Análisis de Dying Light: The Beast
04/11/2025 | Aonia Midnight | No hay comentarios
Lo sé, lo sé, ¿a dónde voy sacando este análisis mes y pico después de su lanzamiento? Supongo que podría decirse que la vida es eso que pasa mientras intentas sacar tiempo para jugar a todo lo que sale. Sin embargo, no quería dejar pasar la oportunidad de hablaros de Dying Light: The Beast. Aunque solamente sea porque me escuchasteis GRITAR en directo al conocer la fecha en que le hincaría el diente, haciendo honor a su título. Y es que si algo he disfrutado de este juego es de poder dar rienda suelta a mi lado más salvaje. ¿Quién necesita balas cuando puede arrancar cabezas y atravesar pechos con sus propias manos?
Dying Light: The Beast nos pone en la piel de Kyle Crane en el preciso instante en el que huye de las garras del Barón tras haber formado parte de algún macabro experimento durante años. Por si la suerte de salir con vida de lo que sea que le hicieran no fuese suficiente, una voz amiga le guiará hacia su libertad. Y si bien las secuelas físicas y psicológicas de los horrores vividos perduran, el instinto de supervivencia nos invitará a seguir sus consejos. Incluso una alianza que nos permita vengarnos del hombre que nos ha convertido prácticamente en una bestia suena bastante bien. Aunque ello signifique acabar persiguiendo a criaturas abominables a las que nos enfrentaremos como iguales. A fin de cuentas, no serán las únicas con ADN zombi.
Para bien o para mal, Kyle parece haber sobrevivido a los experimentos del Barón desarrollando cierta tolerancia al ADN zombi… y perdiendo parte de su humanidad para convertirse en algo más. Y esta bestial mitad supondrá algo más que un dolor de cabeza para nuestro protagonista. Aunque puede que nos salve de alguna que otra situación peligrosa. Y no me refiero solamente a enfrentarnos a incontables infectados, sino a encuentros salvajes contra criaturas que, de otra manera, podrían aplastarnos la cabeza con una mano y sin esfuerzo.

Sin embargo, deberemos equilibrar nuestras dos naturalezas, lo que nos obliga a combatir con armas hasta tener suficiente ira acumulada como para dar rienda suelta a nuestra parte más primitiva. Esto, al principio, significará que quizás un golpe tonto de un enemigo desatará a la bestia. Pero conforme avancemos en el árbol de habilidades podremos controlarlo algo mejor. Eso sí, no sin antes atrapar quimeras para conseguir puntos bestiales. Mientras, podremos avanzar por el resto de ramificaciones del árbol con los puntos obtenidos al subir de nivel tras acumular experiencia de forma más tradicional. Es decir, avanzando en la historia principal y completando misiones secundarias, que aportarán también su granito de arena. Además de otras tareas más centradas en la exploración, como adentrarse en zonas oscuras, saquear convoyes o ayudar a supervivientes, entre otras.
Como era de esperar, tratándose de un Dying Light, el día y la noche ofrecen experiencias completamente diferentes. Si bien de día estará plagado de zombis, estos no supondrán un gran problema a no ser que se acumulen o nos acorralen. Sin embargo, la noche esconde criaturas veloces y encolerizadas que no dudarán en darnos caza. De día, deberemos tener cuidado al entrar en las zonas oscuras donde se esconden estos seres, de no dejarnos acorralar al explorar y de que el atardecer nos pille cerca de un refugio. De noche, de movernos con cautela y evitar una persecución en la medida de lo posible. En cualquiera de los dos casos, los zombis tienen el oído bastante fino y no dudarán en acercarse a darnos un bocadito.
Por suerte, Dying Light: The Beast no deja a un lado el parkour también característico en la saga, y nos permite cruzar una población entera desde los tejados. Eso sí, deberemos atender a dónde pisamos o cuán amplio es un hueco… por lo que pueda pasar. No es que me haya precipitado desde lo más alto del más alto edificio ni mucho menos. Ni que esa caída me haya hecho perder mis buenos puntos de experiencia. No, nada de eso. Para nada. Lo que sí he hecho ha sido disfrutar de la conducción temeraria, atropellando zombis y saqueando otros vehículos en busca de recursos y, sobre todo, gasolina.

