La alegría del descubrimiento
30/06/2024 | Darkor_LF | No hay comentarios
Una vez leí que la gente que había nacido del siglo XX en adelante eran personas que nunca podrían vivir la alegría del descubrimiento. Podríamos considerar la llegada de Roald Amundsen al Polo Sur en 1911 como uno de los últimos hitos de la exploración humana en el planeta. Desde ese momento, apenas quedan lugares a los que el hombre no hubiera llegado, o no conociera. Además, la existencia de los satélites durante la última parte del siglo XX y su posterior mejora de resolución hace que prácticamente toda la Tierra esté cartografiada. Así, si queremos realizar descubrimientos, quedan dos salidas: las profundidades marinas y el espacio exterior. Ambos son entornos hostiles para el ser humano, en los cuales el más mínimo fallo lleva al desastre y la muerte en un solo instante. La ficción se encargado de explorar esto último en multitud de ocasiones, en ambos entornos, ya sea en ubicaciones reales o imaginarias.
Por ejemplo, tenemos SOMA, donde recorremos unas instalaciones submarinas y a menudo nos moveremos por entornos subacuáticos tan oscuros como peligrosos. Para el espacio, contamos con múltiples aventuras donde el vacío exterior es la amenaza menos mortal que encontraremos, pero debemos tenerlo en cuenta para poder avanzar y/o sobrevivir. Prey, Dead Space, Alien Isolation… son algunos de los ejemplos que usan el espacio como un elemento mortal y con un componente de terror. No es en vano, pues el espacio es un lugar que da miedo, aunque sólo sea por lo pequeños que nos sentimos al pensar en su inmensidad.

Antes de seguir tengo que confesar que, de los dos ambientes, el que siempre ha llamado más mi atención es el espacio. Quizá sea mi aversión natural a la presencia de seres desconocidos (o algas). Quizá sea que siempre me han fascinado las estrellas. De un modo u otro, la inmensidad del espacio es lo que más me ha atraído desde pequeña.
Pese a que, como he mencionado, ambos entornos comparten características, hay cosas que destacan del espacio frente a las profundidades marinas. El espacio es inmenso, inconmensurable e infinito. En el espacio, las distancias son tan enormes que debemos recurrir a medidas de cuánto tarda la luz en recorrer ese espacio. Y muchas veces, no hay absolutamente nada entre medias.
El cuerpo más cercano a nosotros, la Luna, está a unos 362600 kilómetros. Eso es unas 28 veces el diámetro terrestre. Está a 1 segundo luz de nosotros y apenas se ha explorado por personas. Las diversas agencias espaciales han mandado rovers en los últimos años para recoger información, pero tienen sus limitaciones. Algo similar nos sucede en Marte, donde ni siquiera está sobre la mesa mandar una tripulación humana. Los rovers de la NASA siguen haciendo nuevos descubrimientos, pues cada centímetro nuevo que fotografían, es un centímetro que no habíamos visto hasta ese momento. La exploración espacial también se ha explotado en múltiples ocasiones. Tenemos Beyond Contact, donde investigamos un mundo extraño y donde debemos sobrevivir. Otro juego cuya base es la exploración es No Man’s Sky, el cual no deja de ofrecer contenido nuevo cada pocos meses.
Sin embargo, cuando he jugado a estos juegos no he llegado a encontrar el sentido de la maravilla, o notado que estoy haciendo un descubrimiento relevante. En No Man’s Sky lo más cercano es descubrir palabras nuevas para comunicarme con las diversas especies alienígenas. Aunque los mundos son fascinantes (nunca olvidaré el planeta radiactivo donde tuve que cavar un hoyo en la tierra para poder sobrevivir), al final la metodología es siempre la misma. Dar vueltas evitando morir y escaneando seres y objetos, haciendo que la maravilla se pierda poco a poco. Parece que, como decía al principio, ni en los videojuegos puedo notar lo que debieron de sentir los seres humanos que descubrían territorios. ¿Qué experimentaría la primera persona polinesia que llegara a una isla sin presencia humana? ¿O la gente de los imperios sudamericanos al descubrir alguna antigua construcción en la selva, invadida de vegetación?

