, ¿por qué se empeña en complicarnos la vida con vuelo espacial y plataformeo loco? Sinceramente, no tengo ni idea, pero lo que sí sé es que, sin estos elementos, Outer Wilds habría sido un juego muchísimo peor. Superada la frustración inicial, llega un momento en el que simplemente aceptas que estás intentando enfrentarte a la inmensidad del espacio montada en un barril pegado con cinta aislante (esto es casi literal) y un trajecillo espacial que se agujerea al más mínimo contacto con el peor villano que existe en este juego, los cactus. Y eso es narrativa por un lado, porque el programa espacial al que pertenece la criatura protagonista no tiene muchos medios y, por otro, una arriesgada decisión de diseño. Que sea difícil llegar a los sitios hace que su descubrimiento sea más estimulante y da lugar a situaciones del todo fortuitas que no paran de generar pequeñas historias personales e intransferibles. También provoca innumerables accidentes mortales, pero esto lejos de ser bug, es feature.

Y es que un aspecto fundamental de la experiencia que es Outer Wilds es aceptar que vas a morir. Muchas veces.

Captura Outer Wilds Skeleton

La muerte

Morir es inevitable en Outer Wilds. Parte de la premisa del juego es que hay que fallar para aprender, y fallar aquí significa morir la mayoría de las veces. Quizá te quedes atrapada en una cueva que se llena lentamente de arena, puede que se te acabe el tanque de oxígeno y no puedas rellenarlo, es posible que calcules mal la velocidad del aterrizaje y acabes estrellada contra el suelo. Incluso si eres particularmente hábil y logras evitar cualquiera de estas posibilidades, lo que nunca vas a poder evitar es el fin del mundo. Y el fin del mundo ocurre, una y otra vez, en un bucle infinito a lo largo del juego.

La parte buena es que morir deja de ser terrorífico al cabo de un tiempo. Al principio, cada nuevo lugar produce desasosiego porque no sabes a qué te enfrentas. Las criaturas abisales, los fenómenos atmosféricos, los cataclismos geológicos, todo en este juego existe independientemente de ti: no le importas. Y si tienes la mala suerte de aterrizar en un planeta justo en el momento en que parte de su corteza se está precipitando hacia un agujero negro, lo más probable es que acabes dentro con ella. Después, poco a poco, aprendes. Empiezas a dar por hecho que vas a morir y eso que parece tan terrible acaba por perder toda su importancia. La inevitabilidad de la muerte te hace más osada y temeraria. Todo está fuera de tu control, así que nada importa. Vamos a lanzarnos de cabeza contra ese cometa, a ver qué esconde. Lo peor que podría pasar ya nos ha pasado decenas de veces antes.

Cada muerte marca el fin de un intento y te devuelve invariablemente al punto de partida, el momento en que te despiertas y empieza el viaje. Sin embargo, con cada muerte tu personaje conserva todo lo aprendido (y tú con él), por lo que los intentos son, poquito a poco, cada vez más fructíferos. Pero, ¿por qué la muerte no es el final?

En primer plano se ve un dispositivo con una pantalla que muestra un texto. Detrás, una pared con unos símbolos extraños que brillan con luz azul. El dispositivo parece estar traduciendo los símbolos alienígenas a nuestra lengua.

Encontrar y leer los textos de una vieja civilización con ayuda de un traductor es una de las mecánicas más importantes y bonitas del juego

El tiempo

Uno de los primeros videojuegos en presentar un bucle temporal como centro de sus mecánicas fue, sorprendentemente, The Legend of Zelda: Majora’s Mask. Esta peculiar entrega de una de las sagas más importantes de todos los tiempos trasladaba al jugador a un mundo alternativo con los días contados: en 72 horas (una hora de tiempo de juego) la Luna se precipitaría sobre la Tierra y sería el fin del mundo. El objetivo del jugador era repetir esos tres días una y otra vez en un bucle perverso para encontrar la manera de impedirlo.

Los bucles temporales son una mecánica fascinante porque permiten programar eventos dentro de un margen acotado que, de ser más grande, lo haría imposible. Durante el tiempo que dura el bucle (generalmente entre unos minutos y unas pocas horas) los personajes del juego y su universo existen al margen del jugador, siguiendo una rutina propia que puedes aprender y usar a tu favor. Gracias a esta mecánica es posible dotar de vida y profundidad a la realidad propia del juego, ya que cada elemento existe y vive su propia historia independientemente de que estés presente o no para verlo.