Y es que si hay algo que disfruto casi tanto como la brutalidad primitiva y visceral es saquear recursos y convertirlos en algo útil desde una mesa de trabajo o desde el propio bolsillo. Eso y disponer de un amplio abanico de armas con las que enfrentarme a las criaturas sintiendo los diferentes efectos que las caracterizan. Es decir, que un arma pesada sea tosca y contundente y una ligera sea tan ágil como cabría esperar. Y los resultados en la carne que ya podréis imaginar. Sin embargo, no me ha terminado de convencer lo de poder repararlas un número limitado de veces. Aunque ello me haya abierto las puertas a llevar más encima, por si acaso, y utilizar mayor variedad. Por suerte, las mejoras añadidas son extraíbles e intercambiables con facilidad.
También contamos con variedad de armas de fuego, pero debo admitir que no han sido mi preferencia por una cuestión de sonoridad. Vamos, que no quería llamar demasiado la atención de las hordas. Y las he guardado sobre todo para los hombres del Barón, que además empezaron ellos. Y es difícil, y peligroso, tratar de reventar un barril ignífugo a golpes. Es preferible una bala, respetando la distancia de seguridad.
Cabe mencionar que Dying Light: The Beast está disponible en múltiples idiomas, entre ellos el nuestro, tanto en su interfaz como en el doblaje. Y no solo ofrece un trabajo impecable, también se agradece en los momentos de mayor concentración para no perderse una palabra de lo que ocurre o pueda resultar de interés. Además, entre las opciones de accesibilidad incluye, ya desde un inicio, la posibilidad de activar los ajustes antimareo. Algo que agradecer por quienes lo pasan mal con la primera persona (y el parkour).
También podremos seleccionar un nivel de dificultad acorde a la experiencia que queramos vivir en cualquier momento. En la opción intermedia —Supervivencia—, debo decir que he encontrado un buen equilibrio tanto de día como de noche. Además, el mapa está dividido en zonas con un nivel mínimo recomendado, lo que impide en gran medida que nos adentremos en lugares para los que todavía no tenemos preparación suficiente. Y que si lo hacemos sea bajo nuestra propia responsabilidad. Y lo mismo pasa con las misiones, que irán niveladas por si nos lo queremos pensar dos veces antes de saltar al barro.

En cualquier caso, subir de nivel no será difícil siempre y cuando juguemos con algo de templanza. O, en otras palabras, que no tratemos de acabar con todos los infectados de Castor Woods. O que dejemos el balconing para los REDACTED. Lo ideal es que amorticemos el amplio mundo abierto que ofrece Dying Light: The Beast, siguiendo algún que otro marcador o dejándonos llevar. Y, sobre todo, disfrutando del apartado audiovisual que nos invita a sumergirnos sin mirar otro reloj que el de la muñeca de Kyle. Y que nos tiene reservada tensión, sobre todo nocturna, y algún susto. Incluso buscando algún que otro coleccionable, además de recursos o aliados. O invitando a tres personas a acompañarnos en nuestra aventura de forma cooperativa.
Además, no es necesario haber jugado la saga Dying Light previamente. Por un lado, porque Kyle estará tan perdido como la persona a los mandos debido a sus años de encierro y los efectos de los experimentos del Barón. Por otro, porque disponemos de un “Previamente en…” en el menú de inicio que nos hace un pequeño resumen de lo ocurrido. Algo que, por cierto, también hará Kyle cada vez que retomemos nuestra partida, para recordarnos lo que ha ido pasando. Por si hace tiempo que no jugamos o hace horas que no continuamos con la historia principal.
Por tanto, Dying Light: The Beast se trata de un juego ampliamente disfrutable tanto para quienes ya conocían la saga como para quienes se introduzcan ahora. Una invitación a adentrarse en Castor Woods en busca de información sobre el Barón con la esperanza de llevar a cabo una venganza personal. Y donde Kyle vivirá un conflicto no tan interno entre su parte humana y su lado más bestial… mientras disfrutamos del combate más brutal, primitivo y visceral que podríamos imaginar. Y nos planteamos si no nos habremos infectado también o si simplemente este juego despierta algo salvaje en nuestro interior.
Curiosa, reflexiva y torpe // Palomitas y cerveza // Psicóloga porque lo dice un título // Mi mente está llena de mundos en los que evadirme // Nothing is true, the cake is a lie