Uno de los pocos (por no decir el único) videojuegos que ha sabido transmitirme esta sensación de maravilla es Outer Wilds. El juego de Mobius Digital nos pone en la piel de un explorador alienígena que sale a su primera misión para conocer su sistema solar en una pequeña nave espacial. El único problema es que disponemos de 22 minutos para poder hacerlo, ya que transcurrido ese tiempo, el sol se convierte en una supernova que arrasa todo. Siempre despertaremos antes del lanzamiento, conservando sólo la información que hayamos descubierto, tanto de los cuerpos celestes como de la antigua civilización Nomai, que desapareció misteriosamente.
Es curioso, porque en multitud de ocasiones debemos internarnos en las ruinas y sabemos que no somos los primeros seres que llegan allí y exploran el lugar. En varios sitios nos encontraremos a otros expedicionarios que nos darán pistas o información de qué podemos explorar a continuación. La magia de Outer Wilds, por tanto, reside en cómo nos llegan los descubrimientos y la satisfacción de haber resuelto un puzle. Otras veces el sentido de la maravilla llega también por accidente, o por el mero hecho de descubrir un fenómeno natural y entender cómo funciona, o percibir sus efectos. No somos los primeros seres en llegar a Abismo del Gigante y accionar un mecanismo. Pero sí somos los primeros en mucho tiempo en descubrir cómo funciona.
Todo esto en un entorno abiertamente hostil donde casi cualquier cosa nos matará. Parte de nuestro aprendizaje será saber que debemos morir para continuar y perder el miedo. Volvernos cada vez más osados, porque igualmente todo empezará de nuevo a los 22 minutos. Esta contrarreloj también influye en que nos atrevamos a adentrarnos en sitios en los que en otras circunstancias no entraríamos. Y siempre obtendremos nuestra recompensa, aunque no terminemos de entender del todo para qué nos sirve ese conocimiento. Porque lo importante aquí es el sentido de la maravilla, el conocer algo nuevo.

Siguiendo esta línea, he leído hace poco Para aprender, si la suerte nos sonríe, de Becky Chambers. La autora se caracteriza por historias más reflexivas donde aparentemente no pasa nada. En el caso de esta novela, nos encontramos a cuatro astronautas que han emprendido un viaje a lo desconocido. Su misión es visitar cuatro mundos y hacer una exploración científica. No hay un objetivo de conquista ni colonización, sólo el puro placer de conocer e investigar. Cada uno de los planetas que visitan tiene diversas características físicas. Un planeta que es un gigantesco lago helado o un mundo con dos veces la gravedad terrestre son algunos de los ejemplos que veremos. Acompañaremos a los protagonistas en sus descubrimientos y catalogación. Una vez terminan el periodo de cuatro años establecido, abandonan el lugar para encaminarse a su nuevo objetivo.
Aunque el libro comparte muchas características con Outer Wilds, no ha sabido capturarme igual que el juego. Quizá porque la novela es un espacio cerrado, limitado y estático. La historia es la que es, no hay más vuelta de tuerca. Pero en el juego es totalmente distinto. Yo soy quien decide qué y cuándo explorarlo. A veces recorro los mismos lugares sin darme cuenta. A veces voy lo más rápido posible, para alcanzar el mismo punto en donde lo dejé cuando morí. A veces quiero dar una vuelta con calma, para pasear y ver todos los rincones, por si encuentro una nueva pista. En cualquiera de los casos, encuentre algo o no, voy en alerta y nerviosa. Con la curiosidad aguijoneándome, sintiéndome como debieron hacerlo las personas que llegaron por primera vez a un lugar.
Jugar Outer Wilds es una forma de poder experimentar esos descubrimientos que ya no podemos realizar en la Tierra. Puede que aquí ya no nos quede territorio inexplorado, pero en el espacio hay mucho todavía. El telescopio espacial James Webb por fin está en órbita, lo que lleva a obtener fotos de mayor resolución y más lejos que con el Hubble, descubriendo nuevos cúmulos, nebulosas… La sonda JUICE tiene prevista su llegada a Júpiter en 2031, tras 8 años de viaje. No seré yo quien realice los descubrimientos, ni seré la primera en presenciarlos, pero sigo sintiendo emoción por ellos. Puede que todavía sí pueda vivir la alegría de los descubrimientos, aunque de otra forma, sin salir de casa.
Difusora de la palabra de Pratchett a tiempo completo. Defensora de causas pérdidas e inútiles. Choconiños o barbarie. Hipster por necesidad. Tengo una pipa falsa. +50 en pedantería.