Outer Wilds hace esto mismo y lo lleva a su terreno. Lo que tiene vida propia aquí no son los personajes, que por lo general están siempre en el mismo sitio y apenas si te otorgan unas pocas líneas de diálogo nuevas conforme avanzas, sino los cuerpos celestes. Al empezar el bucle cada planeta está en un punto específico de su órbita y, a partir de ahí, empezará a moverse y evolucionar a su manera particular en el tiempo que dure el bucle (prefiero no desvelar cuánto tiempo es porque todo en este juego es susceptible de ser spoiler). Estés o no presente, los astros se desharán, se vaciarán, se llenarán o enfriarán. Y dependiendo del momento en que los visites podrás acceder a unas zonas u otras y desvelar diferentes misterios. Por supuesto, el misterio más grande de todos será entender por qué precisamente tu personaje es la única criatura capaz de despertar tras la muerte sin olvidar los bucles anteriores.

Por otro lado, si consigues sobrevivir hasta el mismo final del bucle verás cómo el Sol se transforma en Supernova y arrasa todo a su paso. El objetivo de este juego no es la salvación, que desde el minuto uno ya parece una quimera inalcanzable, sino el aprendizaje: este universo quiere que seas curiosa hasta las últimas consecuencias. La muerte es inevitable en Outer Wilds.

Un personaje enfundado en un traje espacial y un casco toca el banjo junto a una hoguera. A su alrededor hay algunos árboles y plantas y al fondo se entrevé el sol.

Junto a las hogueras puedes echar una cabezadita para que pase más rápido el tiempo, tostar marshmallows y charlar con tus variopintos compañeros de aventuras

Aprendizaje

Es precisamente tu curiosidad el combustible que hace funcionar Outer Wilds. Sin ella, este juego pierde por completo su sentido, se desmonta como una torre jenga cuando le quitas la pieza que la sostiene. El juego tiene una fe inquebrantable en tus ganas de descubrir cosas nuevas y en tu voluntad de aprender lo que tiene que enseñarte sobre sí mismo. Ésta es una de las razones de que la experiencia solo funcione una vez: cuando ya sabes todos sus secretos y tu curiosidad ha sido saciada, se pierde por completo la razón para jugar. En este sentido siempre digo que Outer Wilds es como una sala de escape: solo puedes disfrutarlo una vez. A partir de ahí te queda el consuelo de recordar lo mucho que te gustó, recomendarlo y, si puedes, ver a otros jugar. Nada es como jugarlo por primera vez, pero ver a otros descubrirlo tiene un encanto parecido y ayuda a mitigar la melancolía de lo irrepetible.

Aprender es la mecánica central de este juego, lo único que de verdad te va a hacer avanzar. Outer Wilds es un mundo abierto que puedes descubrir a tu ritmo y en el orden que quieras. Su estructura no es diferente a la de otros juegos de este tipo: cuando te atasques, probablemente sea porque te falta la llave que necesitas para seguir avanzando por ahí y tengas que ir a buscarla a otra parte. La diferencia es que la llave en Outer Wilds nunca es un objeto literal, sino puro conocimiento. Solo aprender cómo funciona este universo te permitirá seguir avanzando y llegar a término. De hecho, una vez lo sabes todo, nada te impide coger la nave y terminar el juego en menos de veinte minutos. Las puertas están abiertas desde el principio, solo que si acabas de llegar es posible que tardes más de quince horas en averiguar cómo cruzarlas todas. Y lo más misterioso es que funciona. Da igual la persona, el orden, el tiempo que tarde en entender las cosas. Es altamente improbable que alguien se lo acabe por casualidad, así de bien diseñado está. Y si pasas suficiente tiempo en él, lo más probable es que te atrape y fascine, porque este juego va sobre ser muy muy pequeño en la inmensidad de las cosas.

Outer Wilds habla sobre la vida y la muerte, sobre la curiosidad, sobre exprimir al máximo el breve período de tiempo durante el cual existimos como seres conscientes. Es una oda al universo tal y como es, donde nada importa. Pero lejos de lamentarse de esto, Outer Wilds lo celebra. Si nada importa, ¿qué nos impide tocarlo todo? Ser capaces de entender y poner nombre a lo que nos rodea debería ser regalo suficiente. Disfrutémoslo.

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Pauler
Pauler @Lynx_Moon

Tengo carnet de friki pero también de moderna. Me verás deambulando por FNAC o Ruzafa adquiriendo cultura y saqueando buffets gratuitos. Los videojuegos ocupan un lugar en mi Top 10 junto a la música, los libros y las tostadas con tomate.

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